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Bolivia: poder fáctico y exilio de Evo

Nov 12 2019

Editorial – La Jornada

Tras la consumación del golpe de Estado perpetrado por las derechas oligárquicas, Bolivia vive horas de incertidumbre, destrucción y una violencia no tan descontrolada como pretenden hacerlo creer los golpistas: en diversas ciudades del país sudamericano proliferan las agresiones en contra de los seguidores del derrocado presidente Evo Morales, su partido, el Movimiento al Socialismo (MAS), y las organizaciones sociales y populares próximas al gobierno depuesto. En tanto que buena parte de los medios nacionales e internacionales se hacen eco de versiones según las cuales hay aire de festejos y de primavera democrática, en las calles de las ciudades bolivianas se desarrolla una verdadera cacería de ex funcionarios y simpatizantes del dirigente indígena, quien al cierre de esta edición ya viajaba rumbo a nuestro país, donde le fue concedido asilo.

Aunque formalmente se presenta un vacío de poder, habida cuenta que la línea sucesoria a la presidencia quedó interrumpida por las renuncias del vicepresidente, Álvaro García Linera, y de los titulares del Senado y de la Cámara de Diputados, en los hechos el país es controlado por un directorio informal en el que participan la cúpula de las fuerzas armadas y la policía y los líderes civiles visibles de la asonada, el ex candidato presidencial y ex presidente interino Carlos de Mesa Gisbert y Luis Fernando Camacho Vaca, empresario e integrista cristiano.

De Mesa Gisbert fue vicepresidente en el segundo gobierno del empresario minero Gonzalo Sánchez de Lozada (2002-2003), en el cual se perpetró la llamada Masacre de octubre, un episodio represivo en el que las fuerzas oficiales asesinaron a 65 personas en el contexto de la guerra del gas. Esa atrocidad contra el pueblo indefenso agudizó el descontento contra las autoridades, que pretendían extraer el gas natural de Bolivia y exportarlo a Estados Unidos a través de puertos chilenos, mientras en el país el abasto de ese energético resultaba insuficiente. Las movilizaciones alcanzaron tal intensidad que Sánchez de Lozada se vio obligado a huir del país. De Mesa asumió la presidencia, pero tuvo que abandonarla en junio de 2005, ante una nueva ola de descontento popular.

Camacho Vaca, por su parte, es un representante extremo de la oligarquía derechista de Santa Cruz de la Sierra, enclave tradicional de las derechas separatistas. Es abogado y magnate: dueño del despacho de abogados Corporación Jurídica y propietario del Grupo Empresarial Nacional Vida SA, con inversiones en Conecta, Tecorp, Xperience, Fénix Seguros, Nacional Seguros Vida y Clínica Metropolitana de las Américas, algunas de las cuales han sido mencionadas en el escándalo Los papeles de Panamá de paraísos fiscales. Fue vicepresidente de la Unión Juvenil Cruceñista, de corte neonazi y considerada organización vandálica y racista por la Federación Internacional de Derechos Humanos; es cristiano fundamentalista y prometió, al inicio de la campaña desestabilizadora que culminó en el golpe del domingo, hacer que Dios vuelva a estar en Palacio Quemado, sede del poder presidencial en La Paz.

Los alegatos de fraude esgrimidos por De Mesa tras los comicios de octubre pasado dieron margen a Camacho para emprender una agitación social fuera de Santa Cruz, su reducto tradicional, e incorporar a clases medias y algunos segmentos populares menores a una oleada de movilizaciones agresivas y violentas a las que pronto se sumó la policía, con el saldo por todos conocido.

Mientras ambos líderes consolidan junto con mandos castrenses y policiales un poder de facto en Bolivia, sin que exista una fecha definida para volver a la institucionalidad, Evo Morales salió exiliado hacia México. Es tan deplorable la barbarie que se abate en el infortunado país andino como honrosa la postura del gobierno mexicano, el cual no dudó en caracterizar como golpe de Estado lo ocurrido en suelo boliviano el pasado fin de semana ni vaciló en ofrecer refugio al presidente depuesto. En una circunstancia trágica y exasperante, el país confirma el retorno a las posturas éticas que engrandecieron su diplomacia.

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Por Juan Carlos Monedero

En Bolivia, la derecha blanca nunca aceptó que un indígena ganara las elecciones. Igual que la minoría blanca nunca aceptó que Mandela quisiera la igualdad en Sudáfrica. La derecha blanca y la derecha sudafricana siempre tuvieron el apoyo de Gran Bretaña y de los Estados Unidos.

Los gobiernos de Evo Morales han mejorado el PIB de Bolivia como nunca en su historia. Ha mejorado la vida de millones de bolivianos. Ha devuelto la dignidad a los nadies, permitiendo que coman tres veces al día, que aprendan a leer y a escribir, que puedan tener una vivienda decente, una nevera y una lavadora, viajar e ir a la universidad. Cosas que la minoría blanca siempre tuvo y a la que molesta que los cholos hagan lo mismo que ellos hacen.

Las últimas elecciones venían cargadas de ruido. Los medios de comunicación, propiedad de la oligarquía boliviana, nunca han dejado de atacar a Evo Morales. Con motivo del referéndum sobre la reelección, los medios inventaron que Morales tenía un hijo ilegítimo y le atacaron de manera durísima. Fue determinante en el resultado. Al día siguiente de que perdiera por la mínima el referéndum, los medios reconocieron que el hijo no era del Presidente. Pero el bulo ha regresado cada elección. Además de los ataques, en unos medios que actúan como un oligopolio, tachando día sí y día también a Evo Morales como dictador, corrupto, analfabeto o enemigo de la patria. Siempre con el apoyo, claro, de gente como Vargas Llosa.

En el sistema boliviano, para ganar en primera vuelta se necesita tener más del 50% de los votos o sacarle diez puntos al siguiente. De lo contrario, toca ir a segunda vuelta. Errores de los que tendrá que rendir cuentas el responsable, llevaron a Evo Morales a aceptar una auditoría de la OEA, una organización a día de hoy controlada por los Estados Unidos de, recordemos, Donald Trump. La auditoría zanjó, sin muchas pruebas y con la presión de Estados Unidos, que hubo irregularidades y Morales aceptó el resultado ordenando que se repitieran las elecciones. Pero la derecha ya estaba en la trama golpista. De hecho, llevaban meses en la trama golpista.

Grupos mercenarios empezaron a llegar a La Paz a sembrar desorden y penetrar en estaciones de policía y cuarteles. Primero amotinamientos de policías. Después, la cúpula del ejército pidiendo a Evo Morales la renuncia. Cosa que hizo, junto al Vicepresidente García Linera, para evitar un baño de sangre. Pero el golpe ha continuado. Con ataques incluso a embajadas, lo que quiebra el derecho internacional. El cabecilla del golpe, el fundamentalista religioso Luis Fernando Camacho, entró con violencia en el palacio de gobierno diciendo que se acababa la Pacha Mama y regresaba la Biblia. Por supuesto, con su inquisición.

Pero el pueblo de Bolivia tiene en la memoria las luchas. Resulta difícil imaginar que no iban a responder. De hecho, las marchas para recuperar su gobierno han empezado. ¿Va a disparar el ejército a su propio pueblo? ¿Van a permitir los generales que las multinacionales roben el litio y el gas boliviano? ¿Van a apoyar un golpe para intentar dejar aislada en el Cono Sur a la Argentina de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner?

La comunidad internacional no va a permitir que el golpe triunfe ni que la violencia se imponga en Bolivia. México ha sido contundente, igual que la Argentina del ganador Alberto Fernández. Macri, al contrario, se alinea con la OEA igual que el fascista de Bolsonaro. El gobierno de Pedro Sánchez ha condenado el golpe de Estado. Pero aún falta más contundencia en la respuesta a los que quieren regar de sangre Bolivia. Sectores de la policía ya han matado a gente, incluido un niño, en El Alto, queriendo reprimir las protestas populares.

Ningún demócrata puede guardar silencio. O regresará la noche de las dictaduras al continente latinoamericano. Y la amenaza de la extrema derecha, que alcanza desde Estados Unidos a Asia pasando por Europa y golpeando en África terminará por devorarnos a todos.

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De Público, especial para Página/12

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