Derechos Humanos, Esclavitud moderna, Extremismo radical, Historia, Igualdad y justicia social, Racismo&discriminación, Violencia

No quiero saber más de indios

Nov 21 2019

Por Abraham Nuncio *

En la plaza principal de Bustamante, Nuevo León, se erigía un busto de Benito Juárez. Un día desapareció y en su lugar fue colocada la figura del arcángel San Miguel. El responsable de la maniobra había sido el gobierno panista del municipio en connivencia con el del empresario Fernando Canales Clariond.

Era esa una historia que se repetía, y que se repite hasta nuestros días. En los años sesenta, un busto de gran tamaño del mismo Juárez, localizado en la avenida Dorsal de Monterrey, fue manchado con pintura. Lo mismo han hecho con una imagen del Presidente que ha hecho de Benito Juárez su héroe tutelar. Para darle mayor difusión, ese acto lumpen (y otros semejantes de vandalismo) fue realizado en la biblioteca pública de Macuspana, el lugar de origen de Andrés Manuel López Obrador.

Es increíble que una sociedad producto de un mestizaje en el que intervino una cultura con miles de siglos de antigüedad –y a cuyos descendientes se les identifica como indios– haya resultado tan racista. Los actos vandálicos y las fobias irracionales tienen que ver con esta actitud. Un segmento interesado en el poder manipula y paga con sobras a los vándalos víctimas de un catecismo oscurantista para el cual no hubo contrapesos culturales en su biografía.

El desprecio, la devaluación de todo aquello que pueda ser identificado con la condición de indio (este equívoco geográfico convertido en equívoco étnico) ha dado lugar en América a una monumental estulticia colectiva. Naco, una de sus actualizaciones, es acaso apócope de totonaco, como decía Carlos Monsiváis. Pero la Real Academia Española recoge el término como lo que socialmente significa entre nosotros: naco significa indio (de los pueblos indígenas). Su uso es, sin duda, peyorativo, etnofóbico y clasista.

Quien ha defendido a los indios ha sido objeto de escarnio o castigo. Ignacio Ramírez, el gran reformador, escribió un artículo en Témis y Deucalión, periódico que fundó y dirigió. Lo tituló  A los Yndios. Decía: “Vuestros enemigos os quitan vuestras tierras, os compran á vil precio vuestras cosechas, os escasean el agua aun para apagar vuestra sed, os obligan a cuidar como soldados sus fincas, os pagan con vales, os maltratan, os enseñan mil errores, os confiesan y casan por dinero, y os sujetan á obrar por leyes que no conocéis…” Ramírez fue hecho preso por órdenes de Mariano Riva Palacio, gobernador del estado de México. Los cargos: delito de imprenta y llamado a la sedición. Fue hace casi 170 años, pero pareciera que tuvo lugar hace una semana.

En Bolivia, un golpe de Estado obligó a Evo Morales, su presidente, a renunciar y exiliarse en México. En un gesto solidario, el gobierno que encabeza Andrés Manuel López Obrador lo ha recibido con la dignidad que merece un estadista. Los racistas y discriminadores de este país pretenden hacer ver que ese gesto, apegado a nuestras mejores tradiciones de política exterior, es un error. El error está en su mezquindad, en la fobia hacia un hombre que sacó a su país de la pobreza en que lo habían mantenido los gobiernos anteriores, y a los indios permitió dejar atrás su miseria lacerante. Pero no le perdonan el color de su piel.

Si algo hay incivil y tonto eso es querer identificarse con lo que no se es y con lo que no se puede llegar a ser.

Los blancos europeos o de origen europeo no olvidan el discurso de Evo Morales ante los jefes de Estado de la Comunidad Europea en el que hace una crítica tan sutil como sagital del saqueo efectuado por los europeos durante la colonia. En ese discurso (un verdadero documento de época) les hace saber que él no consideraría tal saqueo sino como un préstamo amigable de América: el de los 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata que se llevaron a Europa para dilapidarlos en guerras y eventos vacuos. Tal préstamo, calculado a un interés módico de 10 por ciento acumulado a lo largo de 300 años equivaldría ahora a una cifra de más de 300 ceros. Y si el cálculo fuera hecho en kilos, ello equivaldría a un peso mayor al de la Tierra. Nos deben demasiado, sin considerar el pago por daños y perjuicios. Ningún estadista de América –no tenemos muchos– ha enjuiciado con mayor precisión a Europa.

Ese discurso pasará a la historia como la carta que el jefe Seattle de la tribu squamish le envió a Franklin Pierce, presidente de Estados Unidos, en el que le señala que la tierra que les expropian los nuevos habitantes de América a quienes han vivido en ella durante siglos, y que por ello la veneran y respetan, no debe ser tratada como mercancía.

Si no por otra razón, el presidente Evo Morales pasará a la historia en virtud de ese valioso documento. Ya podrán morirse de rabia las mentalidades mostrencas. No lo podrán borrar de la memoria de la humanidad libre y libertaria, no sólo de América.

Nunca supuse que un cuento que escribí pudiera llegar a cobrar –en maldita la hora– la actualidad que los hechos nos muestran. Se titula No quiero saber más de indios y narra la presencia fantasmagórica de las tribus de indios aniquiladas por blancos y mestizos de Estados Unidos y de México.

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*Narrador, poeta y analista político mexicano. Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Coahuila, hizo también estudios de maestría en la Facultad de Filosofía y Letras  de la Universidad Autónoma de Nuevo León. En La Jornada, 21.11.19

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Anexo de La Jornada:

¿Qué futuro hay para los pueblos indígenas?

Jan Jarab*

Las terribles violaciones perpetradas en contra de los pueblos indígenas fueron el tema del primer informe público escrito sobre derechos humanos en las Américas, la Brevísima relación de la destrucción de las Indias (1552) del fraile Bartolomé de las Casas. Hoy, 467 años más tarde, abusos y despojo continúan, pero también continúa la lucha de los pueblos indígenas por sus derechos. Michel Forst, relator especial de la ONU sobre defensores de derechos humanos, ha afirmado que las y los defensores indígenas –personas como Berta Cáceres en Honduras o Isidro Baldenegro y Samir Flores en México– son los más amenazados a raíz de su labor en defensa de sus tierras y territorios, por defender los derechos ambientales.

¿Cómo viven en realidad los pueblos indígenas en el mundo, en América Latina y en México? ¿A qué se enfrentan? Me gustaría ofrecerles algunas citas que he escuchado de viva voz:

Dicen que estuvimos pobres, pero vivimos felices. Cultivamos nuestra tierra, nuestras abejas. Después nos trajeron lo que llaman desarrollo –grandes hoteles por todo lado. Nos quitaron las tierras. Hoy, ya no somos agricultores, sino personal de limpieza en los country clubs. ¿Esto es desarrollo? (Líder maya, Quintana Roo, 2017)

México tiene una nueva oportunidad de reflexionar si quiere continuar con estas políticas. Si quiere que la gente que hoy trabaja su tierra siga convirtiéndose en los trabajadores de limpieza de grandes hoteles, para servir a los ricos. Si se desea perpetuar una forma de desarrollo que trae consigo flujos de drogas y violencia, como se ha visto en Acapulco o Cancún, o si va apoyar a las comunidades para que éstas escojan su propio modelo de desarrollo, como lo dice la Declaración de los derechos de los pueblos indígenas.

¿Consulta? ¿De qué están hablando? Llegan a decirte que tienes que firmar para recibir beneficios –pero si no firmas, el gobierno enviará policías para despojarte. (Líder yaqui, Sonora, 2016)

Reflexionemos: ¿de verdad es consulta indígena cuando no es ni previa, ni libre, ni informada, ni culturalmente adecuada, como exigen los estándares internacionales? ¿A qué sirve la consulta que divide a las comunidades indígenas en los buenos que aceptan –pequeños– beneficios y los problemáticos que siguen defendiendo su tierra, su bosque, enfrentándose a la criminalización, a todo el poder político y económico? Y ¿a qué sirve una consulta si no se respeta su derecho al consentimiento?

Llegaron una noche, amenazaron de matarnos todos. Con mis hijos caminé dos días, dos noches, no tuvimos ni agua ni tortilla, hasta llegar a la ciudad. Las autoridades sólo nos mandaron el mensaje que tenemos que regresar, que no nos pueden dar ningún apoyo… (Mujer nahua desplazada, Guerrero, 2019)

¿Hasta cuándo vamos a dejar a los campesinos indígenas –y no indígenas– desprotegidos frente a la violencia del crimen organizado, de los caciques locales, de los grupos armados que limpian el terreno para las empresas nacionales y trasnacionales? ¿Hasta cuándo?

Esperemos que pronto se abra un nuevo capítulo, un capítulo de discontinuidad radical con todas estas prácticas represivas, manipuladoras y cínicas. Esperemos que ya no se van otorgar masivamente concesiones a megaproyectos que en las pasadas décadas convirtieron una parte considerable de los territorios indígenas en territorios concesionados –todo para los inversionistas, sobrexplotación del agua, contaminación y deforestación para los indígenas. Hoy se vuelve difícil para el Estado quitar estas concesiones a empresas trasnacionales porque contienen cláusulas sobre compensación por la inversión no realizada. Entonces, cuando se otorgan concesiones, se tiene que cuidar para que los inversionistas no tengan derecho a compensaciones estratosféricas en casos de que se les quite la concesión por violaciones de derechos humanos o por haber causado daños ambientales.

Hay primeras noticias positivas, como los acuerdos alcanzados entre 16 comunidades zapotecas de los Valles Centrales de Oaxaca y la Conagua, sobre el reconocimiento de los derechos de estas comunidades para cogestionar sus fuentes del agua –lógicamente, dado que fueron ellas mismas que rescataron el acuífero. El proceso de consulta cojeó en varios momentos, sin embargo, la firmeza de las comunidades y la voluntad política de avanzar marcaron un paso importante que debe replicarse.

Los pueblos indígenas, cada vez más organizados, seguirán sin duda exigiendo el reconocimiento de sus derechos –un reconocimiento no sólo retórico, sino en los hechos. Y el sistema internacional de derechos humanos, los procedimientos especiales de las Naciones Unidas, en particular las Relatorías Especiales sobre los derechos de los pueblos indígenas y de defensores de derechos humanos, y por supuesto, nuestra oficina en México, les seguirá acompañando.

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* Representante en México de la alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos

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