Derechos Humanos, Economía y Finanzas, Igualdad y justicia social, Neoliberalismo

Medir el bienestar

Ene 27 2020

Editorial – El País

El aumento de la desigualdad pide mejores estadísticas sobre redistribución

El aumento de la desigualdad económica en todo el mundo, el deterioro del empleo y la aparición del cambio climático como condición económica prioritaria conducen inevitablemente a la cuestión de si las sociedades están aplicando las estadísticas adecuadas para medir la riqueza. Este debate ha estado presente en Davos; forma parte también del interés de destacadas instituciones económicas internacionales más prestigiosas, como la OCDE, que ha preparado un indicador de bienestar. Como tantas otras ideas, no es nueva. La insuficiencia de los indicadores macroeconómicos como el PIB o la cantidad de empleo creado por una economía para medir la riqueza real ha estado presente en las discusiones entre economistas al menos desde la década de los noventa. Pero ahora es un debate público en el que se han implicado los agentes económicos y sociales, además de los Gobiernos.

Ni el PIB ni las estadísticas cuantitativas miden realmente la riqueza de un país o de un grupo social. Por lo tanto, carecen de verosimilitud para establecer el bienestar social. La verdadera riqueza de un país se mide por su capacidad para mejorar la vida de sus ciudadanos; por lo tanto, requiere no solamente más producción, sino también redistribución.Una estadística cuantitativa como el PIB está pensada para aconsejar sobre la planificación económica de un país; no considera la desigualdad entre rentas y grupos ni incluye otros factores de satisfacción que pueden resultar tan importantes como la propia cantidad de riqueza generada en bruto. La suma total nada nos dice de la suerte de las partes.

La propuesta de indicador de la OCDE es un modelo de lo que se pretende conseguir con estadísticas más ambiciosas, orientadas a medir en cuanto mejora la calidad de vida de los ciudadanos. A la producción y el consumo añade indicadores sobre el acceso a la educación y a la salud, las infraestructuras disponibles y la calidad en el empleo. No es descabellado proponer que un indicador de bienestar incluya además una medida de calidad medioambiental, es decir, el grado de deterioro de la salud (y no sólo física) inducido por la calidad del aire respirable o el entorno urbano. El problema de los indicadores sintéticos del bienestar es que integran parámetros imprecisos por naturaleza, medidos en algunos casos por estimaciones indirectas. Sin embargo, las técnicas de encuesta tienen un margen de mejora que puede cerrar el debate actual sobre la subjetividad de tales cálculos indirectos.

La tarea de los Gobiernos no se agota en aumentar la cantidad de producción, de consumo o de empleo; se les requiere para que mejoren la situación de los ciudadanos. Desde esa perspectiva, que es la que empieza a plantearse en los foros internacionales, los responsables políticos necesitan un índice, lo más exacto posible, del bienestar social y de los elementos que configuran la estabilidad política. Si disponen de estadísticas de bienestar, los Gobiernos podrán planificar la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos, de la misma forma que hasta ahora, con estadísticas de crecimiento, se han limitado a planificar aumentos del PIB. El conocimiento de la situación social evitará además que los gestores públicos puedan alegar ignorancia sobre, por ejemplo, el reparto de rentas y patrimonios. Para corregir la desigualdad, el primer paso es identificarla y medirla.

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Desigualdad es causa estructural del malestar en América Latina

Por Cepal

DAVOS, Suiza – La desigualdad es la causa estructural del malestar social en la región. Por ello, necesitamos avanzar de la cultura de los privilegios a la cultura de igualdad y la inclusión social, afirmó Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Cepal, en el Foro Económico Mundial 2020 que culminó este viernes 24 en Davos, Suiza. 

La alta funcionaria de las Naciones Unidas participó durante la semana en diversas sesiones del Foro global, en las que abordó el origen y la persistencia de la desigualdad en los países de la región, así como el impacto que, asociada al bajo crecimiento, esta tiene en el desarrollo, la innovación, la inclusión y la productividad.

También subrayó la importancia de la inversión pública y privada para potenciar la diversificación productiva, la infraestructura y la integración regional.

“Las protestas en la región tienen un hilo común que es la desigualdad y pueden convertirse en una oportunidad para el cambio social. A partir de las movilizaciones hemos visto cómo algunos gobiernos han accedido a avanzar en mejoras estructurales a bienes públicos esenciales, como salud, educación, pensiones y transporte”, afirmó Alicia Bárcena durante una intervención en la sesión sobre Cómo convertir la protesta en progreso (How to Turn Protest into Progress), celebrada el jueves 23 en Davos.

Junto a la secretaria ejecutiva de la Cepal (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), participaron en el panel Craig Francourt, de Global Shaper, Victoria Hub; Micah White, activista y cocreador de Occupy Wall Street, y William F. Browder, director general de Hermitage Capital Management. La sesión fue moderada por James Harding, cofundador y editor de Tortoise Media.

Durante su intervención, Bárcena subrayó que hay un desencanto social que se manifiesta principalmente en los más jóvenes de la región, debido a que se generaron expectativas que no han sido cumplidas.

Asimismo, destacó la importancia del respeto por los derechos humanos y el derecho a la protesta, y llamó a construir nuevos pactos sociales con miras a garantizar el bien público.

“Muchos países no contemplan el derecho a la protesta. En las Naciones Unidas defendemos los derechos humanos, la igualdad, la justicia y las voces de los que no tienen voz”, señaló.

La máxima representante de la Cepal participó también en una sesión titulada América Latina: Respondiendo a las nuevas expectativas (Latin America: Responding to New Expectations) donde enfatizó que la gran fábrica de la desigualdad en la región es la enorme heterogeneidad estructural.

Por ello, dijo, es urgente avanzar en la construcción de Estados de Bienestar, basados en derechos y en la igualdad, que otorguen acceso a protección social y a bienes públicos de calidad, como salud y educación, vivienda y transporte.

Alicia Bárcena advirtió sobre el crecimiento de los estratos de ingresos medios en la región, que continúan experimentando diversas carencias y vulnerabilidades, tanto en relación con sus ingresos como en el ejercicio de sus derechos.

“El 76,8% de la población de la región pertenece a los estratos de ingresos bajo y medio-bajo, que vive con un ingreso inferior a tres líneas de pobreza”, alertó.

Precisó que a 2017, más de la mitad de la población adulta (52%) de los estratos medios no había completado 12 años de escolaridad, mientras que el 36,6% tenía ocupaciones con un alto riesgo de informalidad y precariedad. Además, el 44,7% de las personas económicamente activas de los estratos medios no están afiliados o no cotizan en un sistema de pensiones.

“Es urgente avanzar hacia una cultura de la igualdad en la región a través de políticas universales de inclusión social y laboral que contribuyan a aumentar las capacidades humanas, la productividad y el crecimiento económico, a la vez que instalan una cultura de derechos y de ciudadanía social”, concluyó.

Las actividades de la Secretaria Ejecutiva de la Cepal en el Foro Económico Mundial 2020 incluyeron una serie de reuniones bilaterales y otras actividades públicas y privadas.

En varias de ellas, Alicia Bárcena abordó los alcances del Plan de Desarrollo Integral para El Salvador, Guatemala, Honduras y el sur-sureste de México, una propuesta innovadora que busca crear un espacio de desarrollo sostenible estimulando el crecimiento económico, promoviendo el acceso universal a los derechos sociales, impulsando la resiliencia al cambio climático y garantizando los derechos durante todo el ciclo migratorio.

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