Conflictos armados, Extremismo radical, Fuerzas Armadas, Violencia

Trump casi provoca una guerra con Irán

Ene 17 2020

Por Elizabeth Drew* – Project Syndicate/El País

La actitud irreflexiva del presidente, espoleado por sus halcones, ha tenido graves consecuencias

Los tensos y peligrosos intercambios recientes entre EE UU e Irán dicen mucho acerca de la política exterior del presidente Donald Trump. Básicamente, que no hay tal política. Se toman decisiones de peso sobre la base de reacciones viscerales y de impulsos frecuentemente contradictorios; por ejemplo, buscar un acuerdo y al mismo tiempo amenazar con usar la fuerza. La única visión o filosofía general, si la hay, es que Trump quiere evitar otra guerra larga y costosa. Y sin embargo, casi provoca una por su torpeza.

Durante la campaña para la presidencia, Trump prometió repatriar las fuerzas estadounidenses, y a veces se abstuvo de responder a provocaciones, en particular, de milicias con respaldo iraní en todo Oriente Próximo. Esto inspiró en los iraníes —y en casi todos— la falsa creencia de que seguiría poniendo la otra mejilla. Pero entonces algunos miembros del Partido Republicano y, lo más importante, comentaristas de Fox News empezaron a tildarlo de débil. Y decir eso de Trump es peligroso: su presidencia es la prueba de por qué no hay que elegir a una persona insegura.

La relación entre EE UU e Irán está peor que nunca, y tras la muerte de Soleimani, el que más ha perdido es el primero

Otra característica de la política exterior de Trump es que está rodeado por una camarilla de mediocres: no hay nadie con visión de largo alcance, ningún pensador estratégico creativo, ningún espíritu independiente. Ha nombrado cuatro asesores de seguridad nacional en tres años, dos secretarios de Defensa, dos secretarios de Estado… y otros muchos puestos clave en política exterior siguen vacantes. Esto transmite una lección clara: el único modo de durar con Trump es no contradecirlo. Y esta deferencia incondicional es mucho más problemática con un presidente que sabe muy poco y carece de curiosidad.

Mike Pompeo, el petulante secretario de Estado, tiene fama de ser el más consumado adulador de Trump entre sus asesores principales. Es un locuaz exponente de la vertiente congresista que quiere un “cambio de régimen” en Irán. Después del asesinato de Qasem Soleimani se ha sabido que Pompeo ya venía presionando a Trump para que tomara esa decisión. Cuando Trump finalmente decidió ordenar la operación que el 3 de enero mató al segundo dirigente político más importante de Irán, ya tenía un equipo de colaboradores más cohesionado y menos inclinado que sus antecesores a oponerse a los deseos del presidente.

No habiendo declaración de guerra contra Irán, la muerte de un funcionario extranjero en un ataque con dron en territorio iraquí puede haber sido ilegal. Pero esas sutilezas no preocupan a Trump: todo indica que tomó la decisión sin analizar posibles consecuencias. El sistema de seguridad nacional instituido durante la presidencia de Eisenhower con el objetivo de evitar medidas imprudentes de esa naturaleza es hoy disfuncional o inexistente, y el presidente tiene cada vez más poder. Y cuando ese presidente es inestable, el mundo entero tiene un problema muy grave.

De hecho, que se haya evitado (por muy poco) una guerra total con Irán se debió a que los dirigentes iraníes fueron más sagaces que Trump. La mayor pérdida de vidas en este peligroso episodio la causó el trágico derribo de un vuelo civil ucraniano que acababa de despegar del aeropuerto de Teherán (murieron las 176 personas a bordo). Las autoridades de aviación iraníes habían dado al avión permiso para partir unas tres horas después del ataque misilístico iraní contra bases iraquíes usadas por tropas estadounidenses. Esta represalia por la muerte de Soleimani, cuidadosamente calibrada (no hubo víctimas), era la señal de que los iraníes querían detener la peligrosa escalada. Una guerra contra EE UU la perderían, pero tienen sobrados medios para dañar activos estadounidenses. Un aliviado Trump aceptó el mensaje.

El Congreso, inquieto, exigió al Ejecutivo un informe de las razones para matar a Soleimani y la incapacidad de presentar una explicación clara le estalló en la cara a Trump. Eso, sumado al habitual desprecio de la Administración de Trump hacia el Congreso y el deber constitucional de sus miembros de exigirle cuentas, y al hecho de que declarar una guerra es prerrogativa constitucional del poder Legislativo, alentó una iniciativa de los congresistas para limitar los poderes bélicos del presidente en relación con Irán. Pero es difícil que la Cámara y el Senado se pongan de acuerdo en cómo hacerlo, por no hablar de idear una medida que sobreviva al veto presidencial.

En tanto, la relación entre EE UU e Irán está peor que nunca, y tras la muerte de Soleimani, el que más ha perdido es EE UU. Irán anunció que ya no respetará límites a su programa nuclear, lo que reduce el tiempo estimado que necesita para desarrollar una bomba atómica de los casi 15 años cuando asumió Trump a apenas cinco meses. Al mismo tiempo, crece la presión para que Washington retire sus tropas de Irak (lo que siempre buscó Soleimani).

Aunque Trump canta victoria hay señales de que la opinión pública no se lo está creyendo. Una mayoría piensa que el episodio menoscabó la seguridad de EE UU, y es posible que no se equivoque: aunque por ahora las hostilidades con Irán (y sus numerosos intermediarios) se han calmado, pocos creen que dure.

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*Elizabeth Drew es periodista y escritora. Artículo publicado por El País de España, el 17.01.20. Traducción de Esteban Flamini. © Project Syndicate, 2020.

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Anexo:

Irán ha admitido sus mentiras; ¿por qué Occidente no lo ha hecho?

Robert Fisk*

En tiempos de guerra le dijo célebremente Churchill a Stalin, la verdad es tan preciosa que la debería cuidar en todo momento un guardaespaldas de mentiras. Dijo esto en noviembre de 1943 –que casualmente era su cumpleaños 69– en un esfuerzo por transmitir al líder soviético la importancia de los engaños que hubo en la planeación del Día D. De hecho, los aliados sí engañaron a los alemanes, cuyos comandantes de la Wehrmacht pensaron que los desembarcos serían en el norte de Francia en vez de en las playas de Normandía.

Pero el significado de la verdad y las mentiras –e incluso el de la expresión tiempos de guerra– han cambiado tanto en sentido y utilidad en la historia reciente de Medio Oriente, que es casi imposible aplicar hoy en día la cita de Churchill.

Después de que uno de sus misiles antiaéreos destruyó el vuelo 752 de Ukranian Airways este mes, la mentira inicial de Irán –que la caída se debió a problemas con el motor– se pronunció no para atentar contra la verdad sino para proteger al régimen iraní de las acusaciones en caso de que su pueblo descubriera la verdad… que fue lo que, desde luego, ocurrió muy pronto.

Hubo un tiempo en que podía uno salir limpio de este tipo de mentira gigantesca. En la era pretecnológica, casi cualquier catástrofe podía ocultarse: aún hablamos de desastres envueltos en misterio. Pero con las cámaras de los teléfonos, los rastreadores de misiles, los radares de alto alcance y los satélites, las mentiras quedan al descubierto rápidamente. La pérdida del vuelo MH370 de Malaysia Airlines de hace casi seis años es la única excepción que se me ocurre ahora.

Cierto, Mubarak rodeó las instalaciones de la televisión de El Cairo con tanques en 2011, en un intento antidiluviano de detener la revolución impulsada por mensajes de teléfonos móviles. Pero la Guardia Revolucionaria y el ejército iraníes son tan avezados en cuestiones de computación que es improbable que no hayan entendido lo que le hicieron al avión ucranio. La idea, que aún repite el régimen, de que hubo problemas de comunicación (sí, durante tres días, por amor de Dios) es absurda.

Lo que en realidad pasó, sospecho, es que tanto el presidente Hassan Rouhani como el ayatolá Alí Jamenei supieron la verdad una hora después de lo ocurrido, pero estaban tan impactados de lo que había hecho su país que no supieron cómo responder. Su nación, en cuyo nombre se define como islámica y cuya supuestamente venerada (pero en realidad corrupta) Guardia Revolucionaria se ha vendido como impecable y temerosa de Dios. No supieron qué decir, y dijeron una mentira. De esta forma la imagen de la inmaculada teología que supuestamente sostiene la imagen de Irán fue destrozada por un error… y por su deshonestidad.

No es de extrañar que los iraníes volvieran a las calles.

Irán cometió un error, pero el conjugar un yerro trágico con una falsedad descarada que después admitió está muy cerca del pecado original. El pueblo no está a punto de derrocar al régimen, como sugieren los acólitos de Trump y los expertos estadunidenses de siempre. Pero Irán ha cambiado para siempre.

Sus líderes ya no pueden adjudicarse una infalibilidad papal. Si mienten sobre haber matado a inocentes pasajeros de un avión ucranio –la mayoría de ellos iraníes– seguramente su jurisprudencia es igualmente mentirosa. Quienes exigen obediencia de sus leales seguidores no pueden esperar que su audiencia acepte sus futuros pronunciamientos –acerca de Trump o de Dios– con la misma confianza sagrada.

Durante un tiempo, la Guardia Revolucionaria que solía presentar a sus integrantes como potenciales mártires del islam ahora serán conocidos como los tipos que dispararon el misil.

Recordemos que en Occidente nos hemos acostumbrado tanto a nuestra deshonestidad y a que nos descubran, que apenas y chistamos ante la palabra mentira. Permítanme hacer una pregunta franca: salvo por las moscas que revolotean alrededor de Trump ¿alguien de verdad cree que hay información de inteligencia sobre los planes de Qasem Soleimani para atacar o hacer estallar cuatro embajadas estadunidenses (o cinco, o seis o las que sean)?

Tal vez es cierto. Tal vez no. Pero a juzgar por las burdas respuestas de Mark Esper, secretario de Defensa, y sus amigos, yo me atrevería a apostar que eso no es más que una novela barata de Trump; mezcla de Hollywood, confusión mental y un tuit matutino. ¿A quién le importa si es verdad o no? Soleimani era un mal tipo. Levante la mano alguien en Occidente a quien le moleste que haya sido asesinado (al menos usemos esa palabra una vez por hoy)? Hasta Boris Johnson dijo que no iba a lamentar la muerte de Soleimani, pese a que nadie le pidió su opinión. Seguramente hubiera dicho lo mismo –y probablemente lo hará– si Estados Unidos, Israel, o ambos, asesinaran al líder libanés de Hezbolá, Sayyed Hassan Nasrallah.

El problema es que nos hemos acostumbrado tanto a las mentiras –sobre el Brexit, sobre Medio Oriente, sobre lo que ustedes digan– que ya ni nos importan.

Podemos ir a la guerra por armas de destrucción masiva, por advertencias de 45 minutos y promesas de democracia para Irak y lo que resulta es medio millón de muertos, un millón o un cuarto de millón. ¿Ven cómo se puede jugar con las almas de los muertos en esta parte del mundo? No protegemos la verdad con guardaespaldas ¿No está mejor el mundo sin Qasem Soleimani? ¿No está mejor el mundo sin Saddam?

Pero esto sólo funciona hasta cierto punto. ¿O alguien realmente piensa que la mezcolanza de Boris Johnson sobre un nuevo tratado nuclear con Irán es algo más que una concesión a Trump? Había un acuerdo y, en teoría, como nos lo recuerdan los iraníes constantemente, sigue habiéndolo. Los iraníes están listos para retomarlo… o al menos eso dicen.

Claramente, los estadunidenses sufrirán en días, semanas o meses próximos. Esas bases en el desierto iraquí se ven cada vez menos como los lirios acuáticos con los que los comparó alguna vez Donald Rumsfeld, y parecen cada vez más potenciales trampas de muerte.

Lo extraño es que cuando los estadunidenses originalmente acusaron a los iraníes de estar detrás de los ataques de guerrilla contra sus tropas de ocupación durante la invasión de 2003, los iraquíes sabían que esto no era cierto. Irak tenía suficientes armas y expertos muy bien entrenados; todos ellos provenientes del viejo y abandonado ejército de Saddam, y no necesitaban a Soleimani para enseñarles lo que ya sabían. Nadie debe dudar de su apoyo, pero sugerir que el general encabezaba la resistencia iraquí –otra de las razones que dan para asesinarlo– es ridículo.

Lo irónico es que cuando Estados Unidos afirmó que los iraníes estaban detrás de los ataques contra sus soldados en Irak, probablemente no lo estaban.

Y ahora los estadunidenses han matado al comandante de las fuerzas Al Qods de la Guardia Revolucionaria, los iraníes están, de hecho, detrás de los ataques a las bases estadunidenses. Así lo admitieron, como una notable verdad dicha incluso cuando mentían sobre la destrucción del avión ucranio.

Es evidente el por qué Trump está tan confundido. Hasta ahora, los estadunidenses tuvieron el monopolio del engaño. Su plan para Medio Oriente destruye cualquier posibilidad de dar a los palestinos una nación y Estado propios; es la antítesis del Acuerdo de Oslo, suponiendo que éste tuviera realmente la intención de dar a los palestinos un país propio. Las políticas de Trump (si es que se les puede llamar así) llevarán inevitablemente a una ocupación israelí permanente de Cisjordania y al despojo de los palestinos. Aún así, se supone que debemos creer –lo mismo que los árabes e incluso los mismos palestinos– que la continua colonización en Cisjordania, sin mencionar la existencia de una nueva embajada estadunidense en Jerusalén, tienen la intención de pacificar la región. Simplemente al discutir este absurdo escenario, estamos ayudando a propagar la mentira.

Lo raro es que en un mundo en que el asesinato de un comandante militar no es considerado un acto de guerra, comenzamos a aceptar estas mentiras. Se han vuelto normales, incluso se han convertido en una especie de rutina. Occidente, por supuesto, espera que su mentiroso en jefe termine su presidencia el próximo año. Yo no estoy tan seguro. Pero ¿qué hay de la otra nación que se regodea en mentiras? Me refiero al Estado que nunca jamás ha enviado a sus fuerzas especiales a Ucrania, que nunca tuvo nada que ver, ni de la forma más remota, en derribar a ese otro avión, el vuelo MH17 de Malaysia Airlines.

En comparación con todo esto, los iraníes parecen rechinar de limpios. Después de todo, su régimen sagrado confesó al final. Pero antes de hacerlo descubrieron el pecado original. Eso es toda una experiencia.

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*Periodista y escritor británico con sede en Beirut, premiado varias veces sobre el Oriente Medio. Es uno de los muy escasos reporteros occidentales que habla fluentemente el árabe. © The Independent. En La Jornada de México, 17.01.20 . © The Independent. Traducción: Gabriela Fonseca

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