Extremismo radical, Populismo, Racismo&discriminación, Violencia, Xenofobia

El virus de la extrema derecha

Feb 24 2020

David Torres*

Resulta extraña, por no decir otra cosa, la unanimidad de los medios al informar casi de pasada sobre el atentado terrorista en Hanau, unanimidad en el sigilo que se corresponde punto por punto con la escasa repercusión que esta masacre ha obtenido en las redes sociales. Ni mensajes de apoyo ni recordatorios ni banderitas alemanas, a pesar de los cientos de manifestantes que guardaron vigilia en el lugar del atentado, en Berlín y en otras ciudades, conmemorando a las víctimas de la matanza. Debe de ser que los medios andan muy atareados con la aparición del coronavirus en Italia, donde se han cerrado colegios y se han cancelado carnavales, como para perder minutos y páginas en dos tiroteos con diez víctimas mortales entre los que, curiosamente, no se encuentra un solo europeo.

No hace falta remontarse muy atrás para recordar la avalancha informativa con la que televisiones y periódicos ilustraron los diversos ametrallamientos mortales en París o los apuñalamientos en Londres. No me hagan mucho caso, pero es muy posible que la razón estribe en que una cosa es el terrorismo islamista, que merece portadas, banderitas y miedo a toneladas, y otra muy distinta el terrorismo neonazi, que es un virus conocido en el continente desde hace un siglo y que no asusta a casi nadie, probablemente porque ya estamos acostumbrados.

También en Alemania, hace dos semanas, se procedió al arresto de un grupo de extrema derecha que planeaba una ola de atentados contra mezquitas y centros islámicos al estilo de la matanza de Christchurch, en Nueva Zelanda, que se llevó por delante a 51 musulmanes en marzo del año pasado. Poco después, en junio de 2019, un neonazi asesinó al alcalde de Kassel, Walter Lübcke, por su política favorable a la acogida de refugiados. Y en octubre fue detenido un negacionista del Holocausto tras intentar atacar una sinagoga en Halle y ametrallar a una mujer que paseaba por las inmediaciones.

Las estadísticas aseguran que durante los cinco últimos años el terrorismo de ultraderecha ha aumentado un 320% en Europa, Norteamérica y Oceanía. Ali Soufan, el mismo agente del FBI que intentó alertar en vano sobre la inminencia del atentado en las Torres Gemelas, lleva tiempo advirtiendo que la mayor amenaza a la que se enfrenta occidente son las células terroristas de extrema derecha cuyo epicentro se halla localizado en Rusia y en Ucrania. Hay una miríada de grupos paramilitares, desde el Batallón Azvov a la Legión Imperial, en estrecho contacto con organizaciones supremacistas de Estados Unidos, como el Rise Above Movement y la Atomwaffen Division.

Sin embargo, es mucho más cómodo pensar que Tobias R., el autor de la masacre de Hanau, no es más que un pobre chalado que odiaba a los musulmanes y que decía tener poderes telepáticos. Otro pobre chalado como Anders Breivik, que mató a 77 personas en la isla de Utoya animado por sus ideas xenófobas. Cualquier día nos vamos a despertar con unos rascacielos derrumbados o unos trenes reventados a bombazos en nombre de Hitler, no de Alá, y a lo mejor nos espabilamos un poco. Mientras tanto, sigamos con el coronavirus.

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 *Escritor español. Columnista habitual del diario Público.es. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid, ganó su primer premio en 1999 (con Nanga Parbat) tras publicar diversos relatos y poemas en las revistas Cartographica, Poeta de Cabra y Ariadna, el título más traducido de Ediciones Desnivel, con versiones en francés, polaco e italiano. En Público.es , 24.02.20

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Anexos (Sobre el tema del avance de la derecha neoliberal):

En el Brasil de Bolsonaro crece el nazismo tropical

Por Gustavo Veiga – Página12, Argentina

Existen 69 grupos que pregonan la superioridad racial en el estado sureño de Santa Catarina y que lo convirtieron en el territorio con más seguidores del führer en América del Sur.

¿Existe un nazismo tropical? como se pregunta en su tesis doctoral de 2007 la historiadora brasileña Ana María Dietrich. Todo indica que sí y está en su país. El estado de Santa Catarina y en especial el valle de Itajaí, es el Lebensraum o espacio vital alemán, que deviene de la doctrina de colonización hitleriana. En esa región del sur de Brasil, con la ciudad serrana de Blumenau como epicentro, Jair Bolsonaro sacó el 83,95 por ciento de los votos en la segunda vuelta que lo llevó a la presidencia contra el 16,05 de Fernando Haddad del PT. Sus guarismos electorales incluso fueron superiores en Timbó, un municipio de 7 mil habitantes donde elevó la cifra al 89 %. No es casualidad. La primera célula nazi en el país se fundó ahí en 1928 y germinó varias semillas. 

Las corrientes migratorias germana e italiana les dieron su impronta a la zona. Hasta antes de la Segunda Guerra Mundial prevalecían las dos lenguas sobre el portugués. Había un estado alemán dentro del estado. Casi noventa años después, hoy existen 69 grupos que pregonan la superioridad racial en Santa Catarina y que lo convirtieron – solo por detrás de San Pablo – en el territorio con más seguidores del führer en América del Sur.

La doctora en Antropología Social de la Universidad de Campinas, Adriana Dias, realiza investigaciones sobre los discursos nazis en las redes sociales desde 2002. A fines de 2019 los medios brasileños difundieron su último trabajo que arrojó la constatación de que hay 334 células hitlerianas en todo Brasil. 69 de esos grupos los ubicó en Santa Catarina y 99 en San Pablo, pero la proporción sobre la población da un índice mucho mayor en el estado del sur. Hasta encontró secciones locales del Ku Kux Klan. La especialista declaró en una entrevista el 26 de noviembre pasado: “Este gobierno ciertamente alienta la existencia de células neonazis. Se sienten muy seguras hoy. La mayoría son pro-Bolsonaro y como éste ahuyenta a las minorías, con eso pueden continuar haciendo discursos de odio”.

En sus exposiciones Dias alega que los mensajes nazis llegan a unas 500 mil personas y comprobó hace años que se da “una explosión del movimiento de extrema derecha, así como una situación que empeora y se vuelve más radical. En mi panel de tesis me preguntaron si estamos cerca de que algún estado se convierta en neonazi. No tengo idea, pero mis datos son correctos. No sé si este tsunami podría ser detenido por un tsunami de izquierda”.

Blumenau es una ciudad que contando todo su municipio tendrá una población estimada para este año de 350 mil personas. La historia de su fundación en 1853 arroja un dato curioso. Porque le debe el nombre a un farmacéutico alemán de origen judío, Hermann Blumenau. Negado por los grupos supremacistas locales que ni lo mencionan, aun cuando hizo grandes contribuciones al crecimiento de la zona, se codeó con el célebre explorador Friedrich Humboldt y compartió experiencias con el naturista alemán Fritz Miller. La localidad se caracteriza por su arquitectura alemana con frentes de madera y su fiesta típica, la Oktoberfest que se realiza durante buena parte de octubre. Bolsonaro fue invitado a ella en 2019 pero declinó ir por problemas de salud.

A fines de la década del ’30, el 70 por ciento de los habitantes de Blumenau eran alemanes o descendientes de estos. Apenas un 10 por ciento hablaba el portugués y el 30 por ciento que comprendía la lengua oficial del imperio de Pedro II no se consideraba brasileño. El estado Novo de Getulio Vargas, primero aliado y después enemigo tardío de Hitler al que le declaró la guerra, votó la constitución de 1937 que prohibió cualquier tipo de lengua extranjera en las escuelas. Unas 138 de ellas fueron cerradas en Santa Catarina por esa y otras razones. La matriz alemana arraigada en el estado era compatible con el intercambio económico que existía entre los dos países: el Tercer Reich fue el segundo socio comercial de Brasil para la época, detrás de los Estados Unidos.

La simbiosis política, económica y cultural era muy fuerte. El partido nazi brasileño se convirtió en el más numeroso fuera de Alemania. Pero con la entrada de Brasil en la Segunda Guerra Mundial el 22 de agosto de 1942, la situación cambió radicalmente. Los simpatizantes del nazismo empezaron a ser detenidos, perdían sus trabajos, se les bloqueaban las cuentas bancarias y en Santa Catarina se prohibió hablar en alemán, italiano o japonés. El gobierno de Vargas temía que podría estimularse una secesión en los estados del sur: Paraná, Santa Catarina y Rio Grande do Sul. Los vínculos afectivos y políticos con la Alemania hitleriana y la Italia de Benito Mussolini eran muy grandes. Estos datos pueden leerse en trabajos de especialistas como Marlene de Faveri y Aluízio Batista de Amorim que estudiaron aquella época.

También en el artículo Entre la feijoada y el chucrut publicado en 2007 por Carlos Haag en la revista Pesquisa se detalla que “el partido nazi brasileño funcionó durante diez años en el país, actuando en 17 estados (incluyéndose improbables Bahía, Pará y Pernambuco), con 2.900 integrantes, un contingente sólo superado por el partido en Alemania. De los 83 países que tuvieron una ‘filial’ del NSDAP hitleriana, Brasil ocupa el primer lugar, delante de Austria, país natal del Führer”. El autor se apoya en el trabajo de Dietrich quien introduce el enunciado de “tropicalización” del nazismo.

La posta que tomaron con sus investigaciones la historiadora y la antropóloga Dias alienta la discusión del resurgimiento nazi en Brasil. La primera investigó que la Alemania de Hitler, a través del Instituto Tropical de Hamburgo, mandó a un grupo de científicos en 1936 para estudiar las condiciones en que vivían los alemanes que residían en el estado de Espírito Santo. La segunda ya había declarado en 2009 que en Santa Catarina vivían unos 45 mil seguidores de Hitler. El estado es gobernado por alguien que llegó al poder como aliado de Bolsonaro y empezó a darle la espalda: el llamado Comandante Moisés, abogado y coronel de reserva del cuerpo de bomberos militar.

Adoctrinada

Marta Sanz  – El País

No existen conspiraciones secretas, sino algo que da más miedo: la normalización de un programa económico neoliberal aplicado a lo educativo

Yolanda, profesora en un instituto de Las Rozas, me envía un vídeo de 2017 del proyecto Asalto a la educación. Mi negociado no es el de la última hora espectacular, sino el de los problemas estructurales, y la columna de hoy no es mi columna, sino que asume una autoría colectiva: Jurjo Torres dice que la educación no puede ser un supermercado; Christian Lavall disecciona la segregación —gente rica con gente rica, inmigrantes con inmigrantes, chicos con chicos…—; Xabier Bonal explica cómo los valores empresariales sustituyen a los de la ciudadanía democrática; Rocío Anguita denuncia que las compañías proveedoras de materiales al sistema público tributan donde les da la gana: lo correcto sería que pagaran aquí sus impuestos para repercutir en la mejora de los servicios.

En el vídeo se repasan las implicaciones de la naturalización de la ideología neoliberal en la enseñanza siguiendo el modelo norteamericano. No existen conspiraciones secretas, sino algo que da más miedo: la normalización de un programa económico neoliberal aplicado a lo educativo. La educación pública comienza a hablar de clientes y no de ciudadanía; se expresa en términos de rentabilidad reforzando materias instrumentales y dando por buena la penetración en un espacio común, supuestamente ineficiente, de un capital privado “filantrópico” que promociona sus productos y transmite sus valores: éxito, excelencia, emprendimiento, el que vale puede llegar… La posibilidad de construir conciencia crítica se sustituye por una actitud resiliente. El primer paso consiste en demonizar lo público subrayando su pésimo funcionamiento. Los informes PISA, dependientes de la OCDE, operan como “termómetro de calidad” de la educación mundial, y el mercurio de este termómetro depende de los intereses de bancos y entidades financieras que, a través de fundaciones, promueven cursos de formación del profesorado.

La “degradación” de la enseñanza pública —de la sanidad, también— se solventa con el remedio de lo privado y/o concertado, y se asumen modelos autodestructivos: se identifica la libertad con la libertad de riñón bien cubierto de decidir lo que se compra —lo demás es… ¡socialismo!— y, mientras se recortan los presupuestos en educación, se impulsa la entrada de capital privado en las esferas públicas a través de la externalización de servicios —comedor, mantenimiento, etcétera— o de la firma de convenios con grandes corporaciones que proveen de material informático. Esta estrategia reporta beneficios a las compañías tecnológicas y además fideliza clientes infantiles que, cuando sean mayores, no podrán trabajar sin determinadas herramientas… Movimientos como Empieza por Educar se integran en Teach For All, que impulsa un paradigma de escuela neoliberal. El arqueológico vínculo Iglesia-Estado que se perpetúa soterradamente en parte de las subvenciones de la escuela concertada en nuestro país también requeriría una severa pasteurización doctrinal. Qué quieren que les diga: si adoctrinar es mostrarle a la infancia la diversidad y riqueza de la sexualidad humana, adelante con los faroles. Algunas malas personas pensamos que hay adoctrinamientos más peligrosos para el bien común. Espero haber sido hoy una buena ventrílocua. Y que el Gobierno sepa quiénes son sus verdaderos aliados.

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