Derechos Humanos, Extremismo radical, Populismo, Racismo&discriminación, Violencia, Xenofobia

Terrorismo ultra

Feb 26 2020

Editorial – El País

Es preciso enviar a la ciudadanía un claro mensaje de que el terrorismo de ultraderecha no es un terrorismo “de segunda”, sino una amenaza que se cierne sobre las democracias

El atentado racista perpetrado en la localidad alemana de Hanau el día 19, que se saldó con 10 asesinatos y la muerte del autor, pone sobre la mesa una espinosa cuestión que debe ser abordada con urgencia en toda Europa: el recurso de la extrema derecha al terrorismo como método y no como producto de acciones individuales aisladas.

Los países europeos han centrado, con toda lógica, sus esfuerzos antiterroristas en combatir al yihadismo que ha protagonizado matanzas a lo largo del continente; de París a Madrid, pasando por Niza, Londres y Barcelona, entre otras urbes. Y se utiliza un importante despliegue no solo en la neutralización de los potenciales atentados, sino también en el desmantelamiento de las redes, ya sean operativas o ideológicas, que lo sustentan.

Sin embargo, en el caso de los atentados de carácter neonazi o ultraderechista se ha deslizado peligrosamente en la sociedad que responde más a episodios aislados producto de “lobos solitarios”, enajenados y que actúan por su cuenta. Esto puede tener una base de verdad, pero la repetición continuada en el tiempo de estas acciones y en varios países permite identificar un sustrato común. La matanza de Utoya (Noruega) en 2011, con 77 muertos, o los llamados asesinatos del kebab en Alemania entre 2000 y 2007, con 10 muertos, aparentemente no tienen conexión entre sí, pero sus autores responden a la misma ideología supremacista y xenófoba que —al igual que el yihadismo— se sirve de las nuevas tecnologías para difundir masivamente sus postulados y radicalizar individuos.

Se trata de un problema común a todas las democracias en un momento en que esta forma de convivencia está siendo permanentemente desacreditada por parte de la propaganda radical. Estados Unidos, Nueva Zelanda o Canadá —por poner tres ejemplos fuera de Europa— también han sido escenario de este tipo de crímenes, donde también hay, entre otros, elementos antisemitas e islamófobos.

Pero se da la circunstancia de que en Europa han irrumpido en las instituciones democráticas formaciones políticas que propagan algunos de los postulados que, llevados a su extremo, utilizan los autores de estos atentados para justificar sus fechorías. Juegan según las reglas con el objetivo de destruirlas. Y es aquí donde es preciso una actitud política contundente de los partidos democráticos de cualquier signo. Es necesario enviar a la ciudadanía un claro mensaje de que el terrorismo de ultraderecha no es un terrorismo “de segunda”, sino una amenaza que se cierne sobre las democracias a la que es preciso combatir desde el campo de las fuerzas de seguridad pero también en sus planteamientos, poniendo al desnudo una ideología cuyo objetivo no es otro que el fin de la democracia.26.02.20

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Anexo ( de Público.es)

La mesa de los once nazis

Aníbal Malvar*

Confirmado. Vox ya no es un partido fascista ni homófobo ni machista ni racista ni mentiroso ni cruel ni descerebrado. Es «un partido constitucionalista», nos dice sin pudor el editorial de La Razón. Así se expresa en el análisis editorial que regala hoy el periódico de Planeta sobre el pacto entre PP y Ciudadanos en Euskadi, que Pablo Casado fraguó a espaldas del que iba a ser su candidato a lehendakari, Alfonso Alonso, y que va a suponer la casi segura dimisión del vasco. «Ese [el foralismo del PP frente al centralismo berreante de C´s] era el obstáculo que podía justificar razonablemente el rechazo a presentar una candidatura unitaria con Ciudadanos, y el que, entre otras cuestiones, impide la extensión del pacto a un partido constitucionalista como Vox». No pruebes a taparte la nariz, lector delicado. Yo lo hice en cuanto leí esto y no funciona.

Puede sospecharse que Pablo Casado está siguiendo las rutas de su gemelo pimpollo Albert Rivera: eliminar de sus predios toda huella de moderación. Y, cuando se habla de moderados en el PP, conviene consultar el diccionario con mascarilla y prudencia: la moderación en el PP la lideraba el gurteliano M. Rajoy. Cuando la invasión genocida de Irak, por ejemplo, el presuntamente moderado Alonso ya campaba en el PP y aplaudió con regocijo la sangría. Entre eso y martillear discos duros o poemas de Miguel Hernández no hay tanta diferencia. Moderados, moderados, en el PP ya tal.

Es La Razón, sin duda, el periódico que con entusiasmo mayor se ha lanzado a la cruzada de la normalización de la ultraderecha. Aunque el adjetivo constitucionalista aplicado a estos amantes del saludo nazi y de las desigualdades entre hombres y mujeres y gais se puede encontrar bajo otras cabeceras con pasmosa, pero más pudorosa, naturalidad. Así el ABC de hace unos días, que en un editorial sobre las elecciones gallegas temía que «el PP se confíe en un éxito asegurado y que Cs y Vox se lancen a una disputa por el electorado constitucionalista». Yo nó sé cómo les sentará a algunos votantes neofranquistas de Abascal que les llamen constitucionalistas. En España, a la palabra constitucionalista no hay RAE que la capture. Es el gamusino de nuestros diccionarios. Significa demasiadas cosas dependiendo del quién, del cómo, del dónde, del cuándo y del porqué. Puede abarcar desde el neofascismo hasta el socialismo seguidista cuando ejerce de leal oposición y firma cientocincuentaycincos. La Constitución es un comodín, un jocker del póker político. Y, cada día más, el término constitucionalista va suplantando en el argot al viejo y querido facha de toda la vida.

El Mundo tampoco hace asquitos a los cruzados galopines con yelmo. Los califican, como mucho, de populistas. Y desde hace ya más de un año repiten como tabla de Moisés su tesis de que Vox ofrece «un diagnóstico de la crítica situación por la que atraviesa España que resulta certero en muchos aspectos» (8 de octubre de 2018).

Lo cual que si tú lees nuestros viejos papiros, la rancia prensa de derechas, te puedes acabar convirtiendo en personaje de epigrama de Martin Niemöller. El negro de Vox ya es paradigma de esta estirpe.

Causó gran estupor en su momento la imagen de Pablo Iglesias riéndole las gracias a Iván Espinosa de los Monteros en sede parlamentaria. Salvando amplias distancias estéticas y éticas, es como si Winston Churchill se hubiera dejado retratar en actitud de compadreo junto a Adolf Hitler. Impresentable. Ante el blanqueamiento generalizado de los ultras, solo caben actitudes como la de Aitor Esteban (PNV), negándole el saludo al mismo Espinosa en un debate televisado. La historia nos ha enseñado lo peligroso que es dejar a esta gente contaminar con su presencia las instituciones. Vestirlos de constitucionalistas. Remito al viejo dicho teutón: «Si en una mesa hay un nazi y diez personas que lo respetan, en esa mesa hay once nazis». Eso es todo, amigos.

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*Aníbal Malvar es periodista y escritor. Columnista del diario Público.es. Su última novela es «La balada de los miserables» (Akal, 2012). Más información en http://es.wikipedia.org/wiki/Aníbal_Malvar

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