Economía y Finanzas, Historia, Política, Salud

DESPUÉS DEL CORONAVIRUS, UN NUEVO ORDEN MUNDIAL

Abr 7 2020

Por Horacio Larraín*

La antinomia entre dos sistemas económicos, el capitalista y el socialista, ha sido el eje alrededor del cual ha girado el mundo político, económico y social en el último siglo. De manera muy simplificada, podríamos decir que un régimen promueve la propiedad privada del capital y la tierra, mientras que el otro se manifiesta partidario de su propiedad social o colectiva. Lo anterior, en consideración a los tres factores de producción que define la economía clásica: la tierra, el capital y el trabajo. Ambos sistemas pueden o no funcionar en el marco de regímenes políticos democráticos. La Dictadura capitalista de Pinochet funcionó durante diecisiete años, como muchas otras dictaduras no socialistas en el mundo. Por otro lado, los regímenes de los llamados “socialismos reales”, de los cuales la Unión Soviética fue su prototipo o modelo, se derrumbaron en 1989, precisamente por la carencia de un régimen democrático convincente para su sustentación popular.

De acuerdo al maestro Giovanni Sartori, cuando se habla de democracia, la entendemos como liberal-democracia. Para Samuel P. Huntington “la democracia tiene un significado útil sólo si se le define en términos institucionales” y que la institución clave es la elección de los líderes por medio de elecciones competitivas, libres e informadas. “Los golpes de Estado, la censura, las elecciones fraudulentas, la coerción y el acosamiento de la oposición, la restricción de reunión o movimiento, son políticas incompatibles con la democracia”, aclara Huntington.

Pero más importante aún, a nuestro juicio, son los dos criterios que Robert Dahl plantea para poder estimar el valor de la democracia. El primero se refiere a la igualdad en el valor intrínseco: “ninguna persona es intrínsecamente superior a otra por lo que los intereses de cada ser humano tienen derecho a igual consideración”.

El segundo criterio, que constituye la piedra angular de la creencia democrática es que “ninguna persona está mejor capacitada que uno mismo para juzgar su propio bien o intereses, o para actuar para lograrlos”. A nuestro entender, las democracias no funcionan con “partidos príncipes”.

Aparte de lo anterior, Dahl presenta ciertas libertades o derechos mínimos que una sociedad democrática debe garantizar, como: libertad de asociación; libertad de expresión; libertad de voto; elegibilidad para el servicio público; diversidad de las fuentes de información; elecciones libres e imparciales; instituciones que garanticen que la política del gobierno dependa de los votos y demás formas de expresar las preferencias.

Para el paradigma neoliberal de la globalización, consagrado en el llamado “Consenso de Washington” de mediados de 1980, las agencias económicas, políticas y sociales  centrales han sido el Mercado y el Estado. El intelectual orgánico neoliberal predominante, ha promovido la subsidiaridad del Estado al tiempo que ha enaltecido la función del libre Mercado. De este modo, el Estado habría dejado de ser un actor de relevancia para el bienestar ciudadano. Probablemente, ha sido por ello que la política -esa actividad humana esencialmente colectivista- ha perdido importancia. Consecuentemente, el Estado se habría transformado en un instrumento más útil para el factor capital: les dicta leyes adecuadas a sus intereses, les provee orden social, seguridad y protección física y jurídica a sus propiedades y  bienes.

De aquí que, a nivel tanto planetario como local, el régimen democrático ha sido incapaz de controlar al poder económico. Aquel ha dejado de tener extraterritorialidad. Por una parte, mientras la movilidad mundial de la producción ha permitido a las corporaciones multinacionales localizarse allí en donde los costos laborales y las cargas tributarias son las menos gravosas; por la otra, el trabajo encuentra cada vez más obstáculos para desplazarse, sea por regulaciones anti migratorias o, más recientemente, por restricciones con ocasión de la pandemia Covid-19.

Las fuerzas del mercado local y globalizado no solo han contribuido a crear más inseguridad y mayor concentración de riqueza; por ejemplo, en Chile el 1% de la población se apropia de más de 30% del PIB; sino que han terminado por convencer a las personas de la escasa trascendencia que tiene la política para resolver sus problemas.

Bajo el paradigma neoliberal, el rol protector social del Estado dejó de ser masivo para transformarse en subsidiario, un distribuidor selectivo de poca monta. Con ello, el sentido de solidaridad comunitaria se ha visto mermado, prevaleciendo el individualismo y la competencia por sobre el trabajo en equipo y la cooperación. La sociedad se ha transformado en una red de conexiones convenientes de corto plazo, en lugar de una estructura confiable. (Bauman; 2007)

La otrora planificación de largo plazo del Estado ha cedido paso a la rentabilidad inmediata del Mercado. En el caso de Chile, la promesa hecha hace 30 años de superar nuestra economía extractiva y depredadora para transformarnos en economía de valor agregado, quedó en eso: una promesa incumplida. Eufóricos con el crecimiento, cuando el precio del cobre está alto y pesimistas y depresivos cuando la tendencia baja.

El Estado chileno de hoy es incapaz de presentar un proyecto de desarrollo país concreto y coherente, con un sistema de educación eficiente. La Educación, la Salud y la Previsión, pasaron de ser derechos sociales, según el paradigma precedente, a bienes de consumo de responsabilidad individual. Los chilenos y chilenas ya estamos acostumbrados, y es parte de nuestro paisaje, ver a los jóvenes haciendo maromas y trucos en los semáforos de las esquinas, para ganar unos pocos pesos de sobrevivencia. Mientras, nuestros multimillonarios aparecen en los rankings globales.

Lo que se requiere en un nuevo orden global es considerar al Estado y al Mercado como dos fantásticas herramientas con las que cuentan las sociedades modernas. Más que como objetos de culto ideológico, son instrumentos complementarios. Es probable que el pragmático régimen de Xi Jing Pin, en la República Popular China, lo esté entendiendo así.

La idea no es nueva, sin embargo. El sistema de Estado de Bienestar keynesiano que caracterizó a los países nórdicos entre las décadas  de posguerra hasta la entrada en vigencia de la ideología neoliberal de la globalización, a fines de la década de 1980, fue la mejor cara que haya presentado el sistema económico capitalista. La “Edad de Oro” del capitalismo, según el historiador Eric Hobsbawm.

Este sistema escandinavo -válido para Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia e Islandia y, en cierto grado, también para otros países europeos desarrollados- permitió una dosificación adecuada entre Estado y Mercado. El Estado se encargó fundamentalmente, aunque no únicamente, de tres áreas sociales: Educación, Salud y Previsión, bajo un eficiente régimen de administración comunal o de asociaciones de comunas.

El Mercado, adecuadamente regulado, desarrolló el comercio, la banca y otras áreas económicas de industrias exportadoras tradicionales (construcción naval, industria agrícola, etc.), pero siempre orientado al desarrollo  de tecnologías de punta, de alto valor agregado.

La educación gratuita y de calidad desde la sala-cuna a la universidad, la salud gratuita, eficiente y fundamentalmente preventiva y el sistema de pensiones estatales de reparto, entre otras instituciones sociales, fueron ingredientes esenciales para el desarrollo de la producción y la productividad. En fin, toda una red de seguridad social, la cual debió financiarse con un régimen tributario alto, tanto para las personas como para las empresas. En esos países no se habla de “gasto social”, sino que de “inversión social”.

Las empresas, solidariamente, aceptaron el reto. Las negociaciones colectivas siempre han sido tripartitas entre gobierno, trabajadores y empresas. Estas últimas se aseguran también capital humano sano y altamente productivo, capaz de desarrollar tecnologías de punta en áreas en que las grandes corporaciones multinacionales no pueden o no les interesa competirles. La llamada economía de nicho.

Obviamente, el Estado democrático no es perfecto. Como legítimo monopolizador de la violencia dentro de su territorio, como lo define Max Weber, sus administradores de turno pueden cometer abusos. Los funcionarios y representantes electos pueden llegar a ser corrompidos por los poderes económicos dominantes.

Por otra parte, el Estado es incapaz de planificar centralizadamente todos los aspectos productivos y distributivos de las sociedades complejas de hoy. Según el Profesor de la London School of Economics, John Gray, el único mérito de toda la obra de Frederik Hayek es haber establecido epistemológicamente la certeza de esta realidad.

Sin embargo, tampoco existe ninguna evidencia científicamente probada de que el Estado, es decir, la Nación organizada, no pueda poseer empresas y administrarlas adecuadamente. En el caso chileno, fue el Estado empresario el que dio el gran salto a la modernización de la economía, a través de los grandes proyectos mineros, la instalación de gigantescas obras energéticas de producción, transmisión y distribución de electricidad o por proyectos siderúrgicos industriales que fueron desarrollados por la estatal Corporación de Fomento a la Producción (CORFO), a partir de la década de 1930. Los empresarios privados de nuevo cuño fueron, a lo más, beneficiarios de las forzadas y corruptas privatizaciones realizadas a precio vil, por la Dictadura en la década de 1980 y completadas durante los gobiernos de la Concertación, en la década siguiente.

Desde una óptica marxista el Estado burgués es, por definición, un instrumento de la clase dominante. La evolución democrática de los últimos dos siglos, el desarrollo de la mesocracia en muchos países, la masificación de la propiedad anónima, parecieran relativizar tal visión. Sin embargo, no debemos perder de vista la validez de esta perspectiva, al menos, como instrumento analítico de utilidad.

El Mercado, por su parte, es un constructo, una entelequia que tendría la virtud de detectar automáticamente las necesidades humanas mediante la señal de los precios y, de esta manera, hacer posible una adecuada asignación de recursos productivos, o medios de producción. Claro que adolece de una contradicción vital con respecto a la filosofía liberal que lo promueve: tiende, también automáticamente, a eliminar la competencia, a formar monopolios y, por lo tanto, a la concentración de la riqueza en pocas manos. Consecuentemente y al poco tiempo, el tejido social se deteriora, como vemos en estos días.

Por lo anterior, se hace necesaria la regulación del Mercado. El Mercado no se auto regula, como afirman sus promotores. Existen áreas en las que las señales de precio/calidad/resultados no llegan oportunamente o simplemente, no llegan. El supuesto de la fluidez y transparencia de la información no siempre se cumple.

La educación superior privatizada es un ejemplo de ello. Graduar cientos de abogados o ingenieros comerciales al año -candidatos a cesantes con títulos- es producto de una pésima, atrasada y distorsionada señal del mercado.

De las virtudes y defectos del Estado y el Mercado, es posible justificar la complementariedad entre estos dos instrumentos.

Desde luego que no hay respuestas precisas para enfrentar la presente pandemia y sus costos sociales en el corto plazo. Mucho dependerá del grado de desarrollo del sistema público de cada país. Ello tomará tiempo y más vale que las sociedades revaloricen el rol del instrumento Estado, lo antes posible. Los países que desarrollen una dosificación entre Estado y Mercado más pragmática que ideológica, tendrán una ventaja.

Ahora, un Nuevo Orden Mundial pareciera inevitable por algunas razones: 1) el Coronavirus o Covid-19 tendrá que desaparecer tarde o temprano, dejando una lección acerca de la fragilidad de nuestros sistemas sociales. 2) El desequilibrio de desarrollo humano, producto del paradigma neoliberal del libre Mercado global, tendrá que dejar de regir más temprano que tarde. 3) El Estado democrático, ese que verdaderamente conjuga el debate público con la buena representación y participación ciudadana, deberá prevalecer. 4) De alguna manera, minimizando las campañas políticas tal vez, se deberá desplazar al dinero como elemento central en el acceso democrático al poder. 5) A estas alturas del desarrollo de las Armas ABC (Nucleares, Biológicas y Químicas), no se hace realista el sueño de dominio militar mundial por parte de una sola potencia, sin arriesgar la desaparición de toda nuestra especie. Abril, 2020

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*El autor fue oficial de la Armada de Chile. Permaneció leal a Salvador Allende y a su juramento de obediencia a la Constitución y Leyes vigentes en Septiembre de 1973, oponiéndose al golpe militar. Actualmente es politólogo, Magíster de la Universidad de Chile, M.A. de la Universidad de Heidelberg, Magíster en Seguridad y Defensa de la ANEPE (Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos). Miembro del equipo editorial de RedSeca. Artículo enviado a Other News por el autor..

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