Economía y Finanzas, Historia, Igualdad y justicia social, Política, Salud

LA PROFECÍA POSIBLE

Abr 10 2020

Por Gustavo González Rodríguez*

¿Habrá un “día después” del coronavirus? En un sentido riguroso no. Así como la pandemia se fue extendiendo gradualmente desde su aparición en la provincia de Wuhan en el último trimestre de 2019, también irá retrocediendo de a poco, por retazos, en el mapamundi y hasta es posible que persista en zonas de mayor pobreza de África o Asia sudoccidental que hoy por hoy “no son noticia” en el monotemático vendaval informativo que consumimos bajo cuarentena.

Pero apostemos, barajando datos de epidemiólogos, que para marzo de 2021 se considerará superada la emergencia sanitaria. Ya no se registrarán contagios en los países de Europa y de América que fueron golpeados por el virus. La Organización Mundial de la Salud contabilizará los muertos y determinará las tasas de letalidad que alcanzó la pandemia, en porcentajes con respecto a la población mundial y al número de infectados.

Pero esas estadísticas finales pasarán por el cedazo de la credibilidad. Habrá debates sobre lo confiable de los datos suministrados por los gobiernos. Algunos serán acusados de ocultar información y aminorar las cifras reales de fallecidos. En otros casos se podrá advertir imprecisión,  falta de rigor o simplemente ausencia de diagnósticos sobre las causas de muertes lo cual, a la inversa, podría magnificar el impacto de la pandemia.

Es posible que para entonces podamos asistir a un debate de expertos en salud que, ojalá, no se enclaustre solo en las variables médicas sino que incorporara consideraciones socio-económicas y ambientales. ¿El Covid-19 fue más letal que el hambre que sigue asolando al África subsahariana y a los bolsones de extrema pobreza incluso en países ricos, o se complementaron el virus y la desnutrición? ¿Cómo inciden el calentamiento global y la contaminación en la creciente debilidad de la especie humana ante afecciones pulmonares como la provocada por el coronavirus?

Marzo de 2021. En el mundo predominará la expresión “vuelta a la normalidad”. Ese afán de dejar atrás la prolongada pesadilla del 2020 volverá a mover la rueda de la historia en sentido inverso. Casi nadie contradirá los juicios que se vierten hoy sobre el virus que develó las incongruencias del “modelo” de civilización impuesto por la hegemonía del capital financiero, pero los discursos oficiales dirán que hay prioridades, urgencias que no se deben desatender por preocupaciones filosóficas. ¿Cambio de paradigmas? No por ahora.

La normalidad se llamará entonces reactivación de la economía. El Fondo Monetario Internacional emitirá recetas, condicionamientos y presiones para recuperar el crecimiento. Se trazarán metas de aumento del comercio mundial y consecuentemente los bancos centrales y los recursos fiscales se orientarán a la revitalización de los mercados financieros, como ya lo están haciendo ahora. Habrá operaciones de rescate de consorcios bancarios que a su vez irán en auxilio de grandes corporaciones transnacionales, a costa de los impuestos de los ciudadanos, en un libreto ya conocido en la crisis del año 2008.

El afán de volver a esta normalidad, sumado a balances autocomplacientes de los gobiernos sobre su desempeño ante la pandemia, restará trascendencia al tema fundamental que instaló el coronavirus: las políticas sanitarias y la importancia de la salud pública, deteriorada por la “pandemia de neoliberalismo” que en las últimas décadas desmanteló los hospitales y comercializó el sector en beneficio de las clínicas y consultas privadas.

Habrá llamados al sacrificio de todos y esos todos serán como siempre los de abajo. Así, a los modestos ahorrantes que vieron mermados sus depósitos por las caídas bursátiles se les dirá que deben confiar en el mercado, que algún día los resarcirá. A las trabajadoras y trabajadores en edad de jubilarse, cuyas cotizaciones en los fondos de pensiones se devaluaron, se les propondrá postergar su retiro y seguir laborando, a la espera de una recuperación de las acciones que goteará de a poco en sus cuentas. El mercado será también el remedio que ofrecerán a los millones de infectados por el virus de la cesantía, despedidos durante la pandemia de sus empleos o que simplemente el Covid-19 despojó de sus trabajos en la economía informal.

Aumentarán las tasas de suicidios provocados por depresiones. Será otra estadística sanitaria confusa sobre los “daños colaterales” de la pandemia.

La mal llamada comunidad financiera internacional volverá a ejercer su hegemonía e impondrá los dogmas de los equilibrios fiscales, con disciplina en el gasto y baja inflación al precio de la caída del empleo. En tanto, algunos gobernantes y las agencias de las Naciones Unidas preocupadas por el desarrollo, el medio ambiente, los derechos humanos y la alimentación, propondrán otra Cumbre mundial para debatir sobre el futuro de la humanidad.

Habrá también muchos congresos, seminarios y simposios. Economistas e influencers top dictarán conferencias bien pagadas para empresarios y políticos con amplia cobertura en la prensa seria. Los encuentros en los círculos académicos y en las ONG, que insistirán majaderamente en el cambio de paradigmas, alimentarán publicaciones científicas pero serán ignorados por los grandes medios.

Mientras tanto, la normalidad volverá por sus fueros. Los índices de contaminación del aire en las ciudades crecerán nuevamente con los gases de miles de automotores circulando por avenidas y autopistas, “en busca del tiempo perdido” durante la pandemia.

La normalidad conjugada con la recuperación económica dirá que hay que seguir interviniendo la naturaleza con proyectos mineros, agrícolas y forestales. Seguir destruyendo el hábitat de las abejas y de toda fauna salvaje, seguir con la depredación y la contaminación de los océanos.

Los delfines huirán una vez más de los canales de Venecia y las toninas tampoco brincarán en la bahía de Valparaíso, en aguas otra vez sucias de diesel y aceites de motores. Los curiosos pumas ya no bajarán a las comunas cordilleranas de Santiago, un huemul no aparecerá fugazmente en Linares y los lobos no merodearán en las cercanías de Barcelona.

Se organizarán pequeñas comunidades de retorno a la vida natural, con economías de autosuficiencia y sistemas energéticos limpios, como aislados testimonios de lo que pudo ser y no fue.

A modo de colofón: el autor desea fervientemente errar con esta profecía, pero como dijo alguien: un optimista es aquel que no tiene toda la información.

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* Ex director de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Chile, ex director-corresponsal de IPS en Chile y en  Ecuador. Ex editor de IPS en Roma, Italia y en San José de Costa Rica. Análisis enviado a OtherNews por el autor, el 09 de abril de 2020

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