Política, Populismo, Salud

¿Qué más debe suceder para que los políticos escuchen a la ciencia?

May 4 2020

Por Fernando Ayala*

Hoy, en muchos países se dice que, si la política hubiese escuchado a la ciencia, tal vez la pandemia no estaría causando los estragos que ya se hacen evidentes, con más de de 200 mil vidas alrededor del mundo.  No sabemos cuándo terminará ni las dimensiones en que arruinará la economía global. Si se hubiese escuchado la voz de los científicos, quienes, desde hace una década al menos, han entregado las evidencias de la responsabilidad de nuestra forma de vida en el cambio climático o los informes de la comunidad científica sobre la pandemia que venía, quizás serían menores las consecuencias.  Ya no lo podemos saber.  Hoy debemos asumir la realidad del Covid-19 que ha golpeado las puertas de todos los países enfrentándonos a una realidad que ha desnudado las miserias de la política. Países pobres, pero grandes, con sus mandatarios desafiando las evidencias y sumergiéndose en baños de masas o supuestamente protegidos por amuletos, como Brasil y México. En el otro extremo, el negacionismo arrogante, esa capacidad soberbia de negar las evidencias entregadas por personas dedicadas a la investigación y a la ciencia, como lo ha demostrado el presidente de la principal potencia mundial, o el mandatario brasileño. Entre medio, los inmensamente ricos, con ejércitos y tecnologías poderosas, pero sin capacidad de producir mascarillas u otros elementos básicos para proteger a la población de la pandemia.

Las pandemias han sido recurrentes en la historia de la humanidad, desde siempre. El año 2009, un virus nuevo de la influenza fue detectado en Estados Unidos.  Fue clasificado por la OMS como A-H1N1, que rápidamente se extendió por el mundo por lo que fue declarado pandemia, que afectó entre un 11 y 21% de la población mundial. Sin embargo, su mortalidad fue baja dejando entre 151 mil y 575 mil fallecidos, de acuerdo con la agencia estadounidense, Centers for Desease Control and Prevención https://www.cdc.gov/  El Ébola, otro virus transmitido por murciélagos, fue detectado en 1976, en África, en una aldea del Congo cerca del río Ébola, de donde proviene el nombre. A la fecha se han producido 44 brotes y miles de muertos, pero la enfermedad se ha mantenido en ese continente. La malaria, una enfermedad presente en la historia humana por miles de años, no es un virus.  Es transmitida por un pequeño parásito, es endémica en el continente africano, parte de Asia y de América Latina. Su nombre fue puesto por los romanos, mal’ area.  Pese a los millones de muertos que ha dejado, las vacunas que se han desarrollado han sido de efecto parcial y desde hace décadas se dice que se trabaja en crear una, definitiva. En los años del colonialismo de Europa en África o durante la Segunda Guerra Mundial y luego en Vietnam, Laos y Camboya, los laboratorios invirtieron para desarrollar una vacuna porque afectaba a los soldados estadounidenses y colonos europeos. Con la independencia de los países africanos y término de las guerras, se perdió el interés.  Estados pobres no serían nunca un mercado rentable para financiar los costos de la investigación.  Así, hasta hoy no existe una vacuna eficaz, pese a que se calcula en 600 mil las personas que mueren cada año de esa enfermedad.

En septiembre de 2019, un equipo de 14 científicos y expertos de un programa de la OMS y el Banco Mundial, entregaron un informe llamado Un mundo en peligro. Informe anual sobre emergencias sanitarias.  Ahí se señaló que el mundo debía prepararse para enfrentar una pandemia fulminante provocada por un patógeno respiratorio que podría matar millones de personas y afectar al 5% de la economía mundial.  Las advertencias del llamado GPMB, por sus siglas en inglés (The Global Preparedness Monitoring Board) https://apps.who.int/gpmb/about.html  no fueron escuchadas. Entre los 14 miembros del consejo, que preside la exdirectora general de la OMS y ex Primera Ministra de Noruega, Gro Harlem Brundtland, hay una latinoamericana, la doctora chilena Jeanette Vega, junto a otros científicos incluyendo al consejero de salud del presidente Donald Trump, Anthony Fauci, el mismo que ha debido corregir varias veces “las absurdidades, las medias verdades y las mentiras de Trump”, según indica el prestigioso semanario estadounidense, New Yorker.  https://www.newyorker.com/magazine/2020/04/20/how-anthony-fauci-became-americas-doctor

Ahora estamos conociendo y pagando las consecuencias de no escuchar a la ciencia, tanto por el Covid-19 como por el cambio climático. La mayor parte de los políticos que nos gobiernan son víctimas de la lógica económica imperante que reduce el gasto público en salud, educación o cultura, privilegiando la economía y la búsqueda de resultados para aumentar la popularidad en las encuestas.  Ninguno parece mirar más allá de una posible reelección. La política no puede ser cortoplacista, debe mirar una generación más allá. Tampoco puede ser dirigida por científicos, pero quienes nos gobierna deben tener el criterio suficiente para escuchar a la ciencia. Los países no pueden actuar de manera individual ante los desafíos comunes que enfrenta la humanidad, como el cambio climático. Es deber de los Estados ceder poder a los organismos internacionales, reforzar y reformar, por cierto, el sistema multilateral que está debilitado, pero es la única instancia que nos permitirá buscar soluciones a los problemas que amenazan a la humanidad.

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*Economista de la Universidad de Zagreb  y Máster en Ciencia Política de la Universidad Católica de Chile. Ha sido embajador de Chile en Vietnam, Portugal, Trinidad-Tobago e Italia. Consultor para FAO en Roma en temas de cooperación Sur-Sur, académicos y parlamentarios . Artículo publicado originalmente en italiano por Triccani de Rom (Covid-19 e climate change, il rischio di non ascoltare la scienza). . Versión en castellano enviada a Other News por el autor.

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Anexo:

Desfachatez

Almudena Grandes – El País

En los últimos meses hemos aprendido muchas palabras nuevas, pero la pandemia ha revalorizado otras muy antiguas. Desfachatez, por ejemplo. Cuando ya sabíamos que el redemsivir fabricado por los laboratorios Gilead —¿se acuerdan de El cuento de la criada— no había demostrado eficacia en estudios clínicos independientes, Trump firmó con pompa y ceremonia la autorización de su uso en los enfermos más graves. La presentó como una de sus medidas para impulsar la reactivación de la economía y no pasó nada. Desde la aparición del virus, yo pensaba que el laboratorio que desarrollara un tratamiento eficaz se iba a forrar, pero nunca pensé que alguno llegaría a forrarse gracias a un tratamiento ineficaz. La única explicación posible es que Trump asume que se mueran todos los que se tengan que morir con tal de que la crisis económica no perjudique su campaña electoral. El mismo argumento sostiene actuaciones menos pavorosas pero igualmente inmorales en países de todo el mundo, cuyos dirigentes hacen contabilidad creativa con el número de víctimas o se encomiendan a la Virgen María para no confinar a la población, o para desconfinarla antes de tiempo. Se diría que los muertos pierden importancia con el tiempo, que quienes murieron hace dos meses son más importantes que quienes murieron ayer. Tal vez por eso, Abascal  denuncia que el estado de alarma es un instrumento que vulnera las libertades. Los españoles deben ser libres para enfermar y para morir, cabría concluir. Según Arrimadas, la responsabilidad de las muertes y de la caída del PIB no es del virus, sino del Gobierno. Ayuso intentó culpar en un primer momento a Podemos de las aglomeraciones en Ifema. La desfachatez es un virus que crece exponencialmente.

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