Igualdad y justicia social, Justicia, Salud

Cuando el futuro se llama acá y ahora

Ago 12 2020

José Steinsleger*

Falleció la esposa del tendero. A pie, una pequeña procesión acompañó los restos al panteón. Pero al llegar, el cortejo quedó enterado de que la fosa, reservada con meses de antelación, estaba ocupada. Hecho bolas, un empleado del camposanto se excusó con el viudo: “Es por el coronavirus…”, dijo.

Los deudos echaron pestes contra el alcalde, el gobernador, el Presidente de la República. ¡Rateros!, gritaron. Y el viudo, agitando el recibo de los pagos al ayuntamiento, estalló: ¡Ni madres! ¡Mi vieja murió de leucemia! Finalmente, ni tú ni yo. Por 500 pesitos, un par de forzudos acomodaron el féretro en una bodega del lugar, hasta más ver.

En incontables ocasiones he pasado frente al panteón de la colonia. Pero sólo a causa del evento referido, alcé la mirada para leer la oración grabada en el frontispicio: Postrados aquí la eternidad empieza, y es polvo aquí la mundanal grandeza. ¡Qué jodido! Ser pobre y morir en medio de una pandemia.

Reflexiones trilladas a un lado, redoblo mi admiración y respeto por los que a diario, a cambio de nada, entregan su vida: médicos, enfermeros, camilleros, choferes de ambulancia, personal administrativo y de limpieza en hospitales, clínicas, morgues, crematorios. Junto con los sepultureros, esas almas benditas que nadie (creo), lleva en su agenda.

Un siglo atrás (digamos, en febrero pasado), cuando la OMS presentó al virus en sociedad, aparecieron filósofos mediáticos oficiando de profetas. Hoy, desaparecieron del escenario. Y en su lugar, un ejército de carpinteros atiende la creciente demanda mundial de féretros. Sólo que la humildísima expectativa de esperar la rencarnación durmiendo en paz, tampoco está garantizada. Porque en los cementerios, no hay lugar.

En Bolivia los hospitales están colapsados y los cementerios no cuentan con espacio suficiente para enterrar a los muertos. Por ende, las autoridades dispusieron la cremación obligatoria de las víctimas del virus, en todo el país. Pero no todas las localidades disponen de hornos crematorios.

Así, y en vista de que la policía y el personal sanitario apenas alcanzaba a recoger miles de cuerpos en casas y calles, el ingenio humano entró en acción: ¡un horno crematorio portátil! Su inventor, el ingeniero boliviano Carlos Ayo, dice que el horno es muy práctico y puede desplazarse “…tan fácilmente como un ordenador portátil”.

Ayo asegura que autoridades y empresas privadas ya lo han contactado. El horno crematorio portátil es un equipo compacto que cuesta 45 mil dólares, y el costo de la cremación es de alrededor de 35 dólares (https://bit.ly/3fNU5Js).

El Covid-19 empieza a convertirse en un fenómeno incierto y sugerente. Incierto por su profilaxis, y sugerente por haber alterado (¿congelado?) todas las rutinas, impactando en hábitos, costumbres y formas de interpretar la realidad. ¿Y si la vacuna no aparece?

En la tétrica marcha triunfal del virus, sólo cabe conjeturar el porvenir. Brutal y a un tiempo incluyente y excluyente, el Covid-19 se comporta como una suerte de neoliberalismo sublimado, donde la noción de tiempo se conjuga acá y ahora. ¿Quién se atreve a pronosticar lo que viene en camino? ¿Cómo entender, desde ahora, la política y lo político?

La pandemia en curso también cuenta con sus propios profetas: los devotos del mercado y la libertad. Por ejemplo, el ex presidente Mauricio Macri (famoso por su densidad intelectual), aseguró que el populismo es más peligroso que el coronavirus. Mientras que la descerebrada Fundación Internacional para la Libertad, que dirige Mario Vargas Llosa, piensa que la pandemia es un pretexto para el autoritarismo (Madrid, abril, 2020).

En México, el empresario Ricardo Salinas Pliego trató de pendejos (sic) a los que respetan la cuarentena y, en consonancia con Macri, el ex presidente Felipe Calderón convocó a la rebelión armada para luchar contra…la dictadura de Nicolás Maduro.

Por otro lado, y como prueba de que el Covid-19 alcanza a las facultades mentales, tenemos el comunicado de un grupo de jóvenes de la tercera edad y con prepa aprobada, en el que dicen que AMLO utiliza la pandemia “…para acelerar la demolición del Estado y el control del poder” (sic, Contra la deriva autoritaria y por la defensa de la democracia, 15/7/20).

¿Qué habría hecho con ellos Octavio Paz? ¿Expulsarlos a latigazos del templo de las ideas? El 28 de agosto de 1992, en La Nación de Buenos Aires, Paz dijo: El mecanismo del mercado no tiene ideología, acepta todas, las usa todas, no respeta ninguna y se sirve de todas ellas. Y en 1998, en entrevista con Le Nouvel Observateur: “Sería preciso hablar del desastre del capitalismo liberal y democrático en el dominio del pensamiento…” (Rodolfo Alonso, Página 12, Buenos Aires, 26/1/18).

Algo está germinando. ¿Qué? Sospecho que un algo que no traerá panes, ni peces. Y mucho menos, abrazos.

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* Periodista y escritor argentino residente en México.  En la década de 1980, se radicó en Ecuador, donde se desempeñó como miembro del Comité Editorial, responsable por la redacción, edición y diseño de la revista trimestral CHASQUI, publicación del Centro Internacional de Estudios de Periodismo de América Latina (CIESPAL). Columnista de La Jornada de México.

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