Economía y Finanzas, Historia, Neoliberalismo, Política

El capitalismo ideológico

Ago 10 2020

Por Esteban Valenti*

En el último libro de Tomás Piketty»Capital e ideología» (2019) se profundiza en un concepto que me parece de particular importancia analizar en estos momentos. Considerando las urgencias políticas y epidemiológicas actuales, puede parecer un delirio, pero de tanto mirarnos la punta de los zapatos podemos terminar caminando hacia atrás, o a lo sumo clavados en el piso.

Si su anterior libro «El Capital en el siglo XXI» era un compendio impresionante y muy documentado de cifras y datos (que no terminé de leer, lo calé y lo tengo como material de consulta), el nuevo «Capital e ideología» requiere de una constancia muy grande y tiene una diferencia fundamental con el anterior, contiene propuestas, ideas y tesis que lo hacen mucho más polémico e interesante.

Su tesis central es que la desigualdad entre las personas y entre los grupos, que existieron en todas las sociedades y son caracterizadas por la forma como se afrontan los problemas de la política, de la propiedad y de las fronteras son fundamentalmente fenómenos de carácter ideológico-político y no económico y tecnológico, pues existe «una substancial autonomía de la esfera de las ideas, que es la esfera ideológico-política» y subraya que en «el reino de las ideas, la esfera político-ideológica es realmente autónomo»

Es fácil deducir y el autor lo expresa de manera explícita, que las desigualdades y las injusticias se derrotan primero en el plano ideológico, de la ideas. Es decir que la ideología moderna que justifica y promueve el propietarismo es la que en su versión extrema se transforma en el capitalismo.

«El propietarismo es la ideología política basada en la defensa absoluta de la propiedad privada y el capitalismo como la expresión del propietarismo en la era de la gran industria, de la finanzas internacionales y hoy de la economía digital» Esa es en una cita muy precisa y concentrada la visión de Piketty desarrollada en 1.200 páginas.

Es coherente con su visión expresada en el «Capital en el siglo XXI» en el que define el capital como el valor de mercado de la riqueza en su conjunto, de los bienes financieros, inmobiliarios y mobiliarios y por lo tanto a los derechos de propiedad de la riqueza. De esta manera la historia del capitalismo se transforma en la historia de la propiedad, según el autor francés.

Es una posición muy discutible, sobre todo analizando estudios muy actuales que confirman y reafirman que el capitalismo es una economía basada en empresas y el rol fundamental no lo desempeñan hoy los capitalistas en el sentido tradicional, es decir los propietarios de los medios de producción, sino quienes dirigen el proceso productivo y controlan las relaciones con los trabajadores y con toda la estructura empresarial. Los managers en sus varias denominaciones. Naturalmente que de acuerdo a cualquiera de estas dos definiciones, las opciones alternativas al capitalismo difieren radicalmente.

La definición de Piketty la considero extremista y unilateral, llevando lo ideológico a un extremo que incluso camufla el fenómeno económico, tecnológico y por ende social.

La historia está llena de procesos que desmienten esta visión ideológica absoluta, por ejemplo el surgimiento de la acumulación del capital se corresponde con la revolución industrial, es decir con el uso de los combustibles fósiles – en ese momento el carbón como elemento fundamental – tanto en la producción industrial como en el transporte, que tuvo además una influencia determinante en la creación de regímenes políticos e ideológicos basados en el control territorial a nivel global. El dominio territorial, disputado incluso mediante terribles guerras mundiales y coloniales, tenía un objetivo principal: el control de los recursos materiales finitos por naturaleza (por ejemplo los combustibles fósiles) existentes en esos territorios y por lo tanto imposibles de democratizar.

Paul Krugman ofrece suvisión, la ideología dominante a nivel de los economistas actualmente es que «en estos tiempos, atribuir la desigualdad principalmente a las fuerzas ineluctables de la tecnología y de la globalización pasó de moda» https://www.nytimes.com/2020/03/08/

En toda su obra Piketty afirma que en cada lugar y tiempo una fuerza socio-económica triunfa o pierde en el terreno de las ideas. La evolución de las variables distributivas es determinada por lo tanto, por la evolución de las ideologías. Y las ideologías son la capacidad de darle un sentido a los propios comportamientos, es decir de parte de un bloque distributivo o redistributivo de «justificar las desigualdades». El capitalismo, en esta perspectiva, es la realización extremista de la ideología propietarista. Si una formación político-social quiere expulsar al capitalismo del predominio mundial, tienen en primer lugar que desmantelar el propietarismoen el terreno de las ideas».

Cuando lo logre, puede de esa manera modificar la estructura de la propiedad y el patrimonio, con intervenciones a favor de la propiedad temporal y social. Esta es una posición muy en boga hoy en día en el debate ideológico sobre todo a nivel de la economía, pasando del examen de las relaciones conflictivas entre las personas y las clases en las instituciones, llevándola al plano de la lucha de las ideas, por lo tanto con un papel determinante de los sectores intelectuales.

Piketty se transforma en el adalid de una posición ideológica, en la que alcanza con que una elite intelectual elabore e imponga ideas de izquierda y logre de esa manera la derrota de las ideas de derecha, para poder derrotar el capitalismo. No se puede decir que no sea una idea tentadora para determinados sectores intelectuales, de reducir todo a una batalla cultural e ideológica.

Pero seríamos injustos si no incluyéramos las tesis políticas incorporadas en la obra de Piketty, en particular en su último libro y la tesis política derivada es que para que la izquierda europea reconquiste la hegemonía es necesario y suficiente un relanzamiento ideológico basado en cuatro medidas: el derecho al voto en las empresas por parte de los trabajadores; los cambios en la estructura de la propiedad; el acceso a la educación y la permeabilidad de las fronteras nacionales. Obviamente todas cosas que corresponden a las naciones. En síntesis un relanzamiento reforzado del programa de la socialdemocracia. Considerando la actual ofensiva del neoliberalismo su apuesta es a un cambio muy importante y radical.

Pone particular atención en la disminución de la desigualdades y en el avance hacia la redistribución de la riqueza, replantea el modelo socialdemocrático participativo, que se apoya en superar el actual sistema de la propiedad privada por la propiedad temporal y social.

La propiedad se transforma en temporal evitando la excesiva concentración de la riqueza, a través de impuestos progresivos sobre el rédito y sobre las herencias. El capital no se fosiliza sino que circula socialmente mediante un sistema fiscal integrado de un impuesto progresivo anual sobre el patrimonio para financiar una dotación universal de capital, que recibiría cada persona al ingresar a la edad adulta (él calcula que en Europa sería de aproximadamente 120.000 euros) para que cada beneficiario la destine a inversiones a creación de empresas y proyectos productivos y comerciales diversos.

La propiedad se transforma en social porque en las grandes empresas la mitad de los cargos en el directorio corresponderían a los trabajadores y empleados o limitando drásticamente los derecho de voto de los grandes accionistas que posean más del 10% del capital de las empresas. El carácter temporal de la propiedad y la distribución del capital social determinarían que la riqueza no se concentrará cada vez más en las mismas manos, acumulándose incluso más de lo que crece la economía, a lo que se agrega que en las empresas también se exprese la opinión de los trabajadores.

El tercer cimiento de este programa socialdemocrático avanzado, es el derecho igualitario a la instrucción, que todos los niños tengan derecho al mismo gasto en educación y que exista un sistema democrático para promover a los mejores a los más avanzados niveles educativos y no sea determinado por razones socio-económicas.

Su propuesta se completa con un «social-federalismo» donde las relaciones entre los estados deberían estar sujetas a objetivos comunes en materia de justicia social (salario mínimo y otros derechos para los trabajadores), fiscales (descriptas anteriormente) y ambientales como el control sobre objetivos verificables en las emisiones de carbono.

Alguno, en estos tiempos de pragmatismo tierra-tierra, capital-capital, estas propuestas pueden resultar delirantes, pero que alguien se atreva y piense en estos temas casi tabú, es bueno conocerlo y discutirlo.

Hay otros flancos muy débiles en el planteo de Piketty sobre una sociedad soñada. No es justo reducir todo a los aspectos discutibles y a los impactos de los impuestos progresivos en la productividad de las empresas y del conjunto de la sociedad y tampoco sobre la posibilidad de los impuestos sobre el patrimonio que ya hacen insurgir a la derecha. Este post-capitalismo basado todo en una redistribución dirigida desde el Estado, mientras que lo que sucedería en la esfera productiva y reproductiva de la sociedad, no le merece al autor mucha atención. Tampoco la división del trabajo y los riesgos sociales de estas medidas no vienen tampoco consideradas, o las consecuencias de darle el voto no a los trabajadores en abstracto, sino a las jerarquías sindicales.

El factor determinante de todo este programa socialdemocrático es que todo viene desde arriba, es jurídicamente uniforme y requieren a una capacidad estatal, administrativa y fiscal enorme.

Piketty lo llama «socialismo participativo» pero se parece demasiado al llamado capitalismo de Estado. Pero sería un grave error reducirlo todo a la tradicional disputa de «ismos» o de paquetes cerrados y con grifa, hay que abrir mucho más el debate en serio sobre el presente y el futuro.10.08.2020

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*  Escritor y periodista,  director de la Agencia Uruguaya de Noticias UYPRESS y del semanario digital  BITÁCORA de Montevideo.  Coordinador General de IPS en la dirección general de Roma entre 1979 y 1984. 

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