Extremismo radical, Historia, Neoliberalismo, Populismo, Religión, Xenofobia

¿De dónde salió el “trumpismo”?

Sep 23 2020

Por Sheri Berman* – Social Europe

Un libro reciente desvía el centro de atención del ‘lado de la demanda’ de buena parte del análisis del populismo a la ‘oferta’ de un Partido Republicano plutócrata y cada vez más a la derecha.

Este mes de noviembre celebrarán los Estados Unidos sus elecciones más cruciales en varias generaciones. La presidencia de Donald Trump ha revelado e intensificado problemas profundos en la sociedad y la democracia norteamericanas. En caso de que Trump y el Partido Republicano salgan victoriosos, el daño causado bien puede resultar irreparable.

Comprender de qué modo el país más rico y poderoso de la Tierra se ha visto asociado a la disfunción y el declive resulta una tarea crucial para cualquiera que se preocupe por los EE.UU. o el futuro de la democracia. Por lo general, las explicaciones se dividen en dos campos.

La primera va ‘de abajo arriba’ y se centra en las tendencias económicas estructurales. Este enfoque pone de relieve de qué manera la desigualdad en aumento, el descenso de la movilidad social, la precariedad creciente y la divergencia cada vez mayor entre dinámicas regiones metropolitanas y regiones rurales en decadencia, generada por el desarrollo capitalista de las últimas décadas, han cambiado las preferencias y prioridades de los ciudadanos, llevando a una insatisfacción con la democracia y al apoyo al populismo de derechas.

Hay otros en este campo que ponen de relieve los cambios socio-culturales. Desde esta perspectiva, el aumento de la inmigración, la movilización de las minorías y las mujeres, y los enormes cambios de actitudes han llevado a muchos ciudadanos —sobre todo, si se trata de personas blancas, sin formación, religiosas y que viven en el interior — a sentirse ‘extraños en su propio país’, resentidos con las ‘élites’ que presuntamente desdeñan sus valores y tradiciones, así como con los inmigrantes y minorías que supuestamente captan recursos y oportunidades de ellos, llevándoles a seguir a populistas que atacan al status quo.

Otro enfoque, no obstante, es el ‘de arriba abajo’, que se centra en las opciones y el comportamiento de de poderosos agentes políticos. En el contexto norteamericano, eso quiere decir recalcar de qué modo las élites (reales) y los más ricos, en particular, han convertido el Partido Republicano en un vehículo dedicado a proteger sus propios intereses, al precio de polarizar profundamente la sociedad y socavar la democracia.   

‘Inmenso giro’

Jacob Hacker y Paul Pierson se encuentran entre los defensores más destacados de esta perspectiva. Su libro, recién publicadoLet Them Eat Tweets: How the Right Rules in an Age of Extreme Inequality, [Que coman tuits: Cómo gobierna la derecha en una época de extrema desigualdad] desarrolla su trabajo anterior y el de otros especialistas académicos, y es probablemente la versión más irrecusable del argumento.

Hacker y Pierson recalcan la larga historia de fondo del populismo derechista en los EE.UU. Un ‘inmenso giro’, tal como lo definen, precedió al ascenso de Trump, que debe entenderse ‘lo mismo como consecuencia que como facilitador’ de la constante marcha del Partido a la derecha. Como en el caso de otros especialistas académicos de la política norteamericana, Hacker y Pierson ponen de relieve hasta qué punto el Partido Republicano está a la derecha de sus partidos ‘hermanos’ en Europa, más semejante al Rassemblement national francés [de Marine Le Pen] que a los conservadores de Gran Bretaña. (los demócratas, entretanto, conservan el perfil de un partido bastante típico de centro-izquierda o incluso centrista).

Las preferencias económicas de los plutócratas que impulsan este giro divergen enormemente de las de la mayoría de los votantes, hasta de los votantes republicanos: Hacker y Pierson recalcan, de nuevo como hacen otros especialistas académicos, que la mayoría de los norteamericanos tiene una predisposición económica de centroizquierda. Sin embargo, en las últimas décadas el Partido Republicano ha perseguido una agenda económica, ‘populista plutocrática’ derechista. Como reflejo de ello, dos de las medidas políticas republicanas más impopulares de años recientes — la reforma de 2017 que recortaba impuestos a las grandes empresas y los persistentes intentos de destripar el Affordable Care Act [Ley de Atención Sanitaria Asequible] u ‘Obamacare’— sólo recibió un apoyo mayoritario de los donantes del Partido con ingresos por encima de 250.000 dólares por año.

¿Cómo puede el Partido Republicano llevar a la práctica medidas políticas tan claramente ‘en discordia con los intereses más amplios de la sociedad norteamericana’ sin enfrentarse a una reacción revulsiva? Y de modo más general, ¿cómo puede el Partido reconciliar su apoyo a un sistema económico que genera gran desigualdad con la necesidad de conseguir los votos de aquellos a los que éste pone en desventaja? Hacker y Pierson sostienen que esta es simplemente una perdurable ‘disyuntiva conservadora’: ¿cómo se pueden mantener los privilegios de las élites una vez que existe el sufragio universal?

Distraer la atención

Para ellos, la respuesta está clara: para conseguir los votos necesarios con el fin de ganar las elecciones, las élites necesitan distraer la atención de los votantes de las consecuencias negativas de las políticas económicas que favorecen para centrarse en cambio en cuestiones sociales y culturales. ‘Los republicanos’, arguyen Hacker y Pierson, han ‘recurrido a la identidad blanca para defender la desigualdad de la riqueza. Han minado la democracia para defender a la plutocracia’.

Esta estrategia implica sembrar miedo sobre los inmigrantes, avivar el resentimiento contra los afroamericanos, y otros ardides, para hacer que los votantes blancos, y sobre todo de clase trabajadora blanca, tengan la impresión de que sus valores, identidades y tradiciones están amenazados. Tal como lo formulan Hacker y Pierson: ‘Este fatídico giro hacia el tribalismo, con su dependencia de la animosidad racial y su continuo recrudecimiento del miedo, amplió enormemente las oportunidades de que resulte útil para los plutócratas. Los votantes republicanos seguirán con su equipo, aunque su equipo transfiera dólares de los impuestos a los ricos, recorte programas que ellos apoyaban o deje de responder a las oportunidades de mejorar su vida’.

Las élites republicanas se han visto auxiliadas en su disposición a organizar y movilizar a iracundos votantes blancos por ‘grupos agresivos y de estrechas miras’ especializados en ‘atizar la indignación’ y en la ‘política del resentimiento’, como la Asociación Nacional del Rifle y la derecha cristiana. También les ha ayudado la ‘industria de la indignación’, que se ha demostrado extremadamente eficaz a la hora de ‘intensificar la sensación de amenaza’. Y por si todo esto resultara insuficiente para lograr una mayoría, los republicanos han recurrido a trucos sucios, ‘de la privación del derecho a voto al pucherazo partidista extremo, a leyes y prácticas que abrían las compuertas a ingentes cantidades de dinero’.

Para Hacker y Pierson, en resumen, la mejor forma de comprender los profundos problemas a los que se enfrenta la democracia norteamericana consiste en centrarse en el modo en que las élites republicanas ‘capitalizaron los prejuicios preexistentes a la busca de una ganancia política’. De no haber mediado la ‘manipulación de las élites y agitación de la indignación’, sostienen, los ciudadanos norteamericanos bien podrían haberse mostrado ‘receptivos a posiciones y estrategias políticas más moderadas’.

Perspectiva europea

Let them Eat Tweets hace una labor excelente a la hora de ayudarnos a comprender lo sucedido en Norteamérica. Sin embargo, si adoptamos una perspectiva europea, aparecen algunas lagunas.

Muchos de los factores recalcados por Hacker and Pierson están ausentes o quedan atenuados en Europa Occidental, pero se han producido resultados semejantes. No hemos visto ahí la misma explosión de desigualdad, la misma caída de la movilidad social y demás, provocadas por las medidas políticas perseguidas por el Partido Republicano, pero han tenido como resultado una creciente xenofobia, nativismo, populismo de derechas e insatisfacción democrática. Tampoco los populistas de Europa Occidental han podido recurrir al pucherazo, a la intimidación de los votantes o a las inmensas sumas de fondos privados disponibles para sus equivalentes republicanos al objeto de manipular los resultados electorales, pero han conseguido apoyo e incluso, en algunos casos, poder político.

Por añadidura, la ausencia de la izquierda en estos análisis obstruye cierta dinámica crucial. Hacker y Pierson argumentan correctamente que el éxito del Partido Republicano depende, de manera más general, de haber desplazado la atención de los votantes de las cuestiones económicas a las no económicas, y de la clase a las identidades étnicas. Pero ¿resulta posible entender cómo ha sucedido esto sin centrarse en los partidos de izquierda también, y sobre todo en cómo se ha diluido su perfil económico (de izquierdas), más la creciente atención concurrente que le han prestado a cuestiones no económicas e identidades no de clase en las últimas décadas?

Por ende, si bien es cierto que las medidas políticas económicas de derechas perseguidas por el Partido Republicano divergen de las preferencias económicas de centro-izquierda de la mayoría de los votantes, también es cierto que la mayoría de los votantes norteamericanos tienen preferencias en cuestiones sociales y culturales que difieren de aquellas defendidas por el Partido Demócrata, tal como demuestran los mismos sondeos a los que se atienen Hacker y Pierson. También esto resulta cierto en el caso de los votantes europeos, la mayoría de los cuales están a la derecha de los partidos socialdemócratas y otras formaciones de izquierda en cuestiones sociales y culturales.

Trump y el populismo plutocrático que representa amenazan con destruir la democracia norteamericana. Pero si queremos comprender plenamente los problemas a los que se enfrentan los EE.UU., así como otros países democráticos, no sólo necesitamos más análisis excelentes de casos particulares, sino también más y más amplios trabajos comparativos, que puedan contribuir a desvelar la multiplicidad de factores y los diversos caminos que llevan a la insatisfacción democrática y al populismo hoy en día en todo el mundo. Fuente: Social Europe, Traducción: Lucas Antón. 20/09/2020

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*Sheri Berman, profesora del Barnard College de la Universidad de Columbia (Nueva York), formada en Harvard y Yale, es especialista en historia y política europeas, socialdemocracia, historia de la izquierda, populismo y fascismo.

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Los idiotas aceptan que les recorten en servicios esenciales, que les mientan y saqueen incluso, si «les gusta» quien lo hace, o si eso puede dañar a quien «no les gusta». Una sociedad regida por estos principios va al caos irremediable

No es algo improvisado. Lo lleva escrito, lo lee, se viste con ropa estudiada y un pañuelo colocado hacia atrás desafiando la gravedad, tanto como ella la lucidez. Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la comunidad de Madrid por la gracia de Ciudadanos y Vox y unas cuantas cosas más, discursea su Estado de la Región. Y dice, henchida de orgullo: «Ser madrileño es una forma de ser, es una actitud. Aquí se es madrileño desde el primer día. Por eso somos la capital de España«.

El hilo argumental no tiene la menor coherencia; aragoneses, extremeños, gallegos, canarios, castellanos, andaluces, vascos, catalanes y todos los que ustedes quieran también lo son desde el primer día. Pero, al no ser desde el primer día madrileños, se quedan sin ser capital de España. Y esto no es nada para cuando se pone a lanzar una soflama racista, en la línea de la más pura ultraderecha de Vox. Ella que contrajo el coronavirus en un ático de lujo critica la forma de vida de los emigrantes -viene a ser la pobreza- como causa de los contagios.

El problema de Ayuso –que avisó desde la campaña electoral y antes de sus capacidades- está, vean otra vez, en que termina de decir su parida y la aplauden. La aplauden los suyos en clan, la aplauden a menudo medios y periodistas –que, sí, que también del clan- pero sin duda la aplauden los pocos o muchos ciudadanos que la votaron o la votarían ahora. Los hay, al margen de encuestas que tienen la credibilidad de los posos del café. Porque votan a su partido, al partido de la Gürtel y la Kitchen, de los masters, las trampas y la desfachatez, al que tiene en su presidente Pablo Casado casi un clon elaborado de la propia Ayuso o viceversa.

Hay pruebas sobradas, abrumadoras, de que no son opiniones sino hechos fundados los que definen la desastrosa y aun desalmada gestión de Ayuso en Madrid. Una jueza de Leganés, Madrid, la ha exonerado ya de la masacre de las residencias, con argumentos que asombra leer y sin tener en cuenta al parecer los seis documentos que demuestran que evitó el traslado de ancianos a los hospitales y la propia atención en los geriátricos que dependen por ley de ella. No les dio ninguna oportunidad al no aplicar ninguno de los mecanismos previstos. Y estos días, Ayuso presume en su disertación de logros. Quizás los 11.000 contagios de COVID-19 en Madrid en el fin de semana, superando el récord de toda Francia. No competen solo a ella, es el mecanismo al completo que converge para hacer de esta sociedad un preocupante engendro. Y que va a más.

Los idiotas, sin perdón, son la variable decisiva que lleva al poder a sus iguales, ayuda a los tramposos a disuadir las políticas del bien común y enmaraña la vida social al punto de desnortarla. Suelo escribir del tema que me preocupa desde hace años. La última vez fue en 2018. Explicando, por supuesto, que el concepto de «idiota» nació como una definición en la Antigua Grecia. Describía a una persona egoísta y que se desentendía de los asuntos públicos, logrando que otros obraran por él y a menudo contra él. Ahora esa circunstancia se mantiene pero están mucho más activos en decisiones políticas. Donald Trump acababa de hacer entonces un discurso del Estado de la Unión con «medias» verdades: la perfecta definición de las mentiras completas. Él y su equipo habían impuesto el término «hechos alternativos» cuando daban datos falsos, directamente falsos.

Hoy Trump busca la reelección para seguir siendo el presidente de los idiotas norteamericanos que sumen en la desesperación a los ciudadanos estadounidenses civilizados, mintiendo sin cesar. Dice por ejemplo que no se preocupen más del clima, del cambio climático, que «comenzará a enfriar». O sugiere que no aceptará el resultado de las elecciones si no vuelve a salir presidente, entrando ya en el terreno de un golpe antidemocrático, impensable en la historia de EEUU. A sus votantes les da igual. A todos los idiotas que sustentan a dirigentes idiotas -aunque muy útiles a los intereses del clan que les sustenta- les sobran los datos y la realidad, se mueven por lo que sienten, que convierten en lo que creen.  Y así, Trump consigue hasta dañar el frágil equilibrio internacional con consecuencias temibles. Imaginen cómo funcionaría el mundo si fiaran a la creencia y los datos erróneos la construcción de edificios, carreteras y puentes, la ciencia o el cuidado de la salud. Pues ya están aquí.

Los idiotas están tomando el poder, son decisivos, lo saben y presumen de su forma de ser. Un fenómeno que antes era infrecuente en el mundo civilizado. Solía aspirarse a saber, a contar con fundamentos serios para actuar. José Ortega y Gasset llamaba la atención ya en 1929 acerca del orgullo de la ignorancia que se atesora en España. «El tonto se parece discretísimo, y de ahí la envidiable tranquilidad con que el necio se asienta e instala en su propia torpeza». Porque históricamente, la mayoría de los estudios sobre la ignorancia destacan que induce a obrar en contra de los propios intereses y ni se enteran. Y así aceptan que les recorten en servicios esenciales, que les mientan y saqueen incluso, si «les gusta» quien lo hace, o si eso puede dañar a quienes «no les gusta». Una sociedad regida por estos principios va al caos irremediable. Les están inoculando unas barbaridades que, sin saberlas digerir, resultan incompatibles con un cerebro adulto y desarrollado. Y son individuos que forman parte de la vida diaria y sus actividades colectivas.

Esas hordas de negacionistas de lo más evidente, los odiadores irracionales, sin criterio alguno, sin cultura, son la prueba de su ser y expansión. Los vemos, nos parece imposible que puedan pensar lo que dicen pero no parecen pensarlo, razonarlo, lo sienten y ya les vale. La pandemia, como elemento desconocido, imprevisible y no fácil de controlar, ha acentuado el número y la intensidad de este tipo de personas. Los bulos que se han comido forman parte de la historia del disparate.

Los idiotas tienden a creer lo que coincide con sus sentimientos previos. La realidad pasa a ser una sensación subjetiva. Ocurre con los mundos paralelos de Trump. Los montajes inverosímiles del PP o de Vox, en otro ámbito, todavía son percibidos por una parte de la población, pero otros los engullen sin problema. Hace falta estimarse en muy poco para tener en cuenta las proclamas de algunos predicadores mediáticos, o de los tontos útiles del sistema llamados a reclutar a sus similares. Gota a gota van logrando sus objetivos. O en aluvión, como cuando amplifican y difunden manipulaciones masivas del tipo de la que operó en Facebook para engañar a la opinión pública española y condicionarla en contra del Gobierno durante la pandemia a través de una red de 672.000 bots.

El auge de los idiotas es un problema difícil de revertir, solo se avanzaría desandando el camino torcido, volviendo a hincar los codos para aprender y a abrir los ojos para ver, no solo mirar. La trivialización de la educación y la desinformación han contribuido a esta situación dramáticamente. Multitud de fuentes de atención llevan a mucha gente a decir que es «largo» el desarrollo de argumentos. Es una sociedad de tuits y titulares. De zascas y gritos en el debate entre la mentira y la verdad. Y como se precisa su concurso para vender, cada vez son más llamativos los ganchos, buscando más despertar la curiosidad que informar. ¿Quién se resiste a un titular que incluya un «enigma» o un chisme o un insulto de gentes notorias o la oferta de un contorno de ojos que es lo «más vendido» en una plataforma? Pues la progresión llega hasta a lo más serio y en todos los campos.

«Astrónomos de Europa y EEUU hallan posibles indicios de vida en Venus». Posibles o no. De las tres formas en las que se produce la fosfina –el gas detectado- dos son compatibles con la generación de vida y el tercero no. Que se sepa. ¿Hay que investigar? Sí. De momento, Venus es, quizás, el planeta más inhóspito para el ser humano que moriría en segundos. Y el olor a ajo se presume por comparación con lo conocido, dado que los radiotelescopios no captan emanaciones y menos, de hacerlo, a tan larga distancia.

Un ejemplo claro para terminar. Lo entenderían hasta los idiotas. Quizás, no puede asegurarse. Al Ayuntamiento de Madrid se le ocurrió  vestir con publicidad de la liga los bolardos de cemento, de forma que parecían balones de fútbol, y han tenido que retirarlos porque la gente les daba patadas y se hería. ¿Hace falta explicar pues por qué Almeida es alcalde de la ciudad y, sobre todo, Ayuso presidenta de la comunidad? ¿Por qué sufrimos en general disfunciones impensables en una sociedad reflexiva y sensata? Porque de ahí en adelante, cualquier cosa.

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*Periodista, escritora, europea, inconformista, tenaz. Columnista de Eldiario.es Coordinó Reacciona y Derribar los Muros. Publicó ahora La Bolsa o la Vida

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