General

La verdad saldrá a flote*

May 28 2003

Robert C. Byrd**

La verdad tiene formas de afirmarse pese a todos los intentos por oscurecerla. La distorsión sólo la oculta por un tiempo. Sean cuales fueren los extremos a los que lleguemos los humanos para ofuscar los hechos o engañar a nuestros semejantes, la verdad siempre encuentra con el tiempo la forma de escabullirse entre las grietas.

El peligro, sin embargo, es que en algún momento ya no importe. El peligro es que se infiera el daño antes que la verdad se comprenda por completo. La realidad es que a veces es más fácil hacer caso omiso de hechos incómodos y transigir con cualquier distorsión que esté en boga. En estos días vemos mucho de esto en la política. Veo mucho de esto, más de lo que habría creído posible, en esta misma sala de plenos del Senado.

Respecto de la situación en Irak, a este senador le parece que probablemente el pueblo estadunidense fue conducido con engaños a aceptar la invasión de una nación soberana sin que mediara provocación alguna, en violación del derecho internacional vigente durante mucho tiempo, y bajo premisas falsas. Hay amplios indicios de que los horribles sucesos del 11 de septiembre fueron cuidadosamente manipulados para desviar la atención pública de Osama Bin Laden y Al Qaeda, que orquestaron los ataques del 11 de septiembre, a Saddam Hussein, que no lo hizo. Durante su campaña en pro de la invasión de Irak el presidente y miembros de su gabinete invocaron cuanta imagen aterradora pudieron conjurar, desde nubes de hongo hasta reservas de armas biológicas bajo tierra y aviones sin motor ni tripulación arreglados para arrojar gérmenes letales sobre nuestras principales ciudades. Se nos administró una pesada dosis de exageraciones concernientes a la amenaza directa de Saddam Hussein a nuestras libertades. La táctica llevaba la garantía de generar una reacción segura en una nación que aún sufría de una combinación de estrés postraumático y justificada indignación después de los ataques del 11 de septiembre. Fue una explotación del miedo. Fue un placebo para la indignación.

Desde el fin de la guerra, cada revelación subsecuente que ha parecido refutar las exageradas afirmaciones del gobierno de Bush ha sido hecha a un lado. En vez de referirse a la evidencia que contradice sus alegatos, la Casa Blanca cambia hábilmente de tema. No han aparecido armas de destrucción masiva, pero se nos dice que con el tiempo se encontrarán. Tal vez ocurra así, pero nuestro costoso y destructivo ataque de destrucción de fortalezas en Irak parece haber probado, en esencia, precisamente lo contrario de lo que se nos dijo que era la razón urgente para ir allá. También parece haber verificado, por el momento, las aseveraciones de Hans Blix y del equipo de inspectores que encabezó, de las que tanto se burlaron el presidente Bush y compañía. Como siempre dijo Blix, se requerirá mucho tiempo para encontrar tales armas, si es que en verdad existen. Mientras tanto Bin Laden sigue suelto y Saddam Hussein resulta que no aparece.

El gobierno aseguró al público estadunidense e internacional, una y otra vez, que era necesario un ataque para proteger del terrorismo a nuestro pueblo y al mundo. Se empeñó asiduamente en alarmar al público y deformar los rostros de Saddam Hussein y Osama Bin Laden hasta que virtualmente se volvieron uno solo.

Lo que se ha vuelto dolorosamente claro en la resaca de la guerra es que Irak no constituía una amenaza inmediata contra Estados Unidos. Arrasado por años de sanciones, Irak ni siquiera pudo lanzar un avión en contra nuestra. La amenazadora y letal flota iraquí de aviones no tripulados de la que tanto se nos habló resultó ser un prototipo hecho detriplay y cordel. Sus misiles eran de modelo caduco y de alcance limitado. Su ejército fue rápidamente abatido por nuestra tecnología y por nuestras bien entrenadas tropas.

Al momento nuestro leal personal militar continúa su diligente búsqueda de armas de destrucción masiva. Lo que ha hallado hasta ahora son fertilizantes, aspiradoras, armas convencionales y de cuando en cuando una alberca sepultada. Se le da un empleo indebido en semejante misión y continuará realizándola, con grave riesgo. Sin embargo, las extensas exageraciones del equipo de Bush sobre armas de destrucción masiva en Irak como justificación de una invasión preventiva se han convertido en algo más que una vergüenza: han hecho surgir serias dudas de prevaricación y uso temerario del poder. ¿Se arriesgó sin necesidad a nuestras tropas? ¿Se causó la muerte y mutilaciones a incontables civiles iraquíes cuando la guerra en realidad no era necesaria? ¿Se engañó deliberadamente al público estadunidense? ¿Al mundo?

Lo que más me horroriza es ese alarde constante de que somos «libertadores». Los hechos no parecen apoyar la etiqueta que de manera tan eufemística nos hemos pegado. Cierto, hemos destituido a un déspota brutal y despreciable, pero la «liberación» implica el establecimiento de la libertad, la autodeterminación y una mejor vida para la gente común y corriente. En realidad, si la situación de Irak es resultado de la «liberación», es probable que hayamos hecho retroceder 200 años la causa de la libertad.

Pese a nuestras vociferantes afirmaciones de haber mejorado la vida del pueblo iraquí, el agua es escasa y a menudo está contaminada, la electricidad sólo aparece a ratos, el abasto de alimentos es raquítico, los hospitales están saturados de heridos y mutilados, los tesoros históricos de la región y del pueblo iraquí han sido saqueados, y el material nuclear puede haberse diseminado hacia sabe Dios dónde, en tanto las tropas estadunidenses, siguiendo órdenes, encerraban y resguardaban las reservas petroleras.

Entre tanto se conceden a los amigotes del gobierno lucrativos contratos para reconstruir la infraestructura iraquí y restaurar su industria petrolera, sin el beneficio de una licitación competitiva, y Washington resiste con firmeza ofertas de asistencia y participación de la ONU. ¿Puede alguien sorprenderse de que los verdaderos motivos del gobierno estadunidense sean objeto de especulación y desconfianza en todo el mundo?

Y en lo que puede ser el acontecimiento más dañino, Estados Unidos parece estar aplastando el clamor iraquí por la autodeterminación. Jay Garner ha sido remplazado sumariamente y cada vez resulta más claro que la cara sonriente de Estados Unidos como el libertador se está transformando en el rostro ceñudo del ocupante. La imagen de la bota en el cuello ha remplazado a la mano tendida de la libertad. El caos y los disturbios sólo exacerban esa imagen, y los soldados estadunidenses tratan de mantener el orden en una tierra arrasada por la pobreza y la enfermedad. El «cambio de régimen» en Irak no ha significado hasta ahora sino anarquía, contenida sólo por una fuerza militar ocupante y una presencia administrativa estadunidense que se muestra evasiva en cuando a si tiene la intención de retirarse, y cuándo.

La democracia y la libertad no pueden hacerse tragar a punta de pistola por un ocupante. Pensar otra cosa es engañarse. Tenemos que detenernos y reflexionar. ¿Cómo pudimos ser tan increíblemente ingenuos? ¿Cómo pudimos creer que podríamos plantar con facilidad un clon de la cultura, los valores y el gobierno de Estados Unidos en una nación tan desgarrada en rivalidades religiosas, territoriales y tribales, tan desconfiada de los motivos de Washington, y tan reñida con el materialismo galopante que impulsa a las economías de estilo occidental?

Como tantos advirtieron a este gobierno antes de que emprendiera su equivocada guerra contra Irak, hay evidencias de que nuestra invasión a ese país podrá persuadir a otros mil nuevos Bin Laden de planear nuevos horrores como los que hemos visto en días pasados. En vez de dañar a los terroristas, hemos dado nuevo impulso a su furia. No completamos nuestra misión en Afganistán porque estábamos muy ansiosos de atacar a Irak. Ahora da la impresión de que Al Qaeda está de vuelta y con creces. Hemos vuelto a la alerta naranja en Estados Unidos y muy probablemente hemos desestabilizado Medio Oriente, región que nunca hemos comprendido bien. Hemos aislado a amigos en todo el mundo con nuestras simulaciones y nuestra altanera insistencia en castigar a antiguos amigos que quizá no vean las cosas a nuestra manera.

El camino de la diplomacia y la razón ha sido tirado por la ventana y remplazado por la fuerza, el unilateralismo y el castigo a las transgresiones. En fecha muy reciente me enteré con asombro del severo castigo que impusimos a Turquía, nuestro amigo y aliado estratégico de tanto tiempo. Es asombroso que nuestro gobierno regañe al nuevo gobierno turco por conducir sus asuntos conforme a su constitución y a sus instituciones democráticas.

De hecho, hemos prendido la chispa de una nueva carrera armamentista internacional en la que los países se apresuran a desarrollar armas de destrucción masiva como último recurso para protegerse de un posible golpe preventivo de este nuevo y beligerante Estados Unidos que afirma tener el derecho de atacar donde lo desee. De hecho, pocas cosas detienen a este presidente. El Congreso, en lo que pasará a la historia como su acto más desafortunado, entregó su potestad de declarar la guerra en el futuro previsible e invistió al presidente del poder de emprender la guerra a voluntad.

Como si ello no fuera lo bastante malo, miembros del Congreso se muestran renuentes a plantear preguntas que imploran ser formuladas. ¿Cuánto tiempo estaremos en Irak? Ya hemos escuchado discusiones sobre el número de soldados que necesitaremos para mantener el orden. ¿Cuál es la verdad? ¿Qué tan costosa será la ocupación y la reconstrucción? Nadie nos ha dado una respuesta directa. ¿Cómo haremos frente a este compromiso masivo: combatir el terrorismo dentro del país, atender una seria crisis interna en atención a la salud, sufragar el enorme gasto militar y conceder miles de millones de dólares en reducciones de impuestos, todo ello con un déficit que se ha trepado a 340 mil millones de dólares tan sólo en este año? Si se aprueban los recortes de impuestos propuestos por el presidente, serán 400 mil millones. Nos encogemos de miedo en las sombras mientras proliferan las afirmaciones falsas. Aceptamos respuestas suaves y explicaciones vacilantes porque exigir la verdad es difícil, es impopular o puede resultar políticamente costoso.

Pero yo sostengo que, más allá de todo esto, la gente sabe. Por desgracia el pueblo estadunidense está acostumbrado al disimulo político, a los vuelcos y a las chicanerías usuales que se escuchan de los funcionarios públicos. Tolera con paciencia hasta cierto punto. Pero existe un límite. Por un tiempo puede parecer dibujado con tinta invisible, pero a la larga aparece en colores oscuros, matizado de indignación. Cuando se trata de derramar sangre estadunidense, cuando se trata de desatar un infierno sobre civiles, sobre hombres, mujeres y niños inocentes, la cruel simulación no es aceptable. Nada justifica esa clase de mentiras: ni el petróleo, ni la venganza, ni la relección, ni la teoría de un dominó democrático que alguien ha concebido como sueño de opio.

Y marquen mis palabras: la calculada intimidación que tan a menudo hemos visto en estos días por parte de los «poderes establecidos» sólo mantendrá callada a la oposición leal por un tiempo. Porque a la larga, como siempre sucede, la verdad saldrá a flote. Y cuando ello ocurra, este castillo de naipes, construido con engaños, se vendrá por tierra.

* Discurso pronunciado ante el pleno del Senado el miércoles 21 de mayo.

** Senador demócrata estadunidense por Virginia Occidental, decano del Congreso y honrado por su estado natal como «Virginiano Occidental del siglo XX»

Traducción: Jorge Anaya

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