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Revolución de los Claveles fue hace 30 años

Abr 24 2004

Por Mario Soares (*)

LISBOA, Abr (IPS) – El pasado, para las generaciones de portugueses que no vivieron el tiempo heroico y magnífico de la Revolución de los Claveles que el 25 de abril cumple 30 años, en el que todas las utopías generosas parecían a nuestro alcance, representa muy concretamente la paz que puso fin a trece años de guerras coloniales, el advenimiento de la democracia pluralista y un modelo alternativo de desarrollo decididamente europeo que abrió nuevos horizontes a nuestra sociedad en general y aportó amplios beneficios a las clases trabajadoras.

Las actuales generaciones ven todo ello como algo adquirido. Pero
no es prudente suponer que lo sea para siempre.

El juicio histórico, particularmente de los dos primeros convulsionados
años del proceso revolucionario (1974-75), de lucha tenaz para construir
un país democrático viable después de casi medio siglo de dictadura, debe
ser dejado a los historiadores. Pero es hoy ampliamente reconocido que
fue una historia exitosa porque realizó integralmente sus objetivos
iniciales -descolonizar, democratizar y desarrollar- y ejerció una
positiva influencia en la transición democrática de España y
Latinoamérica, Brasil, incluido.

Entretanto, los tiempos han cambiado. Radicalmente. Los problemas que hoy
enfrentamos son muy diferentes de los de 1974, cuando estábamos en un
diferente nivel de desarrollo. Sin embargo, nuevamente estamos viviendo
una crisis profunda que también se traduce en la desorientación de
algunas elites sobre el camino a seguir.

La abrumadora mayoría de los portugueses siente en su piel el aumento de
las desigualdades y la tragedia del desempleo creciente en una sociedad en
la que el horizonte se está oscureciendo.

¿Hacia dónde estamos yendo? es una pregunta recurrente en tiempo de crisis.
Las respuestas no son inocentes ni están exentas de polémica. Algunos
empresarios que vivieron durante décadas a la sombra de la
explotación colonial, y después, pasadas las dificultades del proceso
revolucionario recibieron amplio sostén de los fondos comunitarios
europeos, preconizan ahora la venta de sus empresas a España para
mantener sus privilegios. ¡Hipótesis indignante!

Por otra parte, y mientras en el mundo las «recetas» neoliberales comienzan
a evidenciar claros síntomas de agotamiento, surgen en Portugal
empresarios y políticos que se proclaman de una nueva generación -entre 35
y 50 años- y exigen las mismas reformas que estuvieron de moda en los años
90: flexibilidad en el mercado laboral -léase despidos masivos-,
achicamiento del Estado para engordar a desfallecientes grupos privados, y
la destrucción del sistema de seguridad social.

Junto con la aparición de esta nueva-vieja línea economicista, asistimos a
una ofensiva ideológica de extrema derecha que parte del Centro Democrático
Social/Partido Popular (CDS/PP), uno de los dos partidos que forman la
coalición gubernamental y apunta a despojar a la democracia de su contenido
social, en abierto conflicto con la Constitución de 1976. Se trata de un
designio populista particularmente peligroso, que cuenta con complicidades
europeas conocidas y pone en riesgo a la coalición gobernante, ya que está
en contradicción con su propio origen. En efecto, el principal partido de
la coalición aún se llama social-demócrata (Partido Social Demócrata) y su
electorado seguramente lo es.

Los dos movimientos referidos no se deben confundir -ya que hasta pueden
entrar en conflicto- pues el PSD tiene objetivos esencialmente
economicistas mientras los del CDS/PP son predominantemente políticos -la
conquista del poder-, para lo cual precisa una dosis nada despreciable de
demagogia social.

En este contexto, definir un nuevo rumbo para Portugal -fiel al espíritu
del 25 de abril y a la Constitución, europeo, moderno, firme partidario de
un modelo de desarrollo económico, social y ecológico equilibrado, basado
en el mercado libre y en la competencia, pero empeñado en reducir las
desigualdades y en reforzar y prestigiar el papel del Estado como garante
de la unidad y la cohesión de los portugueses- es naturalmente la misión
prioritaria de la oposición; si es correctamente representada, tendrá un
enorme eco en las más profundas aspiraciones populares.

Olvidar el 25 de abril, como si hubiese sido una fiebre pasajera,
significaría un grave error y una grave imprudencia. Es cierto que el
poder político ya no es lo que era. Está hoy profundamente
condicionado por el poder económico-financiero y por el poder
mediático, cada vez más entrelazado con el primero. El Estado, muy
debilitado y sometido a una corrosión constante por la globalización,
debería esforzarse por defenderse y fortalecerse en lugar de enajenar
sectores económicos estratégicos, como está haciendo o está por hacer.

Portugal se encuentra en una situación muy preocupante. La economía
está andando mal y no se divisan señales de recuperación. La crispación
social y política están aumentando, lo mismo que el descontento del
ciudadano común.

Portugal tiene que cambiar, urgentemente. Debemos ser capaces de crear un
nuevo dinamismo político, lo más inclusivo que sea posible. Tengamos la
sabiduría de apartar todo lo que nos divide -que no es mucho- y de
acentuar la voluntad común de cambio que nos une. Aislemos a la extrema
derecha, nostálgica del pasado, ideológica, apoyada por algunos grandes
intereses, que ambiciona la toma del poder para desfigurar y «blindar» el
régimen. Si actuamos con lucidez y resolución no habrá lugar para el
pesimismo y el espíritu de abril vencerá. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mario Soares, presidente de Portugal en el período 1986-1996.
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Evolución en la revolución de los claveles

Mario de Queiroz

LISBOA, 24 abr (IPS) – Cuando el regimiento acorazado de Santarem tomó 30 años atrás la plaza Terreiro do Paço, símbolo del poder ejercido con mano de hierro por medio siglo en Portugal, comenzaba el golpe de Estado más singular de la historia: militares levantados en armas para imponer la democracia por la fuerza.

Aquella madrugada del 25 de abril de 1974 los soldados partieron a la guerra con los ojos puestos en la paz. Fue el día más largo que vivió Portugal y el más corto para el dictador Marcello Caetano, despertado a las 05:00 horas por su secretario para comunicarle la noticia fatal: «la revolución está en la calle».

Bastó sólo una mañana para que los 144 capitanes conspiradores del Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) lograsen que el régimen de «O Estado Novo» (El Estado Nuevo) corporativista, instaurado por Antonio de Oliveira Salazar tras el golpe militar de 1926, se desmoronase como un castillo de naipes.

Caetano, sucesor de Oliveira Salazar desde 1969, y el decorativo presidente de la república, almirante Américo Thomaz, se rindieron poco después humillados ante el joven capitán José Salgueiro Maia, quién los salvó de la ira popular llevándolos al aeropuerto en su blindado, donde embarcaron para Brasil.

La gesta de los capitanes se traducía en el programa del MFA, que ponía punto final a la dictadura más antigua de Europa y a la guerra contra los movimientos independentistas en las entonces provincias de ultramar africanas, para iniciar el desmantelamiento del último imperio colonial del mundo.

El documento del MFA se sintetizaba en el «programa de las tres D»: democratizar, descolonizar y desarrollar.

Pasados 30 años, los ahora generales, almirantes y coroneles, la mayoría de ellos en la reserva, entienden que el programa fue cumplido. Portugal es hoy una democracia parlamentaria insertada en la Unión Europea (UE), lo cual le significó un desarrollo inmenso respecto de tres décadas atrás y Lisboa ya no es una odiada metrópoli colonial.

Pero la calma en el debate político registrada en los primeros 29 años de democracia fue inesperadamente quebrada por el gobierno del Partido Socialdemócrata (PSD, conservador pese a su nombre) del primer ministro José Manuel Durão Barroso, al decidir realizar una campaña publicitaria subrayando que la efeméride debe celebrar no una revolución sino una evolución.

La postura del gobernante sorprendió a observadores y analistas, porque él mismo, hoy uno de los mejores aliados internacionales del presidente estadounidense George W. Bush, era en 1974 un destacado dirigente del maoísta Movimiento Revolucionario del Partido del Proletariado.

El gobierno destaca en su campaña que entre los grandes aspectos de la evolución de Portugal en las últimas tres décadas hay que contar la proliferación de los teléfonos celulares móviles y la existencia de canales de televisión por cable, autopistas y automóviles a buen precio.

Las reacciones no se hicieron esperar y se dio paso a una polémica de vastas proporciones que, contra lo esperado, no dividió al país entre izquierda y derecha sino entre dos bandos irreconciliables: los defensores de la memoria histórica, por un lado, y sus detractores, por el otro.

El propio presidente del parlamento, João Bosco de Mota Amaral, compañero de partido de Durão Barroso, se vio en la necesidad de aclarar las cosas la semana pasada, cuando garantizó que el Congreso «va a conmemorar la revolución, porque la evolución vino después».

Al mismo tiempo, los jóvenes más activos de la izquierda lusitana salieron a las calles durante la noche y con pintura roja colocaron una «R» al inicio de la palabra «evolución» de los carteles oficiales que rezan «Abril es Evolución: 30 años?.

Con esta campaña, de norte al sur del país, el gobierno parecía optar por la fuga de la historia, empeñándose en el olvido, lo que según la escritora y analista Ana Sá Lopes «es un hecho imperdonable en democracias adultas».

«La génesis de esta ‘idea brillante’ es la urgencia política, casi obsesiva, de colocar la historia en el sótano», sentenció la escritora.

Según Sá Lopes y otros analistas, el jefe del gobierno portugués optó por esta solución para complacer a su aliado de coalición, el Centro Democrático Social/Partido Popular (CDS/PP, de derecha nacionalista), de ideología dominante en el poder de hoy.

Según estos análisis, ampliamente divulgados por la prensa este mes, esta idea mítica del imaginario de la derecha radica en un pasado remoto, con la reconstrucción bondadosa del imperio, el recuerdo a la gesta épica de los grandes navegantes y la marca de los presuntos errores de los «capitanes de abril» en el proceso de independencia de las colonias.

Para el historiador Fernando Rosas, profesor de la Universidad de Lisboa, «el 25 de abril de 1974 fue una revolución con todas sus letras: la ruptura ‘ilegal’ con el régimen en vigor y la inauguración de una nueva era política, con movimientos sociales masivos».

El MFA «fue un movimiento revolucionario armado, conducido por oficiales intermedios cansados de la guerra colonial y que, al triunfar, decapitó las jerarquías castrenses», recordó Rosas.

En cuanto a la relación de esta campaña con el proyecto futuro para el país, el catedrático sostuvo que «era previsible que la derecha neoconservadora y neoliberal comenzase a ensayar este propósito ideológico de cortar la democracia portuguesa con su humus revolucionario».

Añadió que también tiene que ver «con las prioridades antisociales del gobierno PSD-CDS/PP, como es apagar la revolución de nuestra historia reciente».

Portugal «fue un modelo típico de transición por ruptura, o sea revolución, muy diferente al de España», opinó por su parte el profesor Vital Moreira, de la Universidad de Coimbra.

Moreira explicó que en España «se trató de una transición por evolución, ya que se realizó con los propios dirigentes que venían del franquismo», en referencia a la dictadura de Francisco Franco (1939-1975).

Más duro en la crítica fue el coronel Mario Tomé, comandante del Regimiento de Policía Militar durante el período revolucionario de 1974-1975.

«Estamos ante un auténtico cretinismo de Durão Barroso, que usa técnicas de manipulación aprendidas con (el ex jefe de gobierno español, José María) Aznar», dijo a IPS el oficial en retiro que comandó uno de los «regimientos rojos» del MFA.

El 25 de abril de 1974 perdurará como una revolución, porque «no hay que olvidar lo esencial: la derrota de la política de la guerra colonial, por los soldados y los capitanes, dispuestos a todo para satisfacer las exigencias del pueblo de acabar con ella y dar las manos a los movimientos de liberación», apuntó.

Tomé sostuvo que «evolución es otra cosa y eso lo sabe bien Durão Barroso y sus propagandistas».

Otelo de Carvalho, quien fue «el rostro de la revolución» portuguesa, continúa 30 años más tarde defendiendo sus ideas, pese a que le costaron ir a prisión entre 1984 y 1989, acusado de pertenecer a grupos armados de extrema izquierda.

En efecto, pese a que el teniente coronel de artillería en retiro Otelo Nuno Romão Saraiva de Carvalho, es ahora «un feliz abuelo de 67 años», no ha perdido el ímpetu revolucionario que lo caracterizó como el oficial encargado de la coordinación operacional del golpe.

¿Evolución o revolución?, le preguntó IPS. Y el ex mayor respondió que el balance general «es positivo, porque en estos 30 años fueron alcanzados los objetivos estratégicos de las tres D: el régimen formal es de democracia representativa, ya no hay imperio y Portugal vivió un proceso de desarrollo enorme».

Pero esto «no significa que se cumplió todo el programa del MFA, que también pretendía un mayor equilibrio económico social y cultural, es decir, una democracia participativa», deploró el ex militar.

Otelo de Carvalho aclaró a IPS la interrogante que pasadas tres décadas todavía persiste: cómo fue posible un golpe militar sin muertos, no obstante la resistencia de parte de algunos sectores de la policía uniformada y los servicios secretos, así como de algunos nostálgicos del salazarismo.

«Los militares no queríamos matar a nadie. El MFA nació en Africa, donde combatíamos a enemigos reales, a los cuales no odias ni deseas disparar. Eso, aunque parezca una paradoja, crea un respeto por la vida», señaló.

Esa es «una gran diferencia con muchos ejércitos latinoamericanos de la década del 70, que sólo ganaban ‘batallas’ dando tiros en la nuca a obreros y estudiantes indefensos, capturados y amarrados para ser ejecutados?, concluyó con énfasis.

«Nuestra revolución fue fundamentalmente generosa. Este es el legado que los capitanes de abril dejamos a las generaciones futuras», puntualizó Otelo de Carvalho. (FIN/2004)

ANEXO:
——–
Las primeras horas de la «Revolución de los Claveles» fueron confusas para
la opinión pública mundial, habituada a golpes de estado jerárquicos. Entre
los nombres más citados, aparecía el del conservador general Antonio de
Spínola. Al correr de los días, se comprendió que el alto oficial asumió
como presidente de la república por decisión de los capitanes, los que al
ver frustradas sus esperanzas revolucionarias, cinco meses más tarde le
cambiaron por el general progresista Francisco da Costa Gomes. Ambos
oficiales, fallecieron a fines de la década pasada con el mayor homenaje que
les pudo prestar el país: el grado de Mariscal de la República.

Los verdaderos artífices del golpe y del posterior proceso, fueron los
jóvenes oficiales

¿DONDE EST?N HOY LOS CAPITANES?

–Mayor Ernesto de Melo Antúnes. Pasó a la historia del 25 de abril como el
ideólogo del MFA, de cuyo programa fue autor junto a Vasco Lourenço, con
quién lideró el sector militar pro socialista. Fue el primer canciller
portugués tras el derrocamiento de la dictadura. En 1982, con grado de
teniente coronel, pide el paso a retiro y asume en Paris como director
adjunto de la UNESCO, cargo que ocupo hasta 1988. Falleció en 1999

–Capitán Vasco Lourenço, llamado «el más puro de los puros», fue
coordinador político del golpe del MFA en 1974. Consejero de la Revolución,
fue ascendido a general mientras comandó la Región Militar de Lisboa. En
1979, recuperó su grado original y luego ascendió a mayor. Hoy, coronel en
la reserva, es presidente de la Asociación 25 de Abril, que congrega a
militares en la reserva y activo.

–Mayor Otelo Saraiva de Carvalho, jefe de las operaciones militares en
abril de 1974. Fue graduado general de división y asumió el mando del
Comando Operacional del Continente (Copcon), compuesto por los tres ramos de
las FFAA, como garantía de la revolución. Hoy con 66 años, teniente-coronel
en retiro. Dueño de empresa de exportaciones a Angola.

–Coronel Vasco Gonçalves. Uno de los pocos altos oficiales que se pusieron
a las órdenes de los capitanes durante las operaciones militares. En 1975
fue ascendido a general por el MFA y asumió como primer ministro y como
líder del sector militar controlado por el Partido Comunista Portugués
(PCP). Vive de su jubilación de general y pese a sus 82 años, es un activo
participante en debates políticos.

–Capitán de Fragata Antonio de Alba Rosa Coutinho. Fue el último gobernador
de Angola, encargado por el MFA de traspasar el poder a los independentistas
del país africano, donde se hizo conocido como «El Almirante Rojo». Durante
el período revolucionario, fue el numero dos del llamado «sector gonçalvista» de las FFAA. Se retiró en 1976 con grado de almirante. Actualmente es dueño de una empresa de importaciones y exportaciones que opera fundamentalmente en los países luso-africanos.

–Teniente Coronel Pedro Pezarat Correia. Comandante de la Región Militar
Sur, con asiento en Évora, durante la época revolucionaria. Destacado
miembro del Consejo de la Revolución, haciendo parte del grupo de Melo
Antúnes. Se retiró de las FFAA en 1982 con grado de general de brigada. Hoy
es uno de los más destacados analistas de temas político militares de la
televisión estatal.

–Capitán José Salgueiro Maia. Fue conocido como el más desinteresado de los
oficiales revolucionarios. En la madrugada del 25 de abril de 1974, arrestó
al comandante del regimiento de blindados de Caballería de Santarem y a
todos los oficiales no dispuestos a adherir a la rebelión. Tras capturar el
centro del poder en Lisboa y arrestar a Caetano y Thomaz, regresó a su
cuartel y nunca aceptó ningún cargo. Fue llamado a retiró en 1985 con grado
de teniente coronel. Falleció en 1997.

–Teniente coronel Franco Charais. Comandante de la Región Militar Centro,
con sede en Coimbra entre 1974 y 1976. Consejero de la revolución del
sector pro socialista, hasta su término en 1982. Pasó a la reserva de las
FFAA ese año con grado de general de brigada. Vive retirado en una pequeña
aldea del sur, dedicándose por entero a la pintura y sus apariciones en
público se reducen a las inauguraciones de exposiciones.

–Capitán de Corbeta Manuel Martins Guerreiro. Fué consejero de la
revolución como representante de la marina. Pese a haber sido del sector
«gonçalvista», fue y es hasta hoy de las figuras más respetadas en todos
los círculos castrenses. Continúa en activo, con grado de almirante del arma
de ingeniería naval, dirige los astilleros de Viana do Castelo

–Mayor Mario Tomé, entre 1974-1975 fue comandante del Regimiento de Policía
Militar, una de las unidades controladas por la izquierda radical
revolucionaria. Retirado de las FFAA con grado de coronel en diciembre de
1975. Entre 1985 y 1995, diputado de la Unión Democratica Popular.
Actualmente dirigente de ese partido, miembro del Bloque de Izquierda.

–Teniente Antonio Marques Junior. El más joven de los conspiradores
militares y único teniente del Consejo de la Revolución. Se retiró del
ejército en 1982, con grado de capitán. En la actualidad, es diputado en
representación del Partido Socialista.

–Capitán Diniz de Almeida. Durante el periodo revolucionario, ascendió a
mayor y comandó el Regimiento de Artillería Ligera de Lisboa (RALIS),
conocido en la época como «el regimiento comunista». En retiro desde 1976.

–Capitán Antonio Duran Clemente, jefe de los comandos paracaidistas de la
Fuerza Aérea, cercanos al Partido Comunista que el 25 de noviembre de 1975
se alzaron contra el poder militar controlado por los sectores castrenses
proclives al Partido Socialista. Mayor en retiro, hoy empresario del campo
editorial

–Capitán Víctor Alves, ascendido a mayor los primeros días de la
revolución. Fue ministro de educación y era considerado «el rostro
diplomático» del MFA, perteneciendo al llamado sector moderado del Consejo
de la Revolución. En la actualidad vive de su jubilación de coronel de
Ejército.

–Capitán de fragata Vitor Crespo. Uno de los más influyentes miembros del
Consejo de la Revolución entre 1975 y 1982, año en que fue extinto. Entre
esa fecha y 1998, fue director del Museo de la Marina, hasta su retiro con
grado de almirante en 1999.
(fin/ips/mdq)
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