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Hacia un nuevo cambio de paradigmas

Ene 27 2005

Alejandro Moreano

El proceso que se iniciara con la gran movilización de Seattle contra la OMC(1), en 1999 y el primer Foro de Porto Alegre, no tiene todavía un referente simbólico de la magnitud de la caída del Muro de Berlín(2). Sin embargo, ha empezado a tener similares impactos en el desarrollo de las ideas.

Las grandes rupturas teórico-políticas y epistemológicas en él ámbito del pensamiento social están generalmente articuladas a tres grandes procesos: mutaciones en el curso y sentido de la historia, cambios cardinales en el terreno de las llamadas ciencias naturales y/o tendencias internas de los saberes sociales. No todas concurren con la misma intensidad y causalidad y su temporalidad es distinta.

Dada la perspectiva del presente artículo, queremos referirnos a las innovaciones teóricas que se están abriendo paso al calor de los procesos gestados contra la globalización neoliberal y el poder imperial.

1. El desvanecimiento del pensamiento crítico

En tanto los grandes cambios históricos abren el horizonte de visibilidad social para la emergencia de un nuevo campo teórico, su primera incidencia se manifiesta en la crítica del campo teórico vigente, hoy referido a aquel cuyo mayor referente simbólico y garantía de verdad fue la caída del Muro de Berlín

Empero, la caída del Muro fue más la coronación que el inicio de un proceso, tanto político como teórico e ideológico que venía fraguándose desde los 80. En ese proceso hubo toda una serie de categorías –totalidad, contradicción, sistema de contradicciones, clases, lucha de clases, proletariado, poder Estatal, dominación, capital, plusvalía…- que un buen día desaparecieron del horizonte teórico. ¿Mutación del campo teórico por nuevas relaciones de poder?(3).

De hecho, la caída del Muro de Berlín vino a constituirse en la garantía de verdad de la frustración del marxismo y del pensamiento crítico, y del consecuente cambio de paradigmas. Empero, el proceso iniciado en Seattle y la crisis del proyecto neoliberal y del modelo de poder imperial centrado en la hegemonía norteamericana parece haberse convertido en la contra garantía. Buena parte de aquellos paradigmas olvidados entonces parecen retornar y entrar en crisis aquellos que los sustituyeron.

El campo teórico aun vigente es muy complejo y se expresa en todos los terrenos desde la problemática filosófica de la posmodernidad, el llamado neobarroco cultural, el pensamiento de la diferencia, la política de las identidades, etc. Dado el sentido político del presente texto, queremos centrarnos en aquellas categorías -capital, poder imperial y totalidad- que desaparecieron del pensamiento social y político, y en la tesis del fin de la historia que fue uno de los fundamentos de tal ocaso.

2. La muerte del capital y del ogro filantrópico

Hacia finales de los 70 y en la década de los 80 se desarrolló una vasta teorización que recusaba la centralidad del Estado – reducido a la esfera de la «sociedad política»- como ámbito exclusivo y excluyente de la política. En ese postulado confluyeron múltiples determinaciones: la extrema concentración del aparato de Estado en los regímenes socialistas a despecho de la formula leninista de su progresiva extinción, la reacción contra el estalinismo de los partidos comunistas y el jacobinismo de los movimientos guerrilleros, la lucha en contra de los regímenes despóticos de la periferia europea –España, Portugal, Grecia y Turquía- y del Cono Sur latinoamericano y los consecuentes procesos de democratización que promovían la consolidación de la «sociedad civil», la emergencia de los nuevos movimientos sociales, la «politización» de esferas hasta entonces inmunes a la política como la sexualidad, la vida cuotidiana… Habría que concebir dicha formulación, también y sobre todo, como efecto teórico del proceso de formación de una estructura estatal mundial y del consecuente debilitamiento de los Estados nacionales, en especial de los países de la periferia, proceso que encontró su legitimación en el discurso del neoliberalismo. Dicha tesis coadyuvó a liberar las potencialidades políticas de los llamados nuevos movimientos sociales» y de diversas esferas de la vida social y, en tanto tal cumplió un gran rol. Empero condujo a un efecto sui géneris quizá imprevisto: el olvido de la categoría fundamental de dominación y la del antagonismo que le es inherente(4).

El olvido del Estado y de sus aparatos como lugar del poder: la «metástasis» de «lo político» se diseminó por todo el cuerpo social a cambio de abandonar el corazón y/o el cerebro. Mas aun, la euforia del discurso de la omnipresencia de lo político hizo que se llegara a creer y plantear una suerte de anarco- capitalismo. Lo dijo claramente Benjamín Arditi «En la medida en que estos efectos suponen la progresiva socialización de «la política» y la expansión de lo «político» sobre el territorio societal, el sentido del proceso en su conjunto prefigura, en el límite y en clave no economicista, lo que Marx y Engels pensaron como la abolición-disolución de la forma Estado, o cuando menos una cierta «des-formalización» de éste a través de reabsorción de ámbitos de decisión dentro de la sociedad»(5).

La invasión a Irak y la guerra contra el terrorismo ha dado un golpe de muerte a ese olvido.¿ Resulta extraño sin duda ese olvido en la era en que se estaba gestando el más grande poder estatal e imperial de la humanidad, dotado de una estructura militar planetaria -cinco comandos regionales, bases militares en más de 120 países- y de un ilimitado poder que se está concentrando mientras destroza o debilita a los estados de la periferia y subordina a la Unión Europea y al Japón.

A la invisibilización del Estado y del poder imperial correspondió la del capital(6). Zizek, lo ha señalado a propósito de la tesis del multiculturalismo que «…está ofreciendo el último servicio al desarrollo irrestricto del capitalismo al participar activamente en el esfuerzo ideológico de hacer invisible la presencia de éste»(7).

Tan sorprendente como el encubrimiento del poder estatal ha sido éste escamoteo del capital cuando se ha convertido en la forma dominante absoluta y ha logrado imponer su forma multinacional no sólo como la hegemónica sino la que rige el dinamismo –o la degradación- de la vida de la tierra hasta en sus últimos rincones. Mas aún, en el período de su invisibilización teórica, se produjo la más intensa centralización de capitales de su historia, al punto que hoy las 200 trasnacionales más grandes controlan la economía mundial.

La categoría de capitalismo fue sustituida por la de Modernidad que, en tanto tal, ha sido muy rica para salir del encierro economicista que cierto marxismo produjo y abrirse a la problemática no solo de la cultura sino de la civilización. Gracias al pensamiento ecológico surgió la tesis de una crisis civilizatoria para caracterizar el momento actual, tesis increíblemente fecunda. Cabe insistir en que también la categoría de Modernidad no es opuesta o sustitutiva de la de capitalismo que fue la forma concreta que asumió la modernidad, sin la cual no puede ser comprendida.

Otra categoría desarticulada fue la de totalidad y sustituida por la idea de una multiplicidad de ámbitos, historias y temporalidades, la fragmentación de las luchas, la mutación incesante de los actores, la descentración del sujeto…

La imagen de un sujeto y un mundo descentrados produjo efectos interesantes en el imaginario cultural y en las prácticas estéticas. No es tampoco antagónica a la categoría de totalidad pues ésta se ubica en el nivel de las estructuras y aquella en el de la superficie fenoménica.

La fragmentación de la superficie social no es solo un espejismo o el carrusel de las imágenes o efecto del vértigo de la circulación. Es una estructura también. O más bien una desestructura. Los procesos de automatización y robótica han gestado procesos de descentración y desterritorialización muy fuertes. El capital se ha vuelto pulsátil, discontinuo(8). Pero no se trata de una fractura estructural sino de una descentración fenoménica.

La tesis de la quiebra de la totalidad de lo real parece seriamente resquebrajada por la propia unificación mundial del poder y del capital multinacional -llamada globalización-. La revitalización y prestigio que han asumido las tesis de la escuela de la economía mundo y los análisis de Wallerstein son una muestra de ello.

La tesis del final de la historia -en su versión desenfadada, la de Fukuyama y el discurso único, o aquella que confina la vida política y los cambios en el interior del actual sistema económico y político mundial- y de la pérdida de su sentido, tan cara el posmodernismo, parece gravemente cuestionada por los procesos de coordinación de las luchas sociales y políticas y de gestación de aquello que hemos llamado la humanidad como sujeto político. Es hoy precisamente cuando se han abierto las condiciones para una historia realmente universal. Las redes mundiales de los movimientos sociales, la emergencia de un superproletariado mundial, tal como lo sostiene Jameson, la migración y su tendencia a precipitar cambios y mestizajes culturales, la lucha universal contra la guerra y el poder imperial reflejan ese proceso. La imagen de un mundo intercultural, único y diverso, es la forma que asume esa totalidad dinámica y cambiante.

No se trata, por supuesto, de una resurrección sin más de aquellas categorías del pensamiento crítico que fueron escamoteadas en las últimas décadas. Las nuevas categorías que surgieron -modernidad, ampliación del locus de lo político mas allá del aparato estatal, descentración del sujeto y de lo real, multiplicidad de sentidos- posibilitaron nuevos imaginarios y dimensiones simbólicas y expresaron a diversos movimientos sociales. Los problemas surgieron cuando se convirtieron en sustitutos y categorías únicas y excluyentes.

Uno de los ejes de la reconstrucción del pensamiento crítico está surgiendo del diálogo fecundo y del intenso debate entre esos dos ámbitos teóricos. La problemática es enorme y abarca múltiples campos, zonas vulnerables en conflicto -la relación entre contradicción y diferencia, lo universal y lo particular (lo local), trabajo y deseo, la dimensión festiva de la lucha social.

El camino empero está abierto.

1) Y quizá antes con la insurgencia de Chiapas y el primer Congreso intergaláctico organizado en la Realidad por el Subcomandante Marcos

2) La caída de las Torres Gemelas no tiene el mismo sentido porque si bien reveló el enorme sentimiento antiimperialista que se había acumulado en el mundo fue el resultado de un criminal atentado de la extrema derecha del integrismo islámico y el punto de partida de la política de terror de Bush. Por otra parte, la gran marcha pacifista del 15 de febrero del 2003 contra la invasión norteamericana a Irak que congregó a cerca de 30 o 40 millones de personas en todo el mundo y que fuera un embrión de lo que hemos llamado la constitución de la humanidad como sujeto político, no ha alcanzado tal sedimentación simbólica.

3) Habría que pensar y explorar el estatuto epistemológico de esa figura de la desaparición de todo un campo teórico y su sustitución por otro, sin la mediación de una guerra de posiciones de la magnitud planteada. Sin duda, hubo escaramuzas, refriegas, reyertas, incluso batallas, pero no una guerra en toda la profundidad que significaba una revolución teórica, un cambio tal de paradigmas.

4) Ese proceso se expresó en una secuencia implacable: Primero, se concentró la imagen de la dominación en los aparatos de Estado que luego fueron dejados al margen de la reflexión y, al mismo tiempo, se expandió la imagen de la política a todos los escenarios e intersticios de la vida social que dejaron así de ser el lugar de la dominación

5) Arditi, Benjamín: «Expansividad de lo social, recodificación de lo político» en «Imágenes desconocidas». En Arditi opera una elemental cosificación del Estado, reducido a la materialidad física de los aparatos de Estados.

6) La «ciencia económica» ha excluido de su explicación las categorías de plusvalía y explotación. Sin embargo, no por ello dejó de nombrar su objeto: el capitalismo. Mas, la categoría de capital y capitalismo se habían impregnado tanto de las de explotación, dominación, contradicción, antagonismo y de las luchas por el socialismo que el famoso «cambio de paradigmas» fue sobre todo un cambio de significantes. Después de todo es el poder quien tiene la capacidad y la autoridad de nombrar al mundo.

7) La afirmación de Zizek continúa: «en una típica «crítica cultural» posmoderna, la mínima mención de capitalismo en tanto sistema mundial tiende a despertar la acusación de «esencialismo», «fundamentalismo» y otros delitos».

8) En la perspectiva del «grado cero del capital», la actual tecnología ha superado los pesados aparatos industriales, las grandes concentraciones obreras y la centralización de la administración, en aras de estructuras flexibles, móviles e incluso efímeras y continuamente cambiantes. El eje del poder y la ganancia se ha trasladado a aquellas áreas casi inmateriales: información, imágenes, fluidos electrónicos, manejo del código genético… La organización y la gestión del capital han cobrado también una forma inestable, en constante flujo, intermitente».

* Alejandro Moreano, escritor, novelista y ensayista ecuatoriano. Su ultima publicación: El Apocalipsis Perpetuo, Ed. Planeta, Quito, 2003.

Publicado en América Latina en Movimiento, No. 385-386, edición espacial, Foro Social de las Américas, ALAI, 20 julio 2004
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