General

EL ECOLOGISMO EN UNA ENCRUCIJADA

Ago 26 2005

Por Mark Sommer (*)

ARCATA, CALIFORNIA, Ago (IPS) – ¿Está muerto el ecologismo? Esta
pregunta se la han planteado con creciente angustia y urgencia los
frustrados ambientalistas estadounidenses, quienes ven como su agenda y
sus preocupaciones están derivando hacia lugares marginales del gran
escenario político.

Durante más de dos décadas esta tendencia se ha venido verificando en
Estados Unidos, donde los gobiernos dominados por las grandes empresas
han pasado implacablemente por encima de las normas ambientales
laboriosamente construidas a lo largo de más de 30 años. Con la presunta
contraposición entre puestos de trabajo y ambiente, los primeros siempre
terminan por salir victoriosos tanto en las decisiones políticas como
entre el público.

Las encuestas indican un amplio apoyo, en principio, para la protección
del ambiente, pero en la práctica la cosa es distinta. Incluso entre
quienes se llaman a ellos mismos ambientalistas, muchos llevan un estilo
de vida que a menudo contradice las convicciones que dicen tener.

¿Qué es lo que se ha hecho mal? ¿Cómo es que un movimiento que una vez
fue vibrante y esperanzador se ha vuelto desesperanzado y casi
irrelevante para tantos? Para volver a ser una fuerza eficaz en la
política estadounidense, el movimiento ecologista deberá enfrentar con
éxito una serie de desafíos.

En primer lugar tendrá que ir más allá de sus mensajes dominados por la
predestinación negativa y adoptar un enfoque más confiado en la
afirmación y la victoria de la vida ante los cambios que enfrentamos.
Demasiado a menudo los activistas del ecologismo han representado al
futuro como una pesadilla maltusiana y han insistido, como los profetas
del Viejo Testamento, en que estamos condenados a la catástrofe si no
cambiamos instantáneamente de ruta. Necesitamos, en cambio, comenzar a
festejar historias de renacimiento y renovación (que por cierto han
existido y existen) a fin de movilizar la energías redentoras necesarias
para revertir nuestras tendencias autodestructivas.

El ecologismo deberá también extender su base bastante más allá de los
sectores educados de la clase media alta de la población blanca
estadounidense, que desde hace tiempo han sido su mayor fuente de apoyo.
En años recientes, incluso la mayoría de los integrantes de esa base ha
sido seducida por tendencias nada ambientalistas y se le ve conduciendo
enormes vehículos de alto consumo de combustible y entregándose a una
vida de endeudamiento y consumismo.

En sus campañas para preservar la vida silvestre, los ecologistas
desechan a menudo las opiniones y prioridades de quienes dependen para su
sustento de los recursos naturales, lo que no es justo de parte de
quienes están en posiciones privilegiadas por contar con otros medios de
vida no vinculados a la utilización de los bienes de la naturaleza.
Además de su tradicional énfasis sobre la preservación de la vida
silvestre, el movimiento ecologista debe dar igual importancia a
cuestiones de justicia ambiental, como los impactos de las industrias
tóxicas en los pobres y la gente de color que vive muy a menudo cerca de
las sedes de operaciones de aquellas. Los críticos acusan a los
ambientalistas de actitudes contradictorias, ya que rechazan la
instalación de plantas industriales contaminantes cerca de sus propios
domicilios pero al mismo tiempo usan la energía que esas industrias
producen.

De acudir en ayuda de quienes están soportando el peso de los
inconvenientes del desarrollo industrial del cual depende toda la
sociedad, los ambientalistas podrían comenzar a salir de sus propios
guetos privilegiados y a identificarse mental y emotivamente con otros
seres humanos. ¿Será posible que aprendamos a preocuparnos por la gente
tanto como por las ballenas?

Los ecologistas necesitan conectarse con las comunidades religiosas que
hace largo tiempo cultivaron sus propias versiones del ambientalismo con
otros nombres. «Cuidado de la creación» es el término usado más a menudo
por los cristianos evangélicos, una fuerza enormemente potente hoy en día
en Estados Unidos y en la política mundial, para referirse a su raramente
reconocida preocupación por el ambiente. Mientras la políticamente
potente derecha religiosa (que representa cerca del 40 % de todos los
evangélicos) sostiene una apocalíptica teología que deja de lado las
preocupaciones ecologistas, muchos evangélicos creen que los seres
humanos deben ser respetuosos de la naturaleza, en el entendido de que su
propia supervivencia depende fundamentalmente de la entera red de la
creación.

El movimiento ecologista tiene la necesidad de forjar una causa común con
las comunidades religiosas de las más variadas tradiciones espirituales
en un amplio e inclusivo movimiento que permita a cada uno de sus
integrantes expresar sus inquietudes acerca de la creación en sus propios
lenguajes.

Los ambientalistas debemos renunciar a la convicción de que somos los
únicos que nos preocupamos por preservar la naturaleza. Los madereros
también se preocupan por los bosques y a menudo gracias a una más íntima
y larga experiencia con la naturaleza que muchos de los activistas
ecologistas. Pero dado que sus vidas dependen de los bosques, ellos, al
igual que los campesinos, tienen tanto una vinculación espiritual como
una material con la naturaleza. Si la ecología enseña que todas las
especies juegan un papel indispensable en el balance de la creación,
entonces tanto los taladores como los plantadores de árboles deberían ser
esenciales para un enfoque equilibrado de la preservación ambiental.

Finalmente, sólo un movimiento que incluya muchos tipos y clases de
gente, diversas expresiones de conciencia ambiental y una igual
preocupación tanto por la naturaleza como por las personas puede volver a
ganar el impulso para enfrentar los desafíos de este trascendental
momento. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mark Sommer, director del Mainstream Media y del programa radial
»A World of Possibilities».