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LA IMPOTENCIA DEL SEÑOR PRESIDENTE

Jul 25 2006

Por Joaquín Roy (*)

CARACAS, Jul (IPS) – Una de las señas de identidad políticas latinoamericanas es la centralidad, con presencia aparentemente omnipotente, de la figura presidencial. Se aduce que es la herencia colonial que los latinoamericanos entronizaron una vez que se despojaron del autoritarismo virreinal.

Paradójicamente, se sustituyó un sistema opresor dominado por un poder incuestionable, que seguía un guión de una monarquía lejana, por otro que replicaba la pauta desde una cercanía más palpable.

Pero el balance de dos siglos no parece que haya cambiado mucho la condición socioeconómica de América Latina. En numerosos aspectos y en algunos países se considera que el sistema político no ha cambiado pese al desarrollo constitucional y la adopción de la democracia liberal como norma teórica. La figura presidencial primó por encima de los demás poderes, con el resultado de la debilidad congénita de los parlamentos y la modestia del sistema judicial.

Además, si con el paso del tiempo, una de las conquistas más apreciadas fue la voluntaria limitación de los mandatos presidenciales, prohibiendo la reelección, hoy casi todos los mandatarios parecen enfrascados en una carrera frenética para conseguir enmiendas constitucionales que les permitan seguir aferrados al sillón de mando. Esta obsesión ataca tanto a la izquierda populista (Kirchner en Argentina) como a los conservadores (Uribe en Colombia), mientras el sistema peculiar venezolano parece garantizar la reelección eterna de Chávez.

Agudos comentaristas, al evaluar la práctica política de algunos países concretos, llegaron a la conclusión de que el modo de gobernar ha sido ejercido básicamente por un tipo de figura que rastrea su origen a los sistemas indígenas, más allá de las luchas independentistas de principios del XIX. Octavio Paz, probablemente la mente mas lúcida que ha dado el pensamiento mexicano, emitió un duro dictamen sobre la continuidad de la «gobernanza» (nuevo término de la Ciencia Política) en su país, proponiendo que en realidad México siempre había sido regido por una misma figura paradigmática desde la noche de los tiempos, o al menos desde el desarrollo del Imperio Azteca. Moctezuma no sería una excepción precolonial sino simplemente el fundador de una dinastía que incluiría a su némesis y ajusticiador, Hernán Cortés, y éste no se distinguiría de los próceres surgidos tras la independencia.

La saga se completaría con bien intencionados monarcas europeos
(Maximiliano) y autócratas positivistas como Porfirio Díaz. Si la Revolución Mexicana consiguió, por lo menos, lograr la imperfecta inclusión social de la mayoría mestiza, no varió las normas centralistas y autoritarias del liderazgo, tanto si fue ejercido por guerrilleros ascendidos a generales (Villa o Zapata), como si el sillón presidencial fue rellenado por militares reciclados con visiones globales (Cárdenas). El Partido Revolucionario Institucional (PRI) solamente remachó el paradigma al solidificar un sistema inmemorial y de término temporal arbitrario en una especie de monarquía absoluta limitada a un sexenio. Durante más de medio siglo, el Presidente elegía a su «tapado», quien hacía campaña contra fantasmas y, claro, ganaba con una impecable facilidad.

Aunque algunos analistas consideraban que este invento del PRI era la dictadura perfecta (Vargas Llosa), lo cierto es que su supervivencia solamente fue posible con la connivencia de los Estados Unidos. El PRI garantizaba la estabilidad al sur de la frontera y congelaba la explosión de una segunda Cuba poblada por cien millones, y Washington hacía la vista gorda ante la violación de los derechos civiles y la corrupción rampante.
Esta tramoya se vino abajo con el final de la Guerra Fría, al despojar al PRI de la coartada necesaria. De ahí que Bush padre. y Salinas de Gortari inventaran el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) para anclar al nuevo México en la globalización y garantizar su precaria estabilidad.

Al agotarse el monopolio del PRI se vio que la omnipresencia de la figura presidencial pretendía continuar la pauta milenaria, mientras todos esperaban que, por fin, la apertura del sistema y el desarrollo económico consiguieran el milagro de sacar paulatinamente a algunos millones de mexicanos de la pobreza, y de ese modo desactivar la bomba de tiempo que amenaza a toda Norteamérica y que aterra a los estadounidenses con la inmigración incontrolada, implacable e imparable.

El resultado es que la omnipotencia presidencial ha fracasado y que la construcción de una nación incluyente se ha sustituido por la nación emigrante, que solamente tiene el sueño de cruzar el Río Bravo, por las buenas o por las malas.

De ahí que la última elección mexicana -del 2 de julio- no parezca que levante muchas expectativas y que ayude a variar drásticamente la frustración y a paliar la impotencia del sistema político, mientras la pobreza y la desigualdad tozudamente se niegan a desaparecer. El Señor Presidente, del que antes se esperaba todo y al que se solicitaba todo en un ejercicio típicamente clientelista, se mostrará en breve impotente mientras las fuerzas sociales y económicas, cuando no mentales, proseguirán imperturbables su camino. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy@Miami.edu).