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Las chicas toman las armas

Jul 20 2006

POR DIANE TAYLOR (*)

Las chicas soldados son cada vez más en Liberia y otras partes del mundo. Muchas de ellas eligen combatir activamente, en búsqueda de una igualdad sexual. Un AK47 y un par de tacos altos, a simple vista, tal vez no tengan nada en común. Pero, curiosamente, se dice que ambos jugaron un papel importante a la hora de reclutar soldados entre las chicas jóvenes para combatir en la guerra civil de Liberia.

La idea general sobre las chicas soldados -que representan entre el 10% y el 30% de algunos ejércitos infantiles- es que son participantes involuntarias en conflictos armados. Sin embargo, según el nuevo informe »Zapatos rojos: experiencias de chicas combatientes en Liberia», que detalla una investigación de la antropóloga Irma Specht, la motivación de las chicas para combatir suele ser mucho más compleja de lo que se creía anteriormente. El informe de Specht, escrito para las Naciones Unidas, se suma a sus estudios anteriores sobre las chicas soldados en países como Sri Lanka, Sierra Leona y Colombia, y documenta la creciente cantidad de chicas que eligen combatir.

En países como Liberia, por ejemplo, donde la pobreza es endémica, un par de zapatos de moda posee un status increíble. De hecho, es algo tan deseado que incluso sirvió para convencer a algunas chicas de ir al campo de batalla. Como explica una chica soldado, Margaret: »Vi los zapatos rojos nuevos de mi amiga y le pregunté dónde los había conseguido. Ella me llevó a esos chicos. Después empecé a salir con uno de ellos y, adonde él iba a combatir, yo lo seguía».

Consideraciones de alta costura de lado, las chicas jóvenes pueden unirse a las fuerzas rebeldes o a las fuerzas del gobierno por otras razones inesperadas. Para muchas, amenazadas constantemente por la violencia sexual, convertirse en un soldado y tomar posesión de un arma es vista como una manera clave de protegerse del peligro permanente de ser violadas.

Marjory, una joven combatiente de Liberia, dice que fue en parte la experiencia de haber sido violada y el deseo de vengar este crimen lo que la llevó a volverse soldado. »La violación me puso muy furiosa. No podía quedarme quieta y no hacer nada al respecto. Quería vengarme. No todos los que fueron violados pueden pararse y vengarse porque no todos tienen coraje. Así que decidimos vengarnos en nombre de todos».

El deseo de una mayor igualdad con sus pares masculinos motiva a muchas chicas . Catorce años de guerra civil en Liberia produjeron una sociedad inundada de armas, donde la violencia es ley. Antes de la guerra, los hombres mayores eran elegidos como jefes de los pueblos, pero una vez que empezaron las hostilidades, se empezó a elegir a ex combatientes jóvenes. Y, mientras que los hombres mayores normalmente resolvían las disputas con calma y sabiduría, los más jóvenes (acostumbrados a poner fin a los desacuerdos con el cargador de una pistola) han sido menos medidos en sus actos. Como consecuencia de este nuevo estilo machista de liderazgo local, las chicas muchas veces son marginadas y relegadas a un rol más servil del que tenían antes de la guerra. Las que buscan activamente una igualdad social con los hombres llegaron a la conclusión -tal vez con razón- de que la única manera de lograrla era poniéndose a prueba como combatientes.

»Lo que los hombres pueden hacer, las mujeres lo pueden hacer mejor, así que decidí unirme a ellos», dice Marjory. »En el ejército somos iguales que los hombres. Combatimos junto con ellos y les demostramos que podemos hacerlo».

En la República Democrática del Congo, este deseo de igualdad llevó a que grupos de mujeres soldados, conocidas como Amazonas, se unieran al combate. Una de ellas, Christine, dice que las chicas combatientes se ganaron una reputación feroz: »Yo estaba con Vanessa (otra chica combatiente) en el frente de batalla. Si alguien nos molestaba, lo matábamos. Cuando una es joven, tiene que ser más dura o los hombres no te respetan».

Parte de la misión de las Amazonas era matar a los soldados, incluso aquellos de su propio bando, que violaban a chicas y mujeres. No manifestaban ningún remordimiento por estos asesinatos, ya que los consideraban una cuestión de »autoprotección».

El hecho de que algunas chicas se ofrecen de voluntarias para combatir no hace que los escenarios que encuentran en la batalla sean menos horrorosos. La situación de las chicas soldados en países como Sierra Leona o Sri Lanka ha quedado bien documentada: la organización Save The Children estima que hay unos 300.000 chicos soldados en el mundo, algunos incluso de siete años. Presencian atrocidades que le causarían un trauma al más duro de los adultos: casas que se prenden fuego con civiles adentro; gente a la que se mata a corta distancia; extremidades que se cortan.

Las agencias de las Naciones Unidas están haciendo grandes esfuerzos para reintegrar a las chicas soldados a la sociedad, pero Specht dice que, a menos que se entienda correctamente la motivación compleja que lleva a las chicas a elegir combatir, estos esfuerzos están condenados al fracaso.

La idea que predomina es que las ex chicas soldados deberían reunirse con sus familias y, si bien esto es deseable cuando les fueron arrebatas a sus padres, no es apropiado para aquellas chicas como Vanessa, que huyeron del abuso en el hogar. También se considera una buena práctica romper vínculos entre las chicas soldados y sus comandantes, pero muchas veces las chicas (especialmente las que hicieron la elección de combatir y fueron parte de unidades sólo de mujeres con una comandante mujer) tienen fuertes lazos de lealtad y solidaridad. Las comandantes se sienten responsables por sus chicas e intentan lo mejor que pueden cuidarlas una vez terminada la guerra.

Cualquier oportunidad educativa o de capacitación que se les ofrezca tiene que tener en cuenta a sus bebés así como el legado que implica haber presenciado atrocidades y, a veces, incluso perpetrarlas.

Si bien muchas mujeres ex combatientes se vieron obligadas a interrumpir su educación por el conflicto, muchas veces adquirieron un rango de habilidades que podrían aprovechar una vez restablecida la paz: gestión, ingeniería y habilidades estratégicas, por ejemplo. Después de cualquier guerra, sin embargo, las combatientes mujeres, por lo general, se ven obligadas a regresar a sus papeles tradicionales. Como observa Specht, a una chica, que había sido comandante en Liberia, le ofrecieron un curso de peluquería.

Si los gobiernos y las organizaciones no gubernamentales hacen mayores esfuerzos para entender a las ex combatientes mujeres, Specht cree que la reintegración puede ser exitosa y las chicas y las mujeres jóvenes pueden aportar enormemente a las sociedades de posguerra. »Muchas de las ex combatientes mujeres demostraron que tienen una fortaleza increíble para pelear», observa, »no sólo en grupos armados, sino por su futuro y su educación. Están preparadas para pelear no sólo por una vida mejor para ellas sino para las demás y para sus hijos». Lo cual, seguramente, es una cualidad que las sociedades desgarradas por la guerra tanto necesitan.

(*) Periodista de The Guardian. Gran Bretaña. (En «Bitácora», Montevideo)