General

Medio Oriente:Ingeniería colonial

Jul 31 2006

Por: Jorge Gómez Barata

Opinión (Especial para ARGENPRESS.info) 30/07/2006)

No se trata de las joyas arquitectónicas de La Habana, Cartagena de Indias o de Veracruz, sino de un mundo caprichosamente dividido y fabricado por la depredadora mentalidad que dio origen al colonialismo.

Los grandes descubrimientos geográficos fueron el inicio de las empresas coloniales, en las que la codicia amenazó con provocar guerras entre los reinos ibéricos.

Aquel peligro fue conjurado en 1494 cuando, auspiciado por el papa, se adoptó el Tratado de Tordesillas, que fijó una línea de demarcación de norte a sur a través del Atlántico, estableciendo que todas las tierras no cristianas que se descubrieran al este del límite pertenecerían a Portugal y al oeste, a España. Así se consumó el primer reparto territorial del mundo.

España y Portugal no estaban solos en Europa y el poder de los papas no era omnímodo. Todos los países europeos se lanzaron sobre Asia y Africa, y sin freno ni contención legal o moral, sometieron a todos los pueblos, ocuparon sus territorios y los saquearon abiertamente. Europa asumió al mundo como un botín y lo puso a su servicio. Así se forjó el sistema colonial del imperialismo europeo.

No obstante, algunos países llegaron tarde. Cuando Alemania e Italia se convirtieron en potencias, el mundo ya estaba repartido. A principios del siglo XX, Alemania se sintió con fuerzas suficientes, retó al resto de Europa y promovió un nuevo reparto territorial. Así se desató la Primera Guerra Mundial.

Escandalizado por la magnitud de la matanza que abarcó a 32 naciones, provocó la muerte de 10 millones de militares y otras tantas bajas civiles, el presidente norteamericano Woodrow Wilson propuso crear un sistema de seguridad internacional y concibió como centro a la Sociedad de Naciones, que no pudo evitar la próxima guerra, pero sirvió para organizar la piñata territorial.

Además de los ajustes de fronteras en Europa que conllevó incluso al nacimiento de varios estados y la disolución del imperio austrohúngaro, la más fabulosa tajada del pastel fue el imperio turco-otomano, cuyas posiciones en el Oriente Próximo se repartieron entre Gran Bretaña y Francia, que obtuvieron “mandatos” sobre Palestina, Irak, Jordania, Siria y Arabia Saudita. Turquía sobrevivió gracias a la formidable resistencia de Kemal Atatürk, fundador de la Turquía moderna.

En 1916, antes de que Estados Unidos entrara en la guerra y cuando no se habían mencionado las cláusulas del tratado de Versalles, Inglaterra y Francia, representadas por Sir Mark Sykes y Charles François Georges-Picot respectivamente, negociaron en secreto el Tratado Sykes-Picot, para dividirse el Oriente Medio. Según aquel compromiso, Francia recibiría a Siria que entonces incluía al Líbano, mientras Gran Bretaña cargaría con lo que hoy es Irak hasta Persia y Palestina.

Aunque la historia no concluyó en ninguno de aquellos momentos, sus consecuencias trascendieron e incluso llegan a hoy, a veces, como ahora, ocurre en el Medio Oriente, en forma de tragedia.

Al examinar un mapa de Africa del Norte y el Medio Oriente, se observa el perfecto dibujo de las fronteras, a base de trazados rectos y precisos, realizados con regla y cartabón. Detrás de cada una de esas líneas, hay impresionantes tragedias nacionales, aberraciones culturales y fabulosas arbitrariedades.

La ingeniera colonial, es decir, la fabricación a gusto de un mundo para el disfrute no de sus pobladores, sino de sus explotadores, tiene muchos otros capítulos, algunos muy cercanos.

Hubo una época en que países y territorios, con sus pueblos originarios se compraban y se vendían como ocurrió con la Florida, Luisiana o Alaska y otros, como sucedió con Mexico, fueron arrebatados por la fuerza.

No obstante, en ninguna parte la arbitrariedad de la ingeniería colonial resultó tan trágica como en el Medio Oriente, donde las potencias que crearon las premisas para esos conflictos, le dan ahora la espalda.