General

El drama de Lula, una lección para Kirchner

Oct 18 2006

Por Joaquín Morales Solá (*)
Bitacora

El presidente Lula es un viejo amigo de la Argentina, que no concibe la política exterior de su país sin una fuerte alianza con Buenos Aires. Muchas veces, incluso, debió recurrir a sus grandes dosis de paciencia para no terminar enemistado con el mal carácter de su colega Néstor Kirchner.

Ahora, y esta vez sin quererlo ni buscarlo, le ha hecho un favor a la Argentina, cuando comprobó dramáticamente que la política nunca es estática y que hasta los mejores encuestadores pueden equivocarse. Una lección imperdible para los excitados gobernantes argentinos.

Seguramente, Lula cuenta con mejores encuestadores que Artemio López. Sin embargo, sus agencias de mediciones de opinión pública le informaron hasta hace pocos días que sortearía fácilmente la elección del domingo último y que resultaría reelegido en la primera vuelta electoral.

Todos hacían hincapié en el imbatible carisma de Lula y en la falta de atractivo popular de su principal contrincante, Geraldo Alckmin. Al revés de todos los pronósticos, Lula no ha pasado la primera vuelta y tiene ahora tanta posibilidad de ganar como de perder en la segunda.

Las lecciones de Brasil son, en verdad, dos. Una se refiere al tiempo que pierden los gobernantes argentinos en medir intenciones de votos, cuando faltan todavía once meses para las elecciones presidenciales, y a difundir mensajes de triunfalismo muy prematuros. La otra lección es que no hay peor política exterior que la que está dominada sólo por parámetros ideológicos, sean éstos de izquierda o de derecha.

¿La Argentina se irá del Mercosur y rompería su estrecha relación con Brasil si Alckmin le ganara a Lula y pusiera en práctica, como prometió, una política exterior y comercial más cercana a los Estados Unidos y a la Unión Europea? La pregunta es tan absurda que ni siquiera merece ser respondida.

Aun cuando ganara Lula en la segunda vuelta, lo que también es muy probable, el presidente brasileño tendrá que remontar un próximo mandato con una sólida oposición parada frente a él, que ya ganó buenas parcelas de escaños parlamentarios. En cualquier caso, los próximos años de Lula no serán el paraíso que le pintaron sus encuestadores hasta hace apenas quince días.

Las buenas encuestas (no son las que Kirchner frecuenta) raramente calcan el estado de ánimo de las sociedades; expresan sólo tendencias, muchas veces cambiantes y hasta contradictorias, de las vibraciones sociales. Si ya es un error esperar una elección sentado sobre la bonanza de las encuestas, una equivocación aún mayor es gobernar llevados por el oscilante humor social.

* * *

El propio Kirchner ha dicho muchas veces que él es un presidente sin más atractivos que los entusiasmos que provoca día tras día. Las encuestas pasan a tener, por lo tanto, la categoría de doctrina oficial.

Otro dato no menor son los imponderables de la política. Uno de los pensadores más importantes de Brasil, Helio Jaguaribe, señaló que las denuncias de hechos de corrupción en la administración del presidente Lula terminaron por eliminar su victoria en la primera vuelta electoral. Nadie podría asegurar que hechos parecidos no sucedan en la Argentina en los once meses que aún faltan para las elecciones presidenciales.

¿Quién o quiénes podrían liderar una alternativa en condiciones de asustar a Kirchner? Esa es una incógnita aún, pero Alckmin era también una causa perdida hasta hace apenas un par de semanas. Si hay algo que la política no soporta son los espacios vacíos; alguien o algunos terminarán cubriendo lo que ahora aparece como un desierto.

De todos modos, la oposición está demasiado entusiasmada también con sus propias encuestas y con sus propias carreras de egos y de vanidades. Kichner ha pescado, sobre todo, en el río de la fragmentación, y casi la atomización, de sus adversarios. No es sólo el Presidente quien se ocupa de dentro de «dos octubre», como él mismo subraya; también sus opositores centran sus divagaciones actuales en quién podría hacer una mejor elección el año próximo.

¿Es ésa la prioridad de este momento? Frente a un gobierno que capturó a casi todas las instituciones y que ha creado un clima notable de sofocación política, la prioridad parece encerrarse ahora en la necesidad de recrear las condiciones de la democracia. La democracia no es sólo la presencia de gobernantes elegidos. Si se limitara a esa condición, Hitler y Mussolini habrían pasado a la historia como grandes demócratas.

Quizá la única institución independiente que todavía queda en pie en la Argentina sea la Corte Suprema, cada vez más acosada por el poder político para neutralizar sus efectos. Las resoluciones del máximo tribunal de Justicia son cada vez más difíciles con su actual e irregular composición. La Corte se lo ha hecho saber a Kirchner de todas las formas posibles (incluidas las públicas), pero el Presidente se ha manifestado intransigente para resolver el problema, aunque para ello deba desobedecer un decreto que firmó él mismo.

En 1983, cuando Raúl Alfonsín llegó al poder, su primera misión fue instalar una noción colectiva de la democracia y la libertad, que la Argentina la había perdido después de muchas décadas de recurrentes gobiernos militares. Alfonsín pudo equivocarse en muchas cosas, pero no en concebir a la democracia como una forma de vida cotidiana de una sociedad. Esa forma de vida colectiva incluye el diálogo entre diferentes, la convivencia entre personas con ideas distintas, la búsqueda del consenso, el respeto a las minorías, la plena libertad de expresión y la tolerancia al disenso entre adversarios y aun entre los que están cerca. Ninguna de esas formas puede hallarse fácilmente en la Argentina de Kirchner.

Casi 23 años después, y luego de colosales crisis económicas, la reconstrucción de la democracia (y la reinstalación de sus principios básicos) aparece, sorpresivamente, como una tarea tan pendiente como perentoria.

(*) Periodista y analista. Argentina