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INDIGESTION, ABSORCION, OBLIGACION.

Oct 24 2006

Por Joaquín Roy (*)

MIAMI, Oct (IPS) En el contexto de las dudas provocadas por el anunciado
ingreso de Rumanía y Bulgaria en la Unión Europea, las quejas acerca del
supuesto apresuramiento de la ampliación de la UE y del agotamiento de la
llamada «capacidad de absorción» llegan con medio siglo de retraso. En
contra del pretendido tope de la UE, la última ampliación y las que le
precedieron se han ejecutado de acuerdo con un mandato que no solamente se
enmarca en el Tratado de Niza de 2003. Están en realidad perfectamente
cimentadas en la oferta de la Declaración de Robert Schuman, redactada en
realidad por su asesor Jean Monnet.

No es por capricho que algunos observadores llaman «Declaración de
Inter-Dependencia» al venerable documento emitido el 9 de mayo de 1950 en el
Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia. Mientras era obvio que Alemania
no estaba en posición de rechazar semejante insólita invitación, fue también
una apuesta abierta y explícita al resto de Europa, Además, en forma
generosa también, estaba disponible a la cooperación del resto del mundo. El
tope, si alguien tiene derecho a imponerlo, no se ha cumplido todavía.

En primer lugar, el guión de Monnet leído por Schuman hizo una obertura al
perenne enemigo, Alemania. Propuso que la total producción del carbón y el
acero quedara «bajo el control de una Alta Autoridad». Pero a continuación
añadía que esa entidad se insertara en una organización, que a su vez
estuviera «abierta a la participación del resto de los países europeos.»
Este es el estricto «contrato» social y político: la UE es desde su
nacimiento una propiedad de todos los países de Europa que cumplan con las
condiciones mínimas e irremplazables de membresía.

Además, el alcance universal de la oferta original está permanentemente
instalada en el mismo párrafo crucial donde se explicita el objetivo último
de la UE: «la solidaridad en la producción establecida de esta manera
asegurará que una guerra entre Francia y Alemania no solamente sea
impensable, sino también materialmente imposible.» Y luego añadía que la
localización de esta unidad productiva estaba «abierta a todos los países
que quisieran formar parte y que proporcionaran los mismos básicos elementos
de la producción industrial para cimentar la fundación verdadera de una
unificación económica».

Esto quiere decir que incluso los países fuera del ámbito europeo pueden
participar en el proceso en una forma especial, pero diferente de los
derechos innatos e inviolables de los que pertenecen ya a Europa. Estos,
mientras cumplan con las condiciones geográfico-históricas, solamente deben
encarar los requisitos democráticos y económicos implícitos en el documento
original, que están explícitamente ratificados en los criterios de Copenhague.
La Declaración Schuman especifica que los dos productos estratégicos que se
colocarán bajo el control común están disponibles en un mercado abierto,
pero siempre en una organización política (entonces la Comunidad Europea del
Carbón y del Acero, predecesora de la actual UE). En otras palabras, que los
requisitos originales fueron y siguen siendo la economía de mercado y un
sistema político democrático. Y nada más, aparte de la pertenencia
geográfica a Europa.

Cualquier duda sobre la validez de estos condicionamientos fundacionales
debería quedar descartada sobre una doble base. En primer lugar, la
terminología usada en los sucesivos tratados se orienta impecablemente hacia
el mercado abierto. Además, está sólidamente anclada en las costumbres de la
democracia liberal. Las condiciones que apuntan hacia «el libre comercio»,
el establecimiento de «una unión aduanera», y el seguimiento de una senda
que garantice «la libertad de circulación de bienes, capitales, servicios y
ciudadanos» son solamente signos evidentes de una economía abierta, sin
ninguna de las trabas o ambigüedades de las economías centralizadas
(«marxistas»), o las que están dominadas por un Estado que posee una ventaja
insoportable.

En segundo lugar, el acervo del procedimiento de accesión en la CECA y sus
sucesoras es cristalinamente claro, una teoría textual refrendada por la
práctica. Ningún país europeo que anhelaba llegar a ser socio ha conseguido
ser admitido mientras era objeto de dudas sobre su sistema político. Como
prueba de la validez de esta aseveración, compárese la práctica de los
requisitos de ingreso en la UE y en la OTAN. Portugal aparece como miembro
fundador de la Alianza Atlántica mientras estaba bajo el control de la
dictadura de Oliveira Salazar. Turquía no fue cuestionada mientras estaba
bajo la influencia militar. Grecia no fue expulsada cuando los coroneles
tomaron el poder. En contraste, Portugal y España debieron esperar un largo
decenio hasta entrar en la UE, mientras Grecia sufrió un moderado
purgatorio, y hoy Turquía todavía paga las secuelas de los aspectos
cuestionables de su estructura cultural y algunos ingredientes de su
práctica política.

Europa y la Unión Europea son como dos esferas que se solapan en un eclipse
de sol, por ejemplo. Mientras quede un resquicio entre el círculo dibujado
por la tierra y el correspondiente al sol, no hay un eclipse total. La UE
solamente estará completada cuando ambos círculos coincidan, o sea cuando
todos los países europeos pertenezcan a la UE, y no antes. Pero la meta es
la misma.

Las voces que ahora se quejan de una pretendida «indigestión» causada por
los excesos de la ampliación, concretamente la actual de 2004, o una futura,
debieran haber advertido hace medio siglo de que preferían fundar otro tipo
de UE: ahora es demasiado tarde. (COPYRIGHT/IPS)

(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la
Unión Europea de la Universidad de Miami jroy@Miami.edu