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La libertad de expresión necesita menos amenazas y más prudencia

Oct 30 2006

Por Timothy Garton Ash.
Bitacora

Cada día surge una nueva amenaza contra la libertad de expresión. Un filósofo francés ha tenido que esconderse para escapar de las amenazas de muerte aparecidas en páginas Web islamistas porque publicó un artículo en un periódico francés en el que afirmaba que en el Corán se dice que Mahoma es »un maestro del odio».

Un montaje de Idomeneo de Mozart que, en diversos momentos, exhibe la cabeza de Mahoma (¿de plástico? ¿de papier maché?) decapitada, junto a las de Jesús, Buda y Poseidón, ha sido retirado de la programación de la Deutsche Oper de Berlín después de que la policía local informara a la dirección sobre una amenaza telefónica. Y eso sólo en los últimos días.

Los fanáticos sin fronteras están en marcha. Es un error hablar de una única »guerra contra el terror»; nuestros enemigos son muy variados y sus ideologías muy distintas. En el primer decenio del siglo XXI, los márgenes para expresarse con libertad se reducen constantemente y -si no nos decidimos a luchar- seguirán reduciéndose.

La erosión de la libertad de expresión se produce de muchas formas distintas. La más obvia es la violencia o la amenaza de violencia.

Existen asimismo otras formas de presión menos visibles, como el uso de las armas económicas: por ejemplo, el boicot a los artículos daneses en varios países islámicos tras el escándalo de las caricaturas, o la presión encubierta del Estado chino a las empresas de televisión por satélite, de las que China es un cliente muy importante.

Luego está la autocensura de quienes sufren dichas amenazas. La canciller Angela Merkel calificó la decisión de la Deutsche Oper de retirar Idomeneo, apropiadamente, como una »autocensura por miedo».

Las amenazas proceden de los sectores más variados. Sería absurdo pretender que, en la actualidad, entre las más intimidatorias no están las de los extremistas islámicos, al menos para Europa y Estados Unidos. Al fin y al cabo, los cristianos, los budistas y los adoradores de Poseidón no amenazaron, que sepamos, con tomar represalias violentas por la exhibición de las cabezas decapitadas de sus seres más sagrados en un escenario berlinés.

¿Qué podemos hacer? En primer lugar, debemos darnos cuenta de la gravedad del peligro. Necesitamos un debate sobre lo que la ley debe y no debe permitir que se diga y se escriba. Ni siquiera el propio John Stuart Mill sugería que todo el mundo pudiera decir cualquier cosa, en cualquier momento y cualquier lugar. También debemos discutir qué es prudente y juicioso decir en un mundo globalizado en el que pueblos de culturas tan diferentes viven tan cerca unos de otros, como compañeros de habitación separados sólo por una cortina. Hay una frontera de prudencia y sensatez que está más allá de la que debe fijar la ley. Por ejemplo, creo que el artículo de Robert Redeker en Le Figaro fue un desafuero imprudente, con su afirmación de que el islam (no el islamismo o el yihadismo, sino el islam, por las buenas) es el equivalente actual al comunismo mundial de tipo soviético -ayer Moscú, hoy La Meca- y su denuncia de Mahoma como un »caudillo despiadado, saqueador, asesino de judíos y polígamo». No obstante, cuando los fanáticos sin fronteras reaccionan diciendo que van a matarlo, debemos mostrar una solidaridad total con el escritor amenazado, en consonancia con el espíritu de Voltaire.

No importa que Voltaire seguramente no dijera nunca lo que suele atribuírsele: »No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo». La famosa cita parece ser, más bien, una paráfrasis de principios del siglo XX. Pero la esencia corresponde sin duda a Voltaire. Y el orden de las frases es vital. Con demasiada frecuencia, desde el caso de Rushdie, hemos visto esta sintaxis invertida: »Por supuesto que defiendo su libertad de expresión, pero…» El principio de Voltaire expone la idea en el orden debido: primero la discrepancia, pero luego la solidaridad incondicional. Ahora nos toca a todos desempeñar nuestro papel. El futuro de la libertad depende de que las palabras sean más poderosas que los cuchillos.

(*) HISTORIADOR, UNIVERSIDAD DE OXFORD. Gran Bretaña.