General

Hacia la guerra contra Irán

Nov 30 2006

Bitacora
William R. Polk

Limitarse a confiar en la fuerza sólo puede resultar en una mayor propagación del terrorismo por todo el mundo. En mis anteriores artículos he expuesto las razones por las que considero probable un ataque de Estados Unidos contra Irán, la forma en que se produciría y las consecuencias que acarrearía. En este artículo hablaré de la manera de sortear el escollo y de disponer al propio tiempo los medios oportunos y convenientes para impedir en el futuro un aumento de la proliferación nuclear.
Siempre es útil – ya se trate de diplomacia o negocios- enterarse de lo que quiere y teme la otra parte… Considero que las esperanzas y temores del Gobierno iraní se cifran en tres factores.

El primero se refiere a las posibilidades de Irán de hacerse con alta tecnología que, entre otros campos, sobresale en nuestra época en el terreno nuclear.

Hay que señalar que Irán posee grandes reservas de petróleo, de modo que no persigue meramente poseer una fuente de energía nuclear: su resolución y adquisición de conocimientos constituyen la palanca que le permite reforzar precisamente su nivel y potencia en este terreno a escala planetaria.

En segundo lugar, Irán aspira a colocarse a la par respecto de las principales potencias. El nacionalismo ha guiado la política de este país desde los tiempos del amigo y aliado de Estados Unidos – el sha- y no sólo en el régimen actual. Difícilmente podrá exagerarse el orgullo de los iraníes con relación a su cultura e historia… Están decididos a esforzarse para que Irán no sea un país del Tercer Mundo.

En tercer lugar, el régimen iraní trata de protegerse ante la amenaza de una invasión estadounidense y/ o Israel tras ser incluido en el llamado eje del mal y a la vista de que otro de los países incluidos – Iraq- ha sido invadido y su Gobierno se ha visto derrocado, en tanto que Corea del Norte ha encontrado la forma de inmunizarse ante un eventual ataque militar al dotarse de armamento nuclear. La lectura iraní de tal evolución de los acontecimientos es la siguiente: «Irán debe poseer a su vez el arma nuclear». Y, como el periodo de tiempo necesario para que un Estado – sea cual fuere- se haga con tal armamento resulta altamente peligroso, Irán ha puesto buen cuidado en negar la existencia de tal programa de armamento nuclear. Rusia, China, Israel, India y Pakistán hicieron lo propio en su día. En cualquier caso, estoy convencido de que Irán se está dando prisa. Necio sería si no lo hiciera. Por tanto, ¿qué cabe hacer?

Los gobiernos occidentales sostienen que sólo hay dos opciones: o permitir que Irán ingrese en el club nuclear o desarmarlo por la fuerza. Si efectivamente son las dos únicas opciones posibles, creo que aun de mala gana los países europeos y la opinión pública estadounidense respaldarán los planes de ataque de la Administración Bush, porque el auge de la proliferación nuclear – especialmente en el caso de otro Estado fundamentalista, acusado además de apoyar el terrorismo- constituye una realidad demasiado terrorífica como para reaccionar con indiferencia. Sin embargo, existe una tercera opción que quiero describir en el contexto de una política global.

Mi juicio ponderado es que el modo de mitigar la amenaza que según se afirma representa Irán para nuestra sociedad y estilo de vida es justamente el opuesto de lo que venimos haciendo últimamente, amenazando y reuniendo medios e instrumentos para atacar a Irán. En lugar de avanzar por esta vía, deberíamos – en primer lugar- abjurar de la doctrina del ataque preventivo,incrustada firmememente en la política de seguridad nacional estadounidense. El problema radica en que tal política obligará al régimen iraní a ocultar lo que haga y a hacer cuanto esté en su mano para hacerse con el arma nuclear.

En segundo lugar, deberíamos poner fin a lo que estamos haciendo para echar abajo el actual régimen iraní. Según se ha informado – y el Gobierno iraní así lo cree y afirma-, hemos introducido agentes de los servicios de inteligencia en el país a fin de fomentar la rebelión, estamos rodeando Irán de imponentes y pavorosas fuerzas militares para intimidar a su Gobierno. El Gobierno iraní puede optar por doblegarse o por resistir. Por lo que sabemos y podemos apreciar, ha elegido resistir. En consecuencia, nuestra política es contraproducente.

En tercer lugar, hemos de entablar un diálogo sensato y razonable con el Gobierno iraní a fin de verificar nuestras presuposiciones. Al aislarlo, no hacemos más que dar alas a los partidarios de la línea dura y demorar aún más las perspectivas de apertura y progreso.

En cuarto lugar – factor esencial para fomentar una iniciativa de paz en la región-, deberíamos presionar urgentemente, con inteligencia, tesón y firmeza, en favor de la constitución de un orden político y estratégico completamente distinto en Oriente Medio. En este marco, la tarea más apremiante es avanzar hacia un desarme nuclear en la región. Europa y Estados Unidos poseen notable experiencia al respecto y lograron importantes progresos hasta hace un decenio. Pues bien, hemos de reanudar el proceso en interés de todos porque las armas nucleares emplazadas en un lugar constituyen un peligro para todos. También Israel – en interés propio- debería acceder a tal iniciativa, al igual que Estados Unidos… y, también, en el mismo contexto de progreso hacia la paz, Irán. Sin embargo, debo reiterar que tanto Israel como Europa y EE. UU. avanzan en contra de sus propios intereses. Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos – en violación del tratado de No Proliferación Nuclear de 1968- incrementan y ponen al día sus arsenales, en tanto el enorme arsenal en posesión de Israel provocará que otros países de Oriente Medio – como ha sucedido en el caso de Irán- se propongan dotarse de armamento nuclear. Es probable que más pronto que tarde Arabia Saudí y Egipto se pongan en marcha para hacerse con tales armas. De modo que, en lugar de constituir una fuente de seguridad, la política israelí de armamento nuclear perjudicará gravemente su nivel de seguridad.

En quinto lugar, la política de Israel sobre el problema palestino guarda indudable relación con el conflicto entre Irán y Estados Unidos. A menos que los palestinos puedan crear un Estado – o hasta que lo hagan-, no hay esperanza posible de seguridad amplia y general en la región. El miedo y el odio que irradian del problema palestino envenenan cualquier iniciativa en dirección de la paz.

En lugar de afrontar sincera y abiertamente las cinco cuestiones que acabo de enumerar, limitarse a confiar en la fuerza sólo puede resultar en una guerra prolongada y en una mayor propagación del terrorismo por todo el mundo. Acometer su resolución constituye la mejor manera de avanzar hacia la paz y la seguridad que todos queremos y necesitamos.

(*) Miembro del Consejo de Planificación Política del Departamento de Estado durante la presidencia de John F. Kennedy. Estados Unidos.