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LAS PROMESAS NO SUSTITUYEN A LOS ALIMENTOS

Nov 22 2006

Por Anuradha Mittal y Frederic Mousseau (*)

OAKLAND, Nov (IPS) El año 2005 fue testigo de un nivel sin precedentes de la campaña mundial sobre la pobreza. El mundo se estremeció con los conciertos de rock Live Aid y en la reunión cumbre del G8 en Gleneagles los líderes de las naciones más poderosas se pusieron de acuerdo en incrementar la ayuda a los países en desarrollo en alrededor de 50.000 millones de dólares al año para el 2010, duplicar la ayuda para África y eliminar las deudas extraordinarias de los países más pobres. Hace 10 años, los líderes de los
185 países que tomaron parte en la Cumbre Mundial de la Alimentación en Roma calificaron el hambre en el mundo de «inaceptable e intolerable» y prometieron reducir a la mitad antes del 2015 el número de los 815 millones de personas desnutridas en el planeta.

Es tiempo ya de evaluar la situación de esos objetivos que suenan tan nobles.

De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el número de personas hambrientas en el mundo está aumentando actualmente a razón de cuatro millones al año. El hambre crónica afecta a 852 millones de personas, 206 millones de las cuales están en África subsahariana. Unos 300.000 menores de 5 años enfrentan el riesgo de muerte a causa de la desnutrición cada año en el Sahel, región que incluye Senegal, Mauritania, Níger, Chad y Burkina Faso.

En 2005, el hambre y la pobreza generalizadas en Níger ocuparon los primeros planos de las noticias mundiales. La crisis fue atribuida a una gran plaga de langostas y a la sequía. Sin embargo, ese no fue un episodio aislado en la historia de Níger, donde cientos de miles de niños requieren asistencia en materia de nutrición cada año. La ONG Médicos sin fronteras trató en Níger a unos 60.000 niños desnutridos en su programa de emergencia de este año.

El hambre persistente en países como Níger refleja el fracaso de la comunidad internacional en comprender las causas primordiales del problema.
La insistencia de los países donantes como Estados Unidos en brindar ayuda alimentaria en especie hace muy poco para fortalecer las economías nacionales y combatir el hambre. El dumping practicado con alimentos baratos subsidiados otorgados como ayuda sólo beneficia a las grandes empresas agroalimentarias, ya que destruye los mercados y los medios de vida de los pequeños agricultores en los países receptores. La consiguiente pobreza genera ulterior hambre en países como Níger, donde casi el 63% de la población sobrevive con menos de un dólar diario.

Un nuevo estudio del Oakland Institute, «Sahel: ¿un prisionero de la inanición?», muestra cómo las políticas de desarrollo que promueven la liberalización económica y estimulan la especialización y la desregulación del mercado están disminuyendo la capacidad de las naciones para alimentar a sus poblaciones. La experiencia de Níger muestra que descansar en el mercado para resolver la escasez de alimentos deja a los pobres aún más hambrientos y lleva a los pequeños agricultores a la miseria, mientras que los grandes comerciantes de alimentos ganan poder monopólico.

Un compromiso internacional para erradicar el hambre requeriría varios cambios de política, que según»Sahel: ¿un prisionero de la inanición?»
debería incluir lo siguiente:

Primero: asegurar la subsistencia de los agricultores que constituyen el 75% de los pobres del mundo debería estar en el centro de las políticas de desarrollo mediante el apoyo a los gobiernos en la promoción de la producción de granjas pequeñas y sostenibles en lugar de impulsar a las naciones pobres a especializarse en monocultivos para exportar a mercados de Occidente. El 78% de los países que padecen de desnutrición infantil son exportadores de alimentos.

Segundo: se debe dejar de lado la ideología del libre mercado que ha primado durante las últimas tres décadas. Ningún país industrializado ha sido capaz de desarrollar su agricultura sin barreras protectivas. Sin embargo, los agricultores del mundo en desarrollo han sido privados de tal protección.

Tercero: es necesaria más, y no menos, ayuda para el desarrollo rural. Las políticas que ayudan a la agricultura alimentan a más personas y hacen disminuir a largo plazo la dependencia de los países en desarrollo de los programas de cooperación. Por ejemplo, los modelos de desarrollo agrícola alternativo tales como los proyectos agroforestales en el Sahel han mostrado mejorías duraderas en la seguridad alimentaria.

La ayuda externa a África cayó en 40% durante la década del 90 y ahora está aproximadamente en 12.000 millones de dólares por año. En cambio, 70.000 millones de dólares fueron utilizados en cuestión de semanas en la guerra de Iraq. Estados Unidos gastó hasta ahora más de 360.000 millones de dólares en Iraq. El presupuesto anual de Níger es de sólo 320 millones de dólares. Hará falta más que falsas promesas de naciones ricas para asegurar el derecho de todos los seres humanos a vivir en dignidad y libres del hambre. Es hora de poner en marcha un incondicional y no paternalista «Plan Marshall para África», incluyendo la extinción total de la deuda externa. Un país como Níger podría ser el ideal primer receptor de fondos de tal plan.
(FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Anuradha Mittal, Directora Ejecutiva del Oakland Institute y Frederic Mousseau, consultor en seguridad alimentaria que trabaja con organizaciones humanitarias internacionales.