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ÁFRICA-CHINA: Suspicacias de Occidente

Jul 24 2007

Por Michael Deibert

PARIS, jul (IPS) – La disputa comercial y de inversiones entre China y Occidente por África abre un debate sobre qué es lo mejor para el continente, pero la retórica muchas veces oculta la realidad, según observadores.

El Banco Mundial calculó que el comercio entre África y Occidente iguala casi al de ese continente con Asia. Una mirada a los números fríos muestra un enorme crecimiento de la participación china en la economía africana.

Las exportaciones de África a China crecieron a un promedio de 48 por ciento al año entre 1999 y 2004. Diez por ciento de las exportaciones de la región subsahariana se dirigen al gigante asiático.

En los últimos años, las exportaciones asiáticas a África aumentaron 18 por ciento anual en ese periodo, más que las de cualquier región del mundo, incluida la Unión Europea (UE).

El creciente involucramiento de China en la África ha sido conducido por la demanda de recursos naturales y productos básicos necesarios para cubrir la demanda de sus 1.300 millones de habitantes y su pujante economía.

La economía china es la segunda del mundo detrás de la de Estados Unidos y tiene el segundo superávit de cuenta corriente, con casi 180.000 millones de dólares.

Los acontecimientos están cambiando profundamente –y, según expertos, permanentemente– el vínculo de los países africanos con sus antiguas metrópolis coloniales de la Unión Europea, que por ahora es el principal socio comercial del continente, con un intercambio total de 200.000 millones de euros en 2006.

«Esto cambiará radicalmente el paisaje diplomático y económico», dijo Mamadou Diouf, director del Instituto de Estudios Africanos de la estadounidense Universidad de Columbia, en Nueva York.

«En el mundo de la Guerra Fría, la presión era de carácter mucho más ideológico. África debía alinearse ideológicamente más que establecer sus propias prioridades. Hoy, en cambio, negocia entre diferentes opciones y posibilidades», explicó.

La aparente falta de condiciones de China a la asistencia que brinda, así como su abstención de recomendar medidas contra la corrupción, resultaron atractivas para gobiernos africanos con diverso grado de gobernanza y de respeto por los derechos humanos.

«La política de ‘condiciones cero’ es seductora para un país que no tiene mecanismos presupuestarios muy transparentes», dijo Katherin Constabile, analista de asuntos africanos de la firma consultora de riesgos financieros Eurasia Group, con sede en Nueva York.

Una de las grandes controversias de la actividad económica china en África se refiere a la firma PetroChina, subsidiaria de la estatal Corporación Nacional de Petróleo China, que posee gran parte del consorcio estatal a cargo de la explotación de crudo en Sudán.

Para cubrir su demanda de combustible, China absorbió más de la mitad de las exportaciones petroleras sudanesas el año pasado. Críticos advierten que lo obtenido por esas operaciones le permitió a Jartum comprar armas para reprimir en la occidental región de Darfur.

Pero muchos expertos africanos cuestionan la memoria selectiva de Occidente, evidente en las críticas de hoy.

«Estados Unidos y Europa occidental han vinculado su asistencia a África con demandas por reformas, gobernanza y democratización», dijo Ayesha Kajee, director de programa del centro de estudios International Human Rights Exchange en la Universidad de Witwatersrand en Johannesburgo.

«Pero la mera celebración de elecciones pareció resumirlo todo. Los gobiernos africanos se han limitado a eso», lamentó Kajee. «Cuando se trata de cuestiones institucionales y prácticas sociales democráticas, Estados Unidos y Europa no han ejercido tanta presión.»

Las potencias occidentales, incluso en años recientes, miraron a un costado ante cuestionamientos contra regímenes que en algún momento sirvieron a sus intereses.

El presidente estadounidense George W. Bush invitó en 2002 a su par etiope Meles Zenawi a la Casa Blanca y se reunió cerca de Kampala con el ugandés Yoweri Museveni. Ambos tuvieron también buena relación con el ex presidente Bill Clinton.

El gobierno de Zenawi ha sido acusado de masacrar a 200 manifestantes en Adis Abeba luego de las elecciones de mayo de 2005 y suele encarcelar a políticos opositores. El presidente etiope es uno de los «predadores de la libertad de prensa», según la organización Reporteros sin Fronteras.

Por su parte, Museveni arrestó al líder de la oposición ugandesa, Kizza Besigye, durante la campaña electoral de 2005.

Al mismo tiempo, la UE parece dispuesta a no volver a condicionar su asistencia, como lo demuestra la invitación al cuestionado presidente de Zimbabwe, Robert Mugabe, a la cumbre de jefes de Estado y de gobierno de ambas regiones programada para diciembre en Lisboa.

Mugabe es objeto, entre otras sanciones, de la prohibición de ingresar en Europa por acusaciones de violaciones de derechos humanos y mal manejo económico durante sus 27 años de gobierno.

La Unión Africana (UA), que reúne a los 53 países del continente, amenazó con boicotear la cumbre si Europa excluía a Mugabe.

Mientras, el presidente chino Hu Jintao recorrió 17 países africanos el año pasado, por lo que fue el más asiduo visitante del continente entre todos los jefes de Estado y de gobierno del mundo.

«La UE sabe cuánta influencia tiene China en África. Saben que es profunda y que tiene implicaciones en su vínculo con el continente», dijo Veronika Tywuschik, experta en la materia residente en Holanda.

En su informe «De El Cairo a Lisboa: La alianza estratégica UE-África», la Comisión Europea, rama ejecutiva del bloque, propuso una redefinición de las relaciones basada sobre «una genuina sociedad de iguales».

A fines de junio, el estatal Banco de Desarrollo de China lanzó su Fondo de Desarrollo China-África, al que asignó la primera partida de 1.000 millones de dólares, monto que en el futuro se multiplicará por cinco.

Pero esta asistencia no está libre de condiciones, aunque pocas, tal vez ninguna, se refiera a la lucha contra la corrupción o a la vigencia de los derechos humanos, sino a las inversiones chinas en el continente.

Setenta por ciento de los contratos facilitados por el fondo deberán corresponder a compañías chinas, y el resto a empresas africanas, muchas de las cuales ya trabajan con contrapartes del gigante asiático.

Pero observadores consideran que se trata del mismo perro de siempre con diferente collar. «Cuando se analizan los intereses extranjeros en África, todavía están directamente vinculados a preocupaciones geoestratégicas», dijo Kajee. (FIN/2007)