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AFRICA Y AMERICA LATINA, LA REVOLUCION DE LOS BIOCOMBUSTIBLES

Jul 20 2007

Por Luiz Inácio Lula da Silva (*)

BRASILIA, Jul (IPS) Las discusiones durante la reciente Cumbre del G-8 + 5,
en Heiligendamm, dejaron en claro que asuntos como el cambio climático, el
crecimiento sustentable, fuentes nuevas y renovables de energía y
financiamiento para el desarrollo son temas mundiales sobre los cuales los
países del Sur deben ser oídos. Al final de cuentas, nuestras poblaciones
son directamente afectadas por esos múltiples desafíos. Más aun, en nuestros
países surgen propuestas innovadoras y creativas para enfrentarlos. El
aporte de los líderes de Sudáfrica, Brasil, China, India y México durante la
Cumbre Ampliada del G-8 refuerza la importancia de profundizar en un
verdadero diálogo Sur-Norte.

África tiene un papel central en este debate. El continente está pasando por
profundas transformaciones que sientan las bases para un nuevo ciclo de
estabilidad política y dinamismo económico. Son 53 países, vastos recursos
naturales y una población joven que aspira a realizar todo su potencial de
desarrollo y prosperidad. Esa África, que visité cinco veces durante mi
primer mandato y que continuaré visitando, está reforzando sus vínculos
económicos, comerciales y políticos con Brasil.

En la Cumbre ÁfricaAmérica del Sur, en 2005, y en las dos ediciones del Foro
Brasil-África, exploramos las múltiples potencialidades de esa asociación.
Los biocombustibles pueden dar una calidad superior a esa alianza.

Brasil tiene una experiencia exitosa (de más de 30 años) en la producción de
carburantes que combinan la seguridad energética con amplios beneficios
económicos, sociales y ambientales. La mezcla de 25% de etanol en la
gasolina y la utilización de alcohol puro en automóviles «flex-fuel»
permitió reducir un 40% el consumo y las importaciones de combustibles
fósiles. Dejamos de emitir, desde 2003, más de 120 millones de toneladas de
gas carbónico, ayudando a combatir el recalentamiento mundial.

Pero el potencial de las biomasas trasciende la generación de energía limpia
y renovable. La industria del etanol creó directamente 1,5 millones e
indirectamente 4,5 millones de puestos de trabajo en Brasil. El programa de
biodiesel, en su fase inicial, ya brinda empleo a más de 250 mil personas,
sobre todo a pequeños agricultores de zonas semiáridas, generando ingresos y
colaborando para fijar la población a la tierra. Los biocombustibles también
ayudan a combatir el hambre, aportando ingresos que permiten a las
poblaciones pobres adquirir alimentos. Su producción no amenaza la seguridad
alimentaria, ya que afecta al 2% de nuestras tierras agrícolas.
Esos programas desalientan las migraciones desordenadas, reducen la
saturación de las grandes ciudades y la marginación urbana, así como la
presión de los pequeños mineros y los agricultores para arrasar con los
bosques autóctonos. Además, la expansión de la caña contribuyó a recuperar
zonas de pasturas degradadas, de bajo o nulo potencial agrícola.

Por todas esas razones, los biocombustibles tienen una relevancia especial
para los países en desarrollo. Dado su enorme potencial de creación de
empleos y de ingresos, ofrecen una verdadera opción de crecimiento
sustentable, especialmente para los países que dependen de la exportación de
escasos bienes primarios. Al mismo tiempo, el etanol y el biodiesel abren
nuevas avenidas de desarrollo, sobre todo en las industrias bioquímicas. Son
alternativas económicas, sociales y tecnológicas para países pobres
económicamente, pero ricos en sol y en tierras de labranza.

Estoy convencido de que los biocombustibles deben estar en el centro de una
estrategia planetaria de preservación del medio ambiente. Los acuerdos como
el firmado por Brasil y Estados Unidos, y en negociación con países
europeos, prevén la instalación de proyectos triangulares, en América
Central, el Caribe y África, capaces de unir la tecnología brasileña con las
condiciones climáticas y de suelos favorables en esas regiones. El gobierno
y el empresariado brasileños ya ofrecen cooperación técnica bilateral en la
producción de alcohol y de biodiesel en Mozambique, donde un programa de
biocombustibles asocia al conocimiento brasileño con el financiamiento
británico. Podemos repetir esa iniciativa en toda África subsahariana.

Los biocombustibles pueden ayudar a un mundo que carece de soluciones para
la degradación ambiental y el encarecimiento de la energía. Ofrecen
esperanza a los países pobres al combinar crecimiento económico, inclusión
social y conservación ambiental. Un valioso aliado, por lo tanto, en el
combate a la inestabilidad social y política, a la violencia y la migración
desordenada.

Entretanto, esa revolución sólo ocurrirá si los países ricos abren sus
mercados a los más pobres, eliminando subsidios agrícolas y barreras a la
importación de los biocombustibles.

Todos ganarán. Los países en desarrollo generarán puestos de trabajo para
las poblaciones marginadas y divisas para dinamizar sus economías. Los
países desarrollados podrán acceder a fuentes de energía limpias a precios
competitivos, en lugar de invertir en costosas innovaciones para que los
combustibles convencionales sean menos contaminantes.

La creación de un riguroso sistema de certificación pública en materia de
biocombustibles, reafirmado por acuerdos multilaterales y el compromiso de
la opinión pública, ayudará a preservar el medio ambiente y garantizará
condiciones dignas de trabajo.

Los biocombustibles ofrecen una alternativa para ayudar a la humanidad a
prosperar como un todo, sin dejar a nadie atrás ni hipotecar el futuro de
las nuevas generaciones. Este es el mensaje que llevaré a la Conferencia
Mundial sobre Biocombustibles, que Brasil está organizando, en 2008.
(FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Luiz Inácio Lula da Silva, Presidente de la República Federal de Brasil.
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