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PORTUGAL EN IBERIA

Jul 27 2007

Por Joaquín Roy (*)

LISBOA, Jul (IPS) El Premio Nobel de Literatura, el escritor portugués José
Samarago, ha hecho unas declaraciones explosivas. En vísperas de su segunda
boda con la española Pilar del Río, en una entrevista al rotativo lisboeta
Diario de Noticias, predijo que Portugal terminaría un día como comunidad
autónoma de España, en un país conjunto que se debiera llamar Iberia.

Si hay algo que toca la fibra del alma portuguesa y la altera más allá de su calma
preñada de saudade y fado es la relación peculiar con España. Distantes,
amables, prudentes, ceremoniosos con elegantes límites, siempre en tono
bajo, los portugueses lidian con dos señas de identidad: su preciso perfil
nacional y la cercanía de España.

Pocos observadores reparan en que Portugal es el estado-nación más antiguo
de Europa. Desde que tempranamente terminó su propia reconquista y el
monarca Dom Afonso III ajustó sus fronteras con Castilla por el Tratado de
Badajoz de 1267, Portugal ha permanecido inalterado. Ha cohesionado un
pueblo sin peculiaridades étnicas (aunque ha incorporado con éxito a una
minoría procedentes de sus antiguas colonias). Tiene una sola lengua sin
dialectos, y una religión con el comprensible matiz laico. Incluso cuando
entre 1580 y 1640 Portugal estuvo regido por los Austrias españoles, el país
no sufrió impacto identitario: no hay invasión demográfica de España, ni
emigración portuguesa hacia el oeste.

Resignados viviendo en mutuo y respetuoso aislamiento, España y Portugal se
ignoran durante siglos. Pero nunca existe una animosidad entre las dos
entidades ni el sentido del humor cruza una raya peligrosa e hiriente. Por
ejemplo, nadie en Portugal de veras cree en la tradicional expresión: «De
España, ni buen viento ni buen casamiento». En realidad, para las nobles
portuguesas, la relación con España fue un excelente negocio matrimonial.
Nada menos que once infantas portuguesas llegaron a ocupar el trono de
España, como resalta un excelente libro de Marsilio Cassoti, un best-seller
en el país. La más famosa de estas damas lusas que cruzaron con fortuna
regia «la frontera de corcho» fue Isabel de Portugal, nieta de Joao I, y
madre de Isabel la Católica. Otra Isabel portuguesa se casó con Carlos V, y
procreó a Felipe II (I de Portugal).

Pero sí es cierto que el temor al imperialismo castellano inclinó las
alianzas portuguesas hacia Inglaterra. Por este motivo, la ocurrencia
descriptiva de México atribuida a Porfirio Díaz («Pobre México, tan lejos de
Dios y tan cerca de Estados Unidos») podría muy bien reformarse para
ilustrar la situación lusa en contexto geopolítico y cultural: «Pobre
Portugal, tan lejos de Inglaterra y tan cerca de España».

Este sentimiento de autoprotección llevó a los portugueses a tratar de
superar a España incluso inconscientemente. En casi todos los
acontecimientos del siglo pasado, Portugal se adelantó a España
cronológicamente: se despojó de la monarquía antes (en 1910), instaló un
régimen filofascista una década antes que Franco, y defenestró los restos de
la dictadura salazarista en 1974, más de un año antes de la muerte del
dictador español. Incluso en las alianzas internacionales Lisboa dejó atrás
a Madrid: Portugal fue miembro fundador de la OTAN, ingresó en la EFTA y
firmó los documentos de adhesión a la Comunidad Europea en la mañana,
mientras el gobierno español lo hacía a la una de tarde…

Sus respectivos déspotas se mantuvieron distantes. Salazar despreciaba a
Franco, al que consideraba un inculto militar. El caudillo español
desconfiaba de la superioridad intelectual del catedrático de derecho de
Coimbra.

En el caso de que la predicción de Saramago se cumpla, algunas
peculiaridades se deberían tener en cuenta. En cuanto a la lengua
portuguesa, quizá ésa sea la única solución para que los españoles aprendan
portugués. Hoy en día, todo portugués culto puede conversar en español;
apenas un puñado de españoles pueden desempeñarse en la lengua vecina. Para
los españoles, algunos obstáculos parecen insalvables: por un lado se
sienten cómodos al observar la lengua escrita; al oírla, se dan cuenta de
que es muy diferente, con un sistema vocálico enriquecido y la desaparición
de consonantes en una endiablada velocidad con que desarrollan los discursos
repletos de altibajos tonales. Portugal parece un país de millones de
ventrílocuos: hablan sistemáticamente con los labios cerrados. De declararse
el portugués como lengua obligatoria en Iberia, al nivel del castellano, se
habría terminado con este handicap.

En el plano político, el proyecto de Saramago debería salvar las reticencias
de Madrid al reconocer las peculiaridades de las autonomías «históricas». Si
al nuevo Estatuto de Autonomía de Catalunya se le niega el pan y la sal, uno
tiembla con la presencia del país más antiguo de Europa en el frágil mapa
ibérico. Bien mirado, será mejor dejar las cosas como están y visitar
Portugal hablando en voz alta, en español, y comprando en El Corte Inglés
lisboeta (por cierto, muy apreciado por los portugueses). (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy, Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión
Europea de la Universidad de Miami (jroy@Miami.edu).