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Extinción Cultural es igual a Extinción Natural

Jun 16 2008

Por Mark Sommer (*)

ARCATA, California, Jun (IPS) Los humanos tenemos varios miles de idiomas, la gran mayoría en las bocas de pequeñas poblaciones de selvas y montañas aisladas, y apenas un puñado en las de miles de millones de personas.

Las lenguas, y sus correspondientes culturas, desaparecen a un ritmo alarmante: la mitad podrían extinguirse en la próxima generación. Lo mismo pasa con las plantas y los animales. Ambas tendencias están estrechamente vinculadas.

En abril, científicos de primera línea se reunieron en una conferencia pionera en el Museo de Historia Natural de Nueva York para analizar estas extinciones gemelas. En mapas multicolores del planeta, los etnobiólogos dibujaron la correlación entre la diversidad biológica y la cultural, a las que llaman «diversidad biocultural», en una resplandeciente faja que rodea las zonas tropicales de la Tierra.

En selvas y tierras altas, el aislamiento ha coadyuvado a que la gente desarrollara sus propias formas de decir y hacer, sus maneras únicas de ver e interpretar el mundo. De modo análogo, plantas y animales en aislamiento se adaptan a las peculiaridades de sus ambientes.

Pensemos en la remota isla ecuatoriana de Galápagos y sus raras tortugas gigantes. En un mundo de progresiva desaparición de las fronteras, inclusive esas tortugas peligran.

Pero tenemos muchas otras tortugas, ¿verdad? ¿Por qué importa la diversidad?

Los antropólogos y biólogos confirman que la diversidad de vida vegetal y animal es crucial para la riqueza de la cultura humana y para su supervivencia.

Las monoculturas, como los monocultivos, pueden ser muy eficientes en buenas épocas, pero son más vulnerables a los ataques de enfermedades y pestes. En la diversidad descansa la capacidad de un organismo o sistema para mantenerse vital y viable aun cuando pierda algunos de sus componentes.

Así como el inversor astuto diversifica su portafolio, la naturaleza se prodiga en diferentes especies de flora y de fauna, de modo que si unas se pierden otras tomen su lugar.

Como especie, hemos sido notablemente desatentos a este axioma. «La naturaleza ya no confía en nosotros», dice Vyacheslav Shadrin, cabeza del Consejo de Ancianos de los yukaghir, en el extremo norte de Rusia. Es un comentario fascinante sobre cómo la modernidad ha traicionado las antiguas formas. Al igual que miles de pueblos aislados, el suyo puede ser tragado por el enorme imperio que lo rodea.

Sin embargo, las técnicas modernas también pueden ofrecer una de las pocas vías para preservar culturas y ecosistemas moribundos y para difundir su conocimiento y sabiduría a un mundo que necesita de ellos.

Vyacheslav se comunica con su par Tero Mustonen, del norte de Finlandia, por correo electrónico, Internet y teléfono celular. Y viajan en avión a Nueva York para establecer estrategias comunes con otros pueblos aislados en defensa de sus ambientes y culturas amenazadas.

Nos guste o no, no hay aislamiento posible ni de las plagas ni de las bendiciones de la modernidad.

La mayoría de los adolescentes, en Manhattan o en Mumbai, anhelan tener o tienen un iPod o un MP4 y escriben mensajes de textos a sus amigos desde teléfonos móviles.

Es un único mundo, opina Eleanor Sterling, directora del Centro para la Biodiversidad y la Conservación del Museo de Historia Natural de Nueva York. Ella se mueve fácilmente entre culturas antiguas y modernas, y más que la pureza, le interesa la vitalidad, ese intenso intercambio que se produce cuando las culturas se encuentran, se mezclan y generan algo nuevo y vivo por derecho propio.

«No me interesan las culturas como piezas de museos», me dijo Sterling mientras paseábamos por el ala dedicada a América Central, poblada de antiguas estatuas aztecas y mayas. «Las culturas son cosas vivas. No desaparecen. Evolucionan».

Llegué a la conferencia pensando que íbamos a documentar la doble desaparición de culturas y ecosistemas frágiles y aislados en una suerte de acción de retaguardia para detener la avalancha de lo moderno. Pero me fui con una impresión muy diferente.

Es cierto y trágico que culturas y ecosistemas de gran riqueza y diversidad son enterradas y asimiladas a un ritmo asombroso. Es cierto que se llevan con ellas soluciones para un futuro más viable que no deberíamos perder, como hierbas medicinales y costumbres sabias que nos podrían ayudar a soportar cambios impredecibles.

Pero es igualmente cierto que no podemos evitar el cambio del mismo modo que no podemos alterar el curso del río Amazonas. No podemos impedir que nuestros jóvenes ni los de etnias tradicionales deseen los muchos bienes, y los males, de la vida moderna.

Quizás lo mejor a lo que podemos aspirar sea una sabia mezcla de tradiciones y lo moderno, que apele a las técnicas más avanzadas para proteger, promover y diseminar los mejores valores de todas las diferentes culturas humanas.

Nuestro tiempo nos ofrece herramientas que, usadas de modo correcto, pueden ayudarnos a «rediversificar» culturas y ecosistemas. Volvamos a la diversidad dentro y entre nosotros, para que cada uno pueda mezclar y combinar la irrefrenable riqueza de la variedad biológica y cultural.(FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Mark Sommer, columnista y director del premiado programa radial A World of Possibilities.