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Fases de la lucha antineoliberal

Jun 16 2008

Por Emir Sader (*)

La lucha contra el neoliberalismo ya tiene historia, pasó por diversas fases desde la resistencia al inicio, a la construcción de alternativas – y ahora enfrenta la contraofensiva de la derecha. En el mismo año de lanzamiento del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA) 1994 los zapatistas convocaban a resistir la nueva ola hegemónica.

Ignacio Ramonet llamaba, en un editorial de Le Monde diplomatique –1997–, a luchar contra el “pensamiento único” y el Consenso de Washington. El Foro Social Mundial –2001– convocaba a la construcción de “otro mundo posible”.

Las manifestaciones contra la Organización Mundial de Comercio (OMC), iniciadas en Seattle –2001–, revelaban la extensión del malestar con el nuevo modelo hegemónico y el potencial de la lucha de resistencia. Era una fase de resistencia, defensiva, frente al cambio regresivo, de proporciones históricas gigantescas, operado por el pasaje de un mundo bipolar a otro unipolar –bajo la hegemonía imperial norteamericana, y del modelo regulador al neoliberal.

En el plano gubernamental, la consolidación de la hegemonía neoliberal se produjo por el pasaje de la generación derechista inicial que la lanzó –Pinochet, Reagan, Thatcher– a una segunda, que algunos de sus protagonistas reivindicaron como la “tercera vía” – Clinton, Blair, Cardoso – ocupando casi todo el espectro político.

Esa fuerza compacta comenzó a ser perforada con la elección de Hugo Chávez en Venezuela –1998–, concentrándose en América Latina a partir de ese momento, con la derrota electoral de los principales promotores del nuevo modelo –Cardoso, Menem, Fujimori, Carlos Andrés Pérez, el PRI – revelando así su fracaso.

Mientras tanto, esa reacción popular reflejada en los triunfos electorales que sucedieron al de Chávez –Lula (2002), Kirchner (2003), Tabaré Vázquez (2004), a los que se puede sumar el de Daniel Ortega (2006)–, presentaron un escenario diferente al que se pensaba. Aunque victoriosos frente a gobiernos ortodoxamente neoliberales, esos nuevos gobernantes no apuntaron a romper con el modelo neoliberal, manteniéndolo con distintos grados de flexibilización, principalmente por el peso que pasaron a tener las políticas sociales.

Esos matices, sumados a la opción por los procesos de integración regional –en primer lugar el Mercosur– y la derrota de la Alianza para el Libre Comercio de las Américas (ALCA) – a la que ellos colaboraron activamente, revelaron, mientras tanto, diferencias significativas con relación a los gobiernos que los precedieron, contribuyendo al surgimiento de un escenario político inédito en el continente, por la existencia simultánea de una cantidad de variadas formas de gobiernos que se oponían a los tratados y políticas de libre comercio impulsadas por Estados Unidos, así como a su política de “guerra infinita” –que tuvo sólo en Colombia una adhesión explícita en la región.

Las victorias de Evo Morales (2005) y Rafael Correa (2006), junto con el lanzamiento de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba), el Banco del Sur, el gasoducto continental y la adhesión de Venezuela y Bolivia al Mercosur, dieron contornos más amplios y fortalecieron un eje de gobiernos que, además de privilegiar los procesos de integración regional, comenzaban a construir modelos de ruptura con el neoliberalismo, modelos posneoliberales. El triunfo electoral de Fernando Lugo (2008) amplía el campo de los gobiernos progresistas del continente, a lo que podría sumarse próximamente El Salvador.

Mientras tanto, a partir de 2007, después del sacudón relativamente sorpresivo de la proliferación de gobiernos progresistas en la región, la derecha retomó su capacidad de iniciativa. Estos gobiernos progresistas habían capitalizado en el, plano electoral, el descontento social generado por las políticas neoliberales, avanzando en este plano – el eslabón más frágil de la cadena liberal.

Para recomponer su capacidad de iniciativa, la derecha –en cuyo campo revistan la vieja derecha oligárquica y las corrientes socialdemócratas que adhirieron al neoliberalismo– metió mano en las esferas donde su hegemonía no había sido tocada o que conservaba, en lo esencial, su fuerza: el poder económico y el mediático.

Esta contraofensiva asumió formas distintas dependiendo del país, empero con elementos comunes: crítica a la presencia del Estado y de sus métodos de regulación, de los procesos e integración regional y con el Sur del mundo. Temas como la “corrupción” –centrado siempre en los gobiernos y en el Estado – el desabastecimiento, la autonomía de los gobiernos regionales contra la centralización estatal, las supuestas “amenazas” a la “libertad de prensa”, identificada por ellos con la prensa privada, etc. Pasada la sorpresa de la multiplicación de gobiernos en que el control del aparato estatal escapaba a su manejo directo, la derecha retomó la iniciativa.

En Brasil, con las campañas de denuncia contra el gobierno de Lula; en Venezuela, después del intento de golpe de 2002, en defensa de los monopolios privados de los medios de comunicación, la denuncia de la corrupción y el desabastecimiento; en Bolivia, contra la reforma agraria, la nueva Constitución y la utilización de los nuevos impuestos a las exportaciones de gas por parte del gobierno central para realizar políticas sociales; en Argentina, contra las reformas de control de precios y el desabastecimiento; en Ecuador, contra la nueva Constitución y las nuevas formas de regulación estatal.

Cuenta también con los dos principales gobiernos de derecha en la región –México y Colombia–, intentando abrir un proceso de privatización de la empresa estatal de petróleo Pemex, en primer lugar, intensificando el epicentro de las guerras infinitas en la región, en el segundo.

Luego de quedarse paralizada durante los años de expansión de la economía internacional, que favoreció la obtención de recursos del comercio exterior para intensificar sus políticas sociales, la derecha retoma la ofensiva también en este plano, de denuncias sobre los riesgos del regreso de la inflación; sobre la necesidad de nuevos ajustes, de elevar otra vez las tasas de interés, buscando volver a la prioridad de la estabilidad monetaria sobre la expansión económica.

La fase actual está marcada por el recrudecimiento de los enfrentamientos
entre los gobiernos progresistas y la oposición de derecha, en el plano político e ideológico. Las pretensiones de descalificación del papel del Estado ganan importancia central como tema aglutinador en el conjunto de debates y polémicas entre derecha e izquierda.

Se perfilan hoy en el continente países que siguen el esquema de un Estado mínimo –como México que intenta dar inicio a un proceso de privatización de la petrolera Pemex, como ejemplo del nuevo ímpetu privatizador del neoliberalismo en el continente – con Perú, adherido recientemente, así como Costa Rica y Chile, que pese a que está reparando alguno de los graves agujeros de su otrora modelo de jubilación privada, se mantiene como “caso” exitoso que es mostrado de esta vertiente, por un lado.

Por el otro, países que buscan la refundación sus estados, sobre la base de esquemas posneoliberales y posliberales, en el sentido de encontrar nuevas formas de representación política, más allá del formalismo liberal, como son los casos de Bolivia y Ecuador –ambos intentando fundar Estados plurinacionales, pluriétnicos y pluriculturales – y el de Venezuela.

Entre ellos se ubican países que ponen en práctica niveles de regulación estatal, sin reestablecer los Estados previos al neoliberalismo, pero frenando el desmantelamiento de los aparatos estatales y fortaleciendo capacidades sectoriales de regulación estatal, interrumpiendo los procesos de privatización anterior, fomentando el crecimiento del trabajo formal y recuperando el funcionariado público y los servicios públicos, en que los casos de Brasil y Argentina son ejemplos.

El destino del neoliberalismo en el continente no está definido. Continúa siendo hegemónico, sea por los países que mantienen ortodoxamente el modelo, sea porque persiste hegemónico en varios de los principales países del continente, de una u otra forma porque persiste preponderantemente, de una u otra – Brasil, México, Argentina, Colombia, Chile, Perú, Uruguay, Costa Rica- en un mundo dominado por el neoliberalismo. Su destino será decidido ante todo en los tres países con economías más fuertes. Entre ellos, mientras México avanza consolidando la hegemonía neoliberal, Argentina y Brasil preservan el modelo, con flexibilizaciones, aunque amenazados por fuerzas opositoras de derecha.

El espacio más significativo de construcción posneoliberal es la Iniciativa Bolivariana para las Américas (Alba), en la que participan Venezuela, Cuba, Bolivia, Nicaragua, más intercambios importantes con Ecuador. Construyen relaciones de intercambio solidarias, buscando responder a las necesidades y posibilidades de cada país, con formas alternativas a las leyes del “libre comercio” de la OMC, practicando lo que el Foro Social Mundial denomina “comercio justo”. Ése es un espacio típicamente posneoliberal, que depende de la consolidación de los procesos políticos en esos países.

(*) Profesor de la Universidad de San Pablo USP. Analista. Brasil.