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Fútbol, tribu y nación

Jun 17 2008

Por Joaquín Roy (*)

MIAMI, Jun (IPS) El sábado 7 de junio, en la ciudad suiza de Basilea se inició un certamen deportivo entre dieciséis equipos nacionales d fútbol que ocupa la atención del continente cada cuatro años. La llamada Eurocopa se alterna a su vez con el Mundial, cuyas eliminatorias para el torneo de 2010 comenzaran apenas se termine la competición europea el 29 de junio. A su vez, en el resto del planeta ya han comenzado los partidos que en un par de años definirán las 32 selecciones que se reunirán en Sudáfrica.

La atención recibida por estos acontecimientos, además de las réplicas continentales del torneo europeo (como la Copa América) es notable y ocupa montones de páginas de diarios y espacios televisivos y radiales. Sin embargo, es muy reciente el interés político, sociológico y económico del fenómeno, además del intelectual. Las bibliografías ya se nutren de estudios que tratan el tema con una rigurosidad apenas intuida hace pocas décadas, y solamente dedicada
por un puñado de escritores (Camús, Rafael Alberti, entre otros).

El fenómeno en este planeta globalizado ha rebasado los límites de lo meramente lúdico y deportivo. A pocos observadores con tino se les ha escapado el detalle del éxito de atención de algunos deportes universalmente extendidos, y del fútbol por antonomasia. El deporte, sobre todo el que se ejercita en equipo, es una continuación moderna del clan, la tribu, la civitas, la nación. Estas variantes de la colectividad humana han derivado en la historia a entidades que solamente parecen destinadas a relacionarse en la guerra. De ahí que su sustitución por unos aparentes juegos desde tiempos inmemoriales haya sido una alternativa experimentada en todos los continentes y
edades. Pero ha sido más acusado en el mundo moderno, como resultado de la conversión del deporte en una parte integrante de la urbanización, la revolución industrial, y la educación de las masas.

Aparte del ejercicio personal, por lo tanto, la dimensión más insólita de la instalación del deporte en general y del fútbol en particular en la vida de las personas y los pueblos es la identificación con un equipo, inclinación que se debe dividir entre el favoritismo por un equipo de barrio o ciudad, o por el seleccionado nacional. Se dice que uno puede cambiar de ciudadanía y nacionalidad, de consorte, puede incluso adoptar hijos o rechazarlos, trocar la religión, la casa de
residencia y el país donde se nace. Pero nunca se podrá cambiar de club de fútbol favorito.

Esta fuerza interna irresistible ha sufrido un golpe digno de estudio con la internacionalización imparable de los equipos. Es cierto que en todas las épocas los clubs más destacados (sobretodo en Europa) siempre contaron con la ayuda de estrellas extranjeras. Pero el desarrollo reciente de una de las bases de la Unión Europea (UE) ha llevado hasta el paroxismo la integración. A causa del llamado caso Bosman, la extranjería entre europeos ha sido eliminada.

Esta buena intención ha producido que hoy en día los mejores equipos de club compitan con una mayoría de no nacionales. El Arsenal de Londres ha llegado a jugar numerosos partidos sin un solo inglés. El FC Barcelona alineó en una ocasión a siete holandeses. Aunque se han puesto límites al número de los llamados «extracomunitarios», la
realidad es que argentinos y brasileños optan fácilmente por adquirir ciudadanías española o italiana. El intento de la FIFA por proponer un sistema llamado de 6+5 por el que se garantizaría un número mínimo de «seleccionables» nacionales se enfrentará en su momento con la UE si se considera como una violación de los tratados.

Esta internacionalización (no la europeización que se buscaba) de los equipos ha producido un fenómeno nuevo, que aunque siempre tuvo vigencia, en la actualidad ha cobrado más fuerza. Huérfanos de la identificación con un conglomerado de club poblado de «extranjeros» que van y vienen a su antojo, los aficionados están recobrando o
reforzando su lealtad o simple inclinación por los equipos nacionales. En los países netamente exportadores de jugadores (Argentina, Brasil, muchos africanos) la formación del equipo nacional es una recuperación de algo perdido por la globalización.

Este nuevo y sano nacionalismo no es malo. En la misma Europa que es marco de este torneo, donde los estudiantes cruzan fronteras sin pasaportes, ayudados por becas ERASMUS, hace pocas décadas los jóvenes de su misma edad se mataban en trincheras. Si hoy tienen otras alternativas, se lo deben a Jean Monnet y los fundadores de la UE, que
lucharon contra el nacionalismo suicida que casi destruyó a Europa. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy@Miami.edu).