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No hay que combatir a los pobres, sino a la pobreza

Jun 18 2008

Por Riccardo Petrella (*)

LOVAINA, Jun (IPS) La ingente (y justificada) aparición de problemas relacionados con el cambio climático, sobre todo el calentamiento global, en la vida cotidiana de los habitantes del planeta ha enfocado la atención de la opinión pública sobre temas que son de enorme importancia para el presente y el futuro de la humanidad. Se trata de temas heredados, ligados directamente a los requisitos previos fundamentales de la vida: el agua, la energía, el suelo, el aire.

Sin ellos, no hay vida. Con esos antecedentes, no constituye ninguna sorpresa que se vuelvan a plantear inquietantes
preguntas sobre el futuro de las ciudades, especialmente sobre el futuro de quienes viven en los suburbios indigentes del mundo, llámense chabolas, favelas, banlieus o villas miseria.

Basta con echar una ojeada al último Informe sobre desarrollo humano 2007/2008 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo sobre el cambio climático. Hay una cifra preocupante que ronda en la cabeza de la gente: en menos de 20 años, 2 400 millones de seres humanos vivirán en suburbios indigentes, lugares donde los occidentales pudientes no tendrían viviendo ni a sus gatos.

Limitándonos a los suburbios indigentes de los principales conglomerados urbanos de África, América Latina y Asia, se estima que en ellos más de mil millones de seres humanos «viven» en condiciones de pobreza duradera, violencia física, social y moral colectiva, exclusiones de todo tipo y negación de las normas mínimas de existencia dignas del calificativo de humanas.

En realidad, estos asentamientos reflejan el crecimiento disfuncional de las ciudades y son los elementos débiles y más vulnerables de nuestra actual civilización urbana. Mientras Londres puede gastar 1 200 millones de euros anuales para protegerse contra los riesgos de las inundaciones, tormentas y otras catástrofes naturales, recientemente los suburbios de Rangún y Bogolay en Birmania quedaron asolados por un ciclón que ha dejado más de 50 000 muertos. Sus habitantes eran, simplemente, pobres.

Echando la vista a los últimos treinta años (a partir del momento en que los países del Norte impusieron las Políticas de Ajuste Estructural al resto del mundo, no existe ninguna duda de que ni las clases gobernantes del Norte, ni las del Sur (sometidas a las primeras), tienen intención alguna de adoptar las medidas necesarias para promover la desaparición de los suburbios indigentes y transformarlos en lugares civilizados para seres humanos.

El escenario más probable para los próximos treinta años es el crecimiento «inevitable» de los miles de millones que integran la enorme población de los suburbios indigentes del mundo.

Eso significa que el mayor reto político para los próximos treinta años es el de la erradicación total de la pobreza del planeta; o más exactamente, la supresión de aquellos planteamientos y procesos que han conducido al creciente empobrecimiento masivo de las poblaciones mundiales. Significa asimismo que la solución a ese reto implica una redefinición completa y radical del futuro de las ciudades, a fin de devolver las ciudades a los ciudadanos.

¿Cómo? A través de una política que desplace las prioridades en cuanto a inversión y uso de los recursos locales y globales disponibles hacia la generación de riqueza colectiva en los suburbios indigentes, es decir, hacia la producción de bienes comunales: agua, educación, vivienda, agricultura para las necesidades locales, energías renovables, ahorro de energía, etcétera. Eso va exigir una batalla nueva/adicional en favor de la reestructuración global del actual sistema financiero, que es absolutamente verosímil y urgente.

¿Por dónde empezamos? Por los bienes comunales y concretamente por una estrategia mundial de «Agua para los suburbios indigentes» centrada en un planteamiento de agua potable en pequeños distritos de cooperativas de viviendas, dotadas de oportunos servicios de higiene. Los proyectos concretos podrían denominarse «Fuentes para vivir juntos». La financiación debería provenir de nuevos sistemas locales/regionales para recaudar impuestos locales sobre el ahorro y la renta, reforzados por una reducción del 10 % en los gastos militares, dentro del contexto de una política de desarme gradual y general. Evidentemente, esto último es algo que resulta difícil de lograr a corto plazo. No obstante, no significa que no sea urgente continuar trabajando en esa dirección.

¿Quién debería dar el primer paso? Los activistas de los distintos Nortes y Sures del mundo. Hay que insuflar nueva vida a la lucha, a nivel continental y global, por parte de las comunidades locales en favor de un mundo diferente, con especial atención al agua, la comida, la sanidad y la vivienda, teniendo presente que existe una gran diferencia entre los finales de la década de los 90 y los primeros años de este siglo: la gente tiene actualmente mucha mayor conciencia de los problemas de la vida en este planeta que hace algunos años, incluso la población «pudiente» del mundo. La gran oleada de revolución oligárquica conservadora que ha arrasado todos los continentes a lo largo de los últimos treinta años todavía no ha finalizado, pero el daño también está teniendo un efecto adverso sobre las vidas de
quienes tienen el poder.

Eso no significa que las clases gobernantes vayan a hacer cambios de raíz en el sistema. Van a intentar poner en práctica soluciones moderadas, paliativas (pensemos, por ejemplo, en el crecimiento del neocapitalismo verde y las fórmulas que la Unión Europea está proponiendo para combatir el calentamiento global) o soluciones que son peores que el problema (por ejemplo, tolerancia cero para los inmigrantes «ilegales» y la lucha contra los «pobres» y no contra la pobreza). Creo, no obstante, que no serán capaces de continuar, que fracasarán en su intento de bloquear de la lucha por la vida. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Riccardo Petrella, fundador del Comité Internacional para el Contrato Mundial del Agua y profesor emérito de la Universidad Católica de Lovaina.