General

COOPERACIÓN EN EL MARE NOSTRUM

Jul 28 2008

Por Joaquín Roy (*)

BARCELONA, Jul (IPS) En la vigilia del 14 de julio, fiesta nacional francesa, cuando recepciones tienen lugar en centros culturales, embajadas y consulados galos, nació oficialmente la Unión por el Mediterráneo. Se trata de una iniciativa (una más, pues es infatigable) del presidente francés Nicolas Sarkozy, ejecutada en el más puro estilo de la nueva dirigencia de París.

Consiste en una cooperación ambiciosa entre la Unión Europea y los estados (excepto Libia, claro) de la ribera sur del Mare Nostrum (que ahora debiera ser «de todos nosotros», y no solamente del emperador romano de turno).

El ambiente parisino, con un sol radiante, oyendo uno de los pocos himnos nacionales no aburridos y no cursis, proporcionó el escenario idóneo. Se agradece a Sarkozy la idea. De Estambul a Gibraltar, de Helsinki a Rabat, de
El Cairo a Dublín, todo son parabienes y espaldarazos. Todos los mandatarios, claro, ahora se apuntan el gol.

Pero todos soslayan pudorosamente que la decisión del presidente francés hace unos meses era un tanto distinta. Sarko, que apenas había dado broche final a su luna de miel con Carla Bruni, anunció su idea genial, simplemente
no reparando (o a propósito) en dos detalles.

El primero es que su proyecto original solamente implicaba a los estados europeos ribereños del Mediterráneo, con lo que de salida hizo que en Berlín, Londres e incluso en Estocolmo fruncieran el ceño con desconfianza. París quería organizar este proyecto para su mayor gloria, sin contar con la mayoría europea. Parecía como una doctrina Monroe: el Mediterráneo para los mediterráneos.

El segundo aspecto es que Sarkozy estuvo aquejado de lo que los sarcásticos diplomáticos españoles llaman «adanitis». Cuando los nuevos embajadores de Madrid llegan a un nuevo destino, uno de sus primeros comentarios a sus ayudantes es: «Tengo una idea que quisiera poner en práctica». Generalmente, los proyectos visionados son brillantes, ambiciosos, y por el bien de España. El problema es que la respuesta, comedida y respetuosa, de su
personal es frecuentemente: «Pues, mire, es una buena idea, pero ya se puso en marcha…» Generalmente, el nuevo diplomático responde con celeridad: «Sí, claro, pero mi proyecto esta vez funcionará». La historia de estas ideas está plagada de desastres.

Sarkozy tuvo el virus de la «adanitis» y le cost un par de semanas para darse cuenta de que el «invento», como la rueda, ya estaba inventado. Se trataba del llamado Proceso de Barcelona, conocido en su origen como la
Conferencia Euromediterránea, que se celebró en Barcelona por primera vez en noviembre de 1995, en plena presidencia española de la Unión Europea. El éxito de la iniciativa fue tal (por primera vez se reconoci la personalidad
de Palestina) que el ministro de Asuntos Exteriores de Felipe González, Javier Solana, fue catapultado a ser nombrado Secretario General de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y de allí pasó a ser el primer Alto Representante de la Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) de la UE.

El Proceso de Barcelona ha evolucionado desde entonces con las dificultades lógicas del escenario. La Declaración de Barcelona se proponía conseguir la sintonía de democracias, monarquías autoritarias, dictaduras y naciones sin
apenas Estado. Tres «cestas» pretendían dinamizar los partenariados (responsabilidad mutua, nueva marca de la EU) político y de seguridad, económico y financiero, y el social, cultural y humano.

El nuevo proyecto se ha propuesto atajar seis áreas prioritarias: la descontaminación del Mediterráneo (técnicamente, un lago de residuos); unas «autopistas» marítimas y aéreas que faciliten la comunicación ordenada y controlada; un programa ambicioso de protección civil para prevenir catástrofes; un plan «solar» de fuente energética; una universidad euromeditérranea; y un ambicioso programa de intercambio estudiantil en la senda del exitoso Erasmus.

Como es norma en los procesos europeos, la institucionalidad de esta nueva Unión se prevé, de momento, moderada, pero efectiva. Una cumbre bianual fijará las normas generales, mientras una co-presidencia (inaugurada por el mismo Sarkozy y el presidente egipcio Mubarak) servirá de ejecutivo inaugural. La guinda del proyecto es el establecimiento de una secretaría general que se encargue de la gestión cotidiana de la agenda y los proyectos encomendados.

A la vista de las reticencias, desavenencias y carencia de recursos de algunas pre-candidaturas del lado sur, las credenciales de Barcelona para acoger esa secretaría son notables. Además de haber sido el escenario inaugural de la «rueda» mediterránea, y contar con su bien ganado prestigio de los Juegos Olímpicos de 1992, la capital catalana se ha convertido en el centro de cruceros mayor del mundo, y cuenta con una ciudadanía bilingüe y multicultural (entre el 10 y el 17% de la población catalana es inmigrada).

Aunque la mención explícita de la ciudad desaparezca de la denominación oficial, la nueva criatura ya es conocida como «Barcelona-plus». Y si el protagonismo de Sarkozy es el precio, París siempre vale una misa, dicen los cínicos. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Joaquín Roy es Catedrático ‘Jean Monnet’ y Director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami (jroy@Miami.edu).