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LA ESPERA CUBANA

Sep 19 2008

LA ESPERA CUBANA

Por Leonardo Padura Fuentes (*)

LA HABANA, Sep (IPS) Algunos escritores y pensadores cubanos han
reflexionado sobre la agobiante presencia de la espera en la historia y la
vida cotidiana del país. El hecho de que desde la cristalización de la
nacionalidad, en el siglo XIX, los cubanos siempre tuviéramos que esperar
del futuro la llegada de algo que nos completara o que nos aliviara (la
independencia política, un mejor gobierno, el desarrollo económico, etc.),
hizo de esa vigilia del porvenir una actitud tan visceral que muchas veces
se tornó inconsciente y se integró como una parte armónica del carácter
nacional: casi todos los cubanos, al margen de credos políticos, sociales y
religiosos, hemos vivido, y vivimos, a la espera de algo.

Quizás el mejor modo de ver cómo y cuánto se ha integrado la espera al
subconsciente cubano está en la paciencia infinita que hemos desarrollado
para resistir las colas que durante cincuenta años hemos debido realizar
para cada uno de los actos de la vida cotidiana, aunque la verdadera
coronación de la espera como actitud vital se puede observar en la extendida
práctica de aniquilar el tiempo con el que tantos cubanos gastan sus horas
en cualquier sombra propicia, a la espera de algo (tal vez caído del cielo)
que les mueva la vida.

En los últimos dos años los cubanos residentes dentro y fuera de la isla
hemos vivido a la expectativa de los posibles cambios que se podían (o que
se debían) producir en las esferas económica, social y hasta política de la
polémica y atractiva isla del Caribe. La espera de esas transformaciones
llegó a tener momentos de alza dramática cuando a mediados de 2007 el
gobierno admitió la necesidad de cambios «estructurales y conceptuales» en
el modelo económico y social, y sobre todo cuando se oyeron voces que
públicamente reclamaban algunos de esos movimientos (en el congreso de la
Unión de Escritores y Artistas, por ejemplo) y cuando se comenzaron a
introducir algunas transformaciones y eliminar prohibiciones, aunque la
mayoría de ellas se ubicasen más a un nivel formal que en el universo
estructural o conceptual del modelo social. Pero la dilatada espera de
nuevos y más profundos movimientos soñados que no parecen llegar nunca ha
ido venciendo a las expectativas de meses atrás y ha vuelto a despertar la
inercia de la espera sin horizontes.

Uno de los cambios por los que se apostaba y que con más ansia se esperaba,
era el relacionado con el rígido y limitador mecanismo migratorio que deben
seguir los ciudadanos cubanos para viajar al extranjero (el llamado «permiso
de salida» sin el cual nadie puede cruzar legalmente las fronteras de la
isla). En ciertos círculos, incluso, se llegó a criticar abiertamente por
primera vez dentro del país- la existencia de esa onerosa autorización de la
cual depende la libertad y la posibilidad de viajar de los ciudadanos. Más
recientemente hasta se comenzó a hablar de su inminente derogación o de un
cambio, más realista para la lógica cubana, como sería la sustitución del
permiso por una autorización válida por dos años que se estamparía en el
pasaporte en el momento de su obtención.

Como casi siempre ocurre en los flujos que conectan a la base de una
sociedad con su superestructura, la insistencia de tantas personas en la
necesidad de eliminar el permiso de salida ha estado respondiendo a una
realidad social y económica que pugna por manifestarse, con independencia de
los discursos y argumentaciones oficiales que las retarden y las condenen a
la espera. Pero, como también suele suceder, cuando a una sociedad se le
cierra un camino, sus integrantes hacen lo posible por buscar una vía
alternativa, y eso es lo que ocurre en Cuba con respecto a la emigración
como reflejo no ya de antagonismos políticos, sino y sobre todo del
cansancio de la espera.

Para la lógica oficial cubana el deseo de emigrar no debería existir en un
ciudadano de la isla: el solo hecho de vivir en el país de mayor justicia,
equidad social, respeto a la dignidad humana deberían bastar para que nadie
quisiese abandonar la tierra electa por la historia. Sin embargo, la
realidad, más tozuda incluso que los discursos y estos pueden ser muy
tozudos- advierte de la tendencia al incremento de las acciones migratorias
y del patente aumento de las cifras de personas que salen de la isla por una
u otra vía, legal o ilegalmente, atraídos o no por esa Ley de Ajuste que
automáticamente acepta a todo cubano que ingrese en territorio norteamericano.

Lo más complicado en esa ansia migratoria es que con ella se está revelando
una de las más visibles manifestaciones del cansancio de la espera. Porque
si bien las migraciones forman parte de la cultura humana desde sus mismos
orígenes, en el caso específico cubano lo doloroso es que con ella se está
produciendo un fenómeno que compromete directamente a la esencia de la
sociedad actual y, sobre todo, a la sociedad del futuro, pues una cifra
considerable de los migrantes de las dos últimas décadas (y discúlpenme si
no manejo números, tan difíciles de conseguir para determinados aspectos de
la vida cubana) son jóvenes profesionales que desmotivados, desinteresados y
desconfiados (como advierte un estudio sobre el tema) deciden mover sus
expectativas hacia territorios que les parezcan más propicios.

Ese éxodo de los jóvenes, los inteligentes, los preparados es, sin duda, una
sangría del presente y del futuro cubanos. Incluso, es hoy una de las causas
que, entre otras, están provocando el decrecimiento de la población cubana y
su envejecimiento. Al parecer, para los más jóvenes el arte de la espera que
practicaron sus antecesores no es una opción con la que deseen jugar por más
tiempo. Lo que valdría la pena ahora es saber si la sociedad cubana puede
dilatar infinitamente sus esperas, mientras ve desgajarse a tantos de sus
mejores retoños. (FIN/COPYRIGHT IPS)

(*) Leonardo Padura Fuentes, escritor y periodista cubano. Sus novelas han
sido traducidas a una decena de idiomas y su más reciente obra, La neblina
del ayer, ha ganado el Premio Hammett a la mejor novela policial en español
del 2005.