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Brasil: vocación natural y voluntad de potencia

Mar 10 2010

Por José Luis Fiori (*)

Se acostumbra hablar de una vocación natural de los países y los pueblos que estaría determinada por su geografía, por su historia y por sus intereses económicos.

Pero al mismo tiempo, siempre existieron países o pueblos que se atribuyen “un destino manifiesto” con derecho a traspasar sus límites geográficos e históricos y proyectar su poder más allá de sus fronteras, con el objetivo de convertir, civilizar o gobernar a los demás pueblos del mundo.

Sin embargo, cuando se estudia la historia mundial, lo que se descubre es que nunca existieron pueblos con vocaciones inapelables, ni países con destinos revelados. Se descubre también, que todos los países que proyectaron su poder hacia afuera de sí mismos y consiguieron transformarse en “grandes potencias”, fueron en algún momento países periféricos e insignificantes dentro del sistema mundial.

Y se constata, además de eso, que en todos estos casos de éxito, existió un momento en que había una distancia muy grande entre la capacidad inmediata que el país disponía y su voluntad o decisión política de cambiar su lugar dentro de la jerarquía internacional.

Una distancia objetiva, que fue superada sin voluntarismos extemporáneos por una estrategia de poder competente, que supo evaluar en cada momento, el potencial expansivo del país del punto de vista político, económico y militar. Donde se debe deducir que existe una “voluntad de potencia” más universal de lo que se imagina, y que de hecho lo que ocurre es que la propia naturaleza competitiva y jerárquica del sistema impide que todos tengan el mismo éxito, creando la impresión equivocada de que sólo algunos poseen el destino superior de supervisar el resto del mundo.

Por imposición geográfica histórica y constitucional, la prioridad número uno de la política externa brasileña fue siempre América del Sur. Pero hoy es imposible para Brasil sustentar sus objetivos y compromisos sudamericanos, sin pensar y actuar simultáneamente en escala global. Partiendo del supuesto que terminó el tiempo de los “pequeños países” conquistadores (como Portugal o Inglaterra, por ejemplo) el futuro del sistema mundial dependerá, de aquí en adelante, de un “juego de poder” entre los grandes “países continentales”, como es el caso pionero de Estados Unidos, y ahora será también el caso de China, Rusia, India y Brasil; excluida la Unión Europea en tanto no sea un estado único.

En este juego, los EE.UU. ya ocupan el epicentro y lideran la expansión del sistema mundial, pero los otros cuatro países poseen por sí solos, cerca de un cuarto del territorio y casi un tercio de la población mundial. Y todos estos tres países están disputando hegemonías regionales, y ya proyectan –en alguna medida– su poder económico o diplomático, hacia fuera de sus propias regiones.

Pues bien, lo que se debe esperar, en la próxima década, es que Rusia se concentre en la reconquista de su antiguo territorio y de su zona de influencia inmediata; que la expansión global de China se mantenga en el campo económico y diplomático; y que la India siga comprometida con la construcción de barreras y alianzas que protejan sus fronteras, al Norte, donde se siente amenazada por Paquistán y por Afganistán, y al Sur, donde se siente amenazada por el nuevo poder naval de la propia China.

Desde ese punto de vista, comparado con estos tres países continentales, Brasil tiene menor importancia económica que China y mucho menor poder militar que Rusia y que la India. Pero al mismo tiempo, Brasil es el único de estos países que está situado en una región donde no enfrenta disputas territoriales con sus vecinos, y por esto es el país con mayor potencial de expansión pacífica, dentro de su propia región.

Además de ello es el único de estos países que contó –hasta aquí– con una doble ventaja con relación a los otros tres, des del punto de vista de su presencia fuera de su propio continente: en primer lugar, Brasil usufructúa de la condición de “potencia desarmada”, porque está situado en la zona de protección militar incondicional de los Estados Unidos; en segundo lugar, Brasil usufructúa de la condición de “candidato-heredero” a potencia, porque es el único que pertenece enteramente a la “matriz civilizadora” de los Estados Unidos.

Por ello, por cierto, la expansión de la influencia brasileña ha seguido hasta aquí la senda que ya fue recorrida por los Estados Unidos y por sus antepasados europeos. Sin embargo, además de esto es fundamental destacar que Brasil contó en este período reciente con el liderazgo de un presidente que trascendió a su país y proyectó mundialmente su imagen y su influencia carismática. Como pasó en otro momento, y en otra clave, con el liderazgo mundial de Nelson Mandela, que fue mucho más que el poder real y la influencia internacional de Sudáfrica.

En este sentido, lo primero que se debe calcular con relación al futuro brasileño, es que el fin del mandato del presidente Luiz Inácio Lula da Silva representará, inevitablemente, una pérdida en el escenario internacional, como ocurrió también con la salida de Nelson Mandela. Con la diferencia que Brasil ya está objetivamente muy adelante que Sudáfrica. Asimismo, para seguir adelante por el camino que ya fue trazado, Brasil tendrá que tomar, por lo menos, dos opciones fundamentales y de largo plazo.

En primer lugar, tendrá que decidir si acepta o no la condición de “aliado estratégico” de los Estados Unidos, de Gran Bretaña y de Francia, con directo acceso a la tecnología de punta, pero manteniéndose en la zona de influencia y decisión militar de Estados Unidos. En caso contrario, Brasil tendrá que decidir si quiere o no construir una capacidad autónoma para sustentar sus posiciones internacionales, con su propio poder militar.

En seguida Brasil tendrá que definir su visión o utopía, y su proyecto de transformación del sistema mundial, sin negar su “matriz originaria” europea, aunque sin contar con ningún “mandato” o “destino” revelado por Dios o por quienquiera que sea para convertir, civilizar o conquistar los pueblos más débiles del sistema. De cualquier forma, una cosa es cierta: Brasil ya se movilizó internamente y estableció nexos, dependencias y expectativas internacionales muy extensas, en un juego de poder que no admite retroceso. A esta altura, cualquier retroceso tendrá un costo muy alto para la historia brasileña.

(*) Profesor de economía y ciencia política en la Universidad pública de Río de Janeiro, es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso. Brasil. Artículo publicado en «Biácora» de Montevideo.