General

Tras la perestroika perdida

Mar 22 2010

Por Mikhail Gorbachev (*)

Hace un cuarto de siglo, la Unión Soviética iniciaba una serie de reformas políticas y económicas de históricas consecuencias. Hoy Rusia ve detenida la senda modernizadora y democratizadora por miedo a la inestabilidad y al caos.

La perestroika, la serie de reformas políticas y económicas que emprendí en la Unión Soviética en 1985, ha sido tema de acalorados debates.

Hoy día, la controversia ha adquirido más urgencia, no sólo por el 25° aniversario sino también porque Rusia nuevamente enfrenta el desafío del cambio. En momentos como este es apropiado y necesario mirar atrás.

Llevamos a cabo la perestroika porque nuestro pueblo y los dirigentes del país entendían que ya no podíamos seguir como hasta entonces. El sistema soviético había convertido a nuestro país en una gran potencia con una robusta base industrial.

La Unión Soviética era fuerte en las emergencias pero, en circunstancias normales, nuestro sistema nos condenaba a la inferioridad. Recuerdo mi conversación con Andrei Gromyko, el ministro de Relaciones Exteriores, pocas horas antes de la reunión del Comité Central que me eligió secretario general del partido en marzo de 1985. Gromyko coincidía en que se necesitaba un cambio drástico, por grande que fuera el riesgo. Teníamos que abandonar el sistema ideológico, político y económico rígido; el enfrentamiento con gran parte del mundo; y la carrera armamentista.

Recorrimos un largo camino en poco tiempo, pasando de un intento de reparar el sistema existente al reconocimiento de la necesidad de reemplazarlo. Nuestro principal error fue actuar demasiado tarde para reformar el Partido Comunista, y pronto se convirtió en un estorbo para nuestro avance. También cometimos otros errores. En el fragor de las batallas políticas perdimos de vista la economía, y el pueblo no nos perdonó por la escasez de productos de primera necesidad. No obstante, los logros de la perestroika son innegables. Fue la brecha para llegar a la libertad y la democracia.

Tras el desmembramiento de la Unión Soviética, los dirigentes rusos optaron por una versión más radical de la reforma. Su «terapia de shock» fue mucho peor que la enfermedad. Mucha gente quedó sumida en la pobreza; la salud, la educación y la cultura se vieron tremendamente afectadas. Rusia comenzó a perder su base industrial y su economía a depender de las exportaciones de petróleo y gas natural.

Para el cambio de siglo, el país estaba semidestruido y nos enfrentábamos a la perspectiva del caos. La democracia estaba en peligro. La reelección del presidente Boris Yeltsin en 1996 y la transferencia del poder al heredero designado, Vladimir Putin, en 2000 fueron democráticas en la forma pero no en la esencia.

Entonces comencé a preocuparme por el futuro de la democracia en Rusia. Comprendía que en una situación en la que la existencia misma del Estado ruso estaba en juego, no siempre era posible actuar de acuerdo con las reglas establecidas. En tales momentos, quizá se necesiten medidas decisivas y duras, e incluso rasgos de autoritarismo. Es por eso que apoyé las medidas que tomó Putin durante su primer mandato. No fui el único: del 70 al 80% de la población lo apoyó en aquellos días.

Pero estabilizar el país no puede ser el único objetivo ni el último. Rusia necesita desarrollo y modernización para convertirse en líder en un mundo interdependiente. El país no se ha acercado a ese objetivo, aun cuando durante una década nos hemos beneficiado con precios altos para nuestros principales productos de exportación, el petróleo y el gas. La crisis mundial golpeó a Rusia con más violencia que a muchos otros países, y la culpa es sólo nuestra.

Rusia avanzará con confianza sólo si sigue el camino democrático. En los últimos tiempos, ha habido una serie de tropiezos en este aspecto. Por ejemplo, todas las decisiones importantes ahora las toma el Poder Ejecutivo, mientras que el Parlamento se limita a poner el sello de aprobación. La independencia de la Justicia ha sido cuestionada. No tenemos un sistema de partidos que permita que gane una verdadera mayoría, se tome en cuenta la opinión de la minoría y se permita la existencia de una oposición activa. Crece la sensación de que el gobierno le teme a la sociedad civil y quisiera controlar todo. Ya hemos estado allí, ya hemos hecho eso. ¿Queremos volver a lo mismo? No creo que nadie quiera hacerlo, ni siquiera nuestros dirigentes.

Percibo alarma en el presidente Dimitri Medvedev cuando se pregunta: «¿Una economía primitiva basada en materias primas y corrupción endémica debe acompañarnos hacia el futuro?» También ha lanzado advertencias respecto de la complacencia en una sociedad en la que el gobierno «es el mayor empleador, el mayor editor, el mejor productor, su propio poder judicial . y, en última instancia, un país en sí mismo».

Coincido con el presidente. Coincido con su objetivo de modernización. Pero no se hará realidad si se deja de lado al pueblo, si se lo toma como mero peón. Para que las personas se sientan y actúen como ciudadanos, hay una sola receta: la democracia, que comprende el imperio de la ley y un diálogo franco y abierto entre el gobierno y el pueblo. Lo que impide el avance de Rusia es el miedo. En la población y en las autoridades hay temor de que una nueva ronda de modernización lleve a la inestabilidad e incluso al caos. En política, el miedo es mal consejero; debemos superarlo.

(*) Ex Presidente de la URSS y secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética. Rusia