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\»Ramadán es otro mundo\» en Palestina

Ago 17 2010

Por Jerrold Kessel y Pierre Klochendler

HIRBET DEIR, Palestina, ago (IPS) – El mes sagrado musulmán de Ramadán siempre es una bendición para Mohammad el-Baradiyeh, de 38 años, pese a las dificultades que padece en este caserío de Cisjordania.

El mes y medio previo a Ramadán es bastante bueno para él. Las autoridades israelíes le otorgaron un permiso con el que puede trabajar en Israel y ahorrar dinero para la festividad.

Un permiso de trabajo por medio año cuesta un tercio de lo que Mohammad gana por mes como obrero en el pueblo israelí de Bet Shemesh.

«Lo que me queda apenas me alcanza. Pero necesito el permiso para trabajar y alimentar a mis seis hijos», indicó.

Es toda una expedición llegar hasta el pueblo israelí, a unos 20 kilómetros de su casa.

Mohammad se levanta antes de las tres de la mañana. «Cuando amanece ya me fui de casa», contó. Toma un minibús que da muchas vueltas levantando pasajeros en otras aldeas cisjordanas, antes de llegar el puesto de control de Bet Guvrin.

Una vez allí tiene que hacer una larga fila con otros palestinos, que también tienen permisos de trabajo. En el mejor de los casos, está un par de horas antes de pasar la seguridad, incluida la máquina de rayos X. «Tengo que estar en el trabajo a las siete en punto», apuntó.

El mes de Ramadán, con los gastos adicionales que implica porque invitan familiares y amigos para la Iftar, la comida que rompe el ayuno diario, y la menor jornada laboral, es una época difícil para los palestinos.

Los jóvenes que no tienen permiso de trabajo se escabullen por el cerco, evaden los puestos de control y tratan de conseguir un trabajo cosechando almendras en los huertos de las comunidades rurales de los alrededores de Bet Shemesh.

Es plena temporada de recolección y se necesita gente. Ningún agricultor israelí hará muchas preguntas si alguien no tiene papeles.

El permiso de trabajo es como una póliza de seguro de vida para la familia. «Si no lo tuviera, estaría sentado en casa», señaló Baradiyeh, quien suele trabajar ocho horas al día.

El constructor árabe israelí tiene consideración especial con los palestinos en Ramadán y pueden trabajan hasta las dos y media de la tarde.

El Ramadán es un mes de culto, de autorreflexión y de contemplación. Cuando regresa a Cisjordania, el minibús se detiene para que los palestinos hagan su oración de la tarde.

Los viernes, que no trabajan, les gustaría poder ir hasta Jerusalén, a 35 kilómetros, para rezar en la mezquita de Al Aqsa. Los palestinos que no residen en la ciudad necesitan un permiso especial para rezar allí.

Los viernes hay decenas de miles de musulmanes en Al Aqsa. «Debes tener por lo menos 50 años, además del permiso. Es imposible. Ni me molesto en tratar de conseguirlo», señaló resignado Baradiyeh.

El Ramadán es un desafío cuando coincide con las altas temperaturas veraniegas porque no se puede comer ni beber ni fumar durante el día. Baradiyeh busca consuelo en la propia religión, «la fe en Dios, te da fuerzas», señaló.

Llega a su casa, sudado, saluda a su esposa y a su madre, se agacha para levantar al menor de sus hijos, un varón de ocho meses, se ducha y se pone una túnica rayada. Mientras, las mujeres preparan atareadas la Iftar.

Ubicado en tierras bíblicas, Hirbet Deir es un caserío tradicional de unas 10 casas. Sus 260 residentes, miembros de la misma familia extensa, parecen no haber experimentado el paso del tiempo.

Todas las casas tienen agua corriente y electricidad. Fueron razones de seguridad de quienes controlan el territorio las que permitieron que este lugar permaneciera en el limbo.

La tierra cultivable de Hirbet Deir quedó dentro del cerco israelí, una barrera construida para mantener alejados a posibles atacantes suicidas, según las autoridades.

«El cerco me costó 200 olivos y se tragó más de cuatro hectáreas de la tierra de mi padre», señaló Baradiyeh. «Trato de conseguir un permiso para llegar hasta mis árboles», indicó.

Este otoño boreal se le vence el permiso de trabajo y coincide con la estación de lluvias, cuando hay que recolectar las aceitunas.

Al anochecer se rompe el ayuno. Hay abundante comida sabrosa, cabritos hervidos, almendras y arroz frito, pollo relleno, además de dulces típicos.

Tras bendecir la comida, tomar el primer vaso de agua y tragar el primer bocado de hojas de parra rellenas, Baradiyeh dice: «Ramadán es otro mundo, un mes diferente a los otros, dedicado a Dios. Reafirma la fe, la tradición y las raíces. Toda la familia se sienta a comer junta, con el corazón más puro que la nieve». (FIN/2010)