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Repensando el arte de curar

Ago 23 2010

Por Santiago Bardotti (*)

¿Cómo lograr una medicina a la medida del hombre? Esta pregunta está en el centro de la obra del francés Georges Canguilhem, aquí revisada.

CIENCIA EN EL CUERPO. En medicina, dice Canguilhem, la aceleración de la invención técnica privilegia la novedad con respecto del uso.

Georges Canguilhem (1904-1995) pertenece a esa rara estirpe de hombres lúcidos. Fue un autor sobrio y sólido como el sistema educativo francés que le dio cobijo y al cual él mismo, con una obra paciente y duradera, devolvió con creces lo que había recibido.

De compañero de Jean Paul Sartre en L’Ecole Normale Superieure en un lejano 1924, a inspirador y consejero de un joven Michel Foucault, su obra es central a la hora de entender lo que conocemos por Historia de las Ciencias. Siendo un miembro reconocido y condecorado de la resistencia francesa durante la ocupación nazi en el mismo momento en que se doctoraba en Medicina, el lazo teórico tan presente en su obra entre la vida y la muerte en las ciencias de la vida («la vida es el conjunto de funciones que resisten a la muerte») toma así un inesperado costado novelesco y curiosamente autobiográfico.

En su propia obra, Canguilhem dedicaba espacio a la biografía de los grandes nombres; Claude Bernard, Louis Pasteur, Charles Darwin. No podía ser de otra manera si se trabaja con los materiales y métodos heredados, aunque más no sea para ponerlos patas para arriba. En especial en la historia de la medicina donde la historia de los grandes hombres pintados como héroes muchas veces parece la continuación natural de la hagiografía medieval.

Sin embargo los repasos biográficos son tramposos porque siempre apuntan a lo que va más allá de la anécdota y el azar del descubrimiento revolucionario; son tramposos porque van más allá incluso que las propias intenciones de los actores en cuestión (así puede decir, por ejemplo, que Copérnico, muy en contra de lo que se puede pensar, no era copernicano) e intentan desentrañar al método que excede a la vida misma.

Certezas y dificultades

Para Canguilhem el desafío de la Biología y la Medicina para constituirse como ciencias pasaba por la posibilidad de un determinismo que no sea un mecanicismo; de la posibilidad de dilucidar el problema de lo orgánico que no se deslice en un vitalismo.

Otro poco puede decirse de su propia filosofía: ¿cómo es posible un racionalismo que no se confunda con la aplicación de la técnica? Para el ámbito de la medicina que siempre permaneció en el centro de sus preocupaciones: ¿cómo lograr una medicina a la medida del hombre que se aleje tanto del antropocentrismo tradicional como del vitalismo remozado como New Age y que evite alienarle a los sujetos aún más el derecho a su propio cuerpo? Mediante el trabajo concienzudo.

Canguilhem, quien maneja con exquisitez el arte de la cita trae a colación a Leibniz: «Querría que en medicina la certeza fuera tan grande como la dificultad.» En el reciente volumen editado en castellano Estudios de historia y de filosofía de las ciencias, que reúne ensayos y artículos, aparece la célebre e impiadosa conferencia «¿Qué es la psicología?». Allí dice que esa pregunta es mucho más embarazosa para un psicólogo que la pregunta equivalente del filósofo acerca de qué cosa sea la filosofía. Mientras que la filosofía se constituye justamente a través del interrogante sobre su sentido y esencia, para la psicología la cuestión de su esencia o, más modestamente de su concepto pone también en entredicho la existencia misma del psicólogo, pues a este, incapaz de poder responder con exactitud qué es, le resulta muy difícil contestar qué hace, «no puede, entonces, más que buscar en una eficacia siempre discutible la justificación de su importancia de especialista… De hecho, muchos trabajos de psicología suscitan la impresión de combinar una filosofía sin rigor, una ética sin exigencia y una medicina sin control».

Palabras particularmente duras en un autor, quien no desprovisto de fina ironía, se caracteriza por su sobriedad.

No es de sorprenderse de la admiración de la psicoanalista Elisabeth Roudinesco, siempre atenta a las posiciones afines en las batallas del psicoanálisis (así el título de sus tres gruesos volúmenes dedicados a los avatares de Freud y continuadores). De todas maneras el panorama es complejo. No es fácil de asir la posición de Canguilhem.

En todo caso no se deja reducir a fórmulas (científico-no científico) o a la toma de partido, por ejemplo, en favor de la medicina en contra de la psicología o del psicoanálisis contra ambas; disputas más vale gremiales que otra cosa.

Canguilhem nos puede advertir que ciertos médicos, a la manera de ciertos filósofos que creen en una filosofía eterna, creen en una medicina eterna y sorprendernos después con una valoración de la tradición. Punto sensible si los hay.

Señala que en medicina, como en otras esferas de la actividad humana, la aceleración de invenciones técnicas devalúa cada vez más rápidamente la tradición; «lamentar este estado de cosas no significa necesariamente adoptar una actitud reaccionaria, pues la tradición no es sólo rutina y rechazo de la invención; también es, para cualquier invención, prueba de eficacia, discriminación progresiva de los beneficios e inconvenientes, exposición de consecuencias en un principio latentes, en suma, experiencia de uso. El capricho por el progreso técnico privilegia la novedad con respecto del uso.

El hombre reencuentra aquí, en una forma culta, una muy primitiva táctica del ser viviente, incluso unicelular: la de los ensayos y los errores, pero con la diferencia de que la reiteración acelerada de los primeros lo priva del tiempo necesario para educarse en el error. En lo sucesivo, la invención técnica se inscribe en el tiempo técnico, que es enloquecimiento y discontinuidad, y al margen del tiempo biológico, que es maduración y duración.» La obra de Canguilhem es una obra de alguien que se ha tomado el tiempo, que ha trabajado pacientemente y a conciencia. Su lectura, técnica a veces, placentera otras, invita al pensamiento y a repensar posiciones, en sacudir el sentido común de segundo grado que son ciertos conocimientos que nos aparecen sólidos y evidentes.

Como a todo maestro se le podrían aplicar las palabras de Fontanelle respecto a Descartes que a él mismo le gustaba citar: «A Descartes hay que admirarlo siempre y seguirlo a veces».

(*) Periodista. Argentina – «Bitácora» de Uruguay.