General

Wikiserie

Dic 10 2010

Por Alejandro Kirk *

Cuidado: tirar sin condón con desconocidas se ha vuelto un crimen internacional, moviliza a la Interpol y a brigadas enteras de policías. Así que vaya a la esquina y compre sus condones y se evita no sólo el SIDA y embarazos indeseados, sino también la cárcel.

Asi como el rey de los gangsters de Chicago, Al Capone, cayó en manos de Elliot Ness y los Intocables por su contabilidad, el fundador de Wikileaks, Julian Assange está ahora en el sartén por gozón, en un enredo conspirativo en que se involucra ahora a una supuesta cubana agente de la CIA. En otras palabras, si todo esto es cierto, el apuesto, astuto y ya legendario Assange cayó en la trampa del alcaraván, un pájaro del llano venezolano que pierde el sentido de auto conservación cuando se le cruza una alcaravana.

Pero, ya que estamos en el tema conspiraciones (en el cual absolutamente todos los humanos somos expertos) permítaseme la licencia de buscarle las cinco patas al gato: ¿y si todo esto fuera un tongo?

Vayamos pues a la vieja pregunta de los detectives: a quién favorecen o perjudican las revelaciones de Wikileaks. Los dos primeros impactos, sobre las muertes de civiles en Irak y Afganistán, catapultaron a Wikileaks a los noticieros mundiales. Aquellas revelaciones venían siendo documentadas por años por parte de organizaciones de derechos humanos y publicaciones de izquierda, y por la red circulaban miles de videos y fotos de las atrocidades contra civiles. Lo que las hizo célebres en Wikileaks fue que esta vez provenían de fuentes oficiales norteamericanas.

¿Qué pasó con las denuncias de Wikileaks? ¿Se abrieron comisiones en el Congreso norteamericano como ocurrió en los años 70 con los «Papeles del Pentágono»? ¿Salieron miles de personas a las calles a exigir que Barack Obama cumpla sus promesas sobre Irak y Guantánamo? Nada de eso. Más bien, se afinaron los procedimientos para impedir la fuga de información, y se hicieron purgas en los aparatos de defensa y seguridad.

Y la prensa, cada vez más obediente, focalizó no en los crímenes, sino que se escandalizó porque las denuncias ponen en peligro las vidas de quienes ayudaron a perpetrar los delitos. Es como si revelar las atrocidades de Pinochet fuera delito porque hace peligrar la estabilidad de las vidas de quienes estuvieron infiltrados en los grupos de la resistencia.

Las últimas revelaciones de Wikileaks revelan que los diplomáticos norteamericanos hacen lo mismo que todos los diplomáticos de todo el planeta: cuentan chismes y hacen comentarios a sus cancillerías. Pero llama la atención que hasta ahora ninguno de los miles de cables publicados revele algún pensamiento realmente sucio o malintencionado: todo son preocupaciones sobre la corrupción, el autoritarismo, Cuba, Venezuela, Irán, Corea del Norte o la depredación del ambiente. Al máximo, se constata que están plenamente vigentes personajes como «El americano tranquilo», de Graham Greene, dispuestos a hacer las peores cosas en aras de una causa tan noble como la democracia-propiedad privada. Como indica Noam Chomsky, el modo soberbio y racista de los diplomáticos norteamericanos, es considerado un comportamiento normal, de otro modo Estados Unidos no sería superior.

Y están, por supuesto, los medios elegidos para seleccionar y transportar la noticia. Para El País de Madrid, por ejemplo, son menos importantes las cárceles secretas de la CIA que la presencia de agentes de cubanos en Venezuela, a quienes dedican primeras planas y largos reportajes. Para el New York Times, en cambio, son importantes los chismes que hablan de la entrega de misiles Scud soviéticos por parte de Siria al grupo libanés Hezbollah. Sí, misiles soviéticos, no rusos, de los años 70. El famoso periodista británico Robert Fisk, desde hace 35 años corresponsal del diario Independent en Beirut, informa que Hezbollah dispone de armamento mucho más moderno y eficaz que los viejos misiles soviéticos, usados por última vez en la primera guerra del Golfo, en 1990, cuando 86 misiles iraquíes mataron a 29 personas: 1 israelí y 28 soldados norteamericanos.

A los Scud se agrega toda la chismografía sobre las importantes capacidades nucleares de Irán, que pondrían en peligro a Europa y al gran ausente de los cables de Wikileaks: Israel. Este país tan importante, una potencia nuclear, con uno de los ejércitos mejor armados del mundo, un agresor constante del pueblo palestino, el primer candidato a iniciar la guerra con Irán, pasa colado en los cables, sobre él no hay rumores ni preguntas.

De quien sí hay rumores y preguntas es sobre Irán: que no sólo Israel quiere destruirlo, sino también los vecinos árabes; que las elecciones fueron fraudulentas; que el Ayatollah Alí Jamenei está moribundo; que Corea del Norte le vendió piezas nucleares, y por último la guinda, que no puede ser sino el invisible y omnipresente al-Qaeda.

Sin duda, el arresto de Assange en Londres y las medidas tomadas en contra de Wikileaks conspiran contra esta mi teoría de la conspiración. Parece obvio que los gobiernos quieren deshacerse de este hombre que parece haber acorralado al poder sin disparar un tiro, poniendo a disposición de quien quiera descubrir los pozos de mierda, los instrumentos para hacerlo. Uno que lo admira y respalda es Daniel Ellsberg, el hombre que fotocopió uno a uno los documentos secretos que evidenciaban el carácter genocida de la guerra de Estados Unidos contra Vietnam en los años 60 y 70, en un proceso bastante más complejo que mandar un correo con información clasificada a través de una serie de servidores disfrazados que borran la huella de quien lo mandó.

De ser quien parece ser, Assange ha sido víctima de la treta más vieja del mundo del espionaje y la provocación: dos minas que se le ofrecen porque lo admiran y están dispuestas al sueño del pibe: un menage a trois. Pero ¿cómo llegaron a conocerlo? Assange , supuestamente perseguido desde hace meses por un grupo de 120 especialistas del Pentágono, vivía una clandestinidad sui generis, viajando y dando entrevistas y ruedas de prensa en las que aparecía a rostro descubierto, bien planchado, bañado y peinado, a disposición de sus calientes admiradoras pero no de los peludos investigadores yanquis. Centenares de personas sabían de esos encuentros con la prensa, menos los killers de la CIA.

Puede que sea pura suerte: no es la primera vez que la CIA y la corte de agencias de seguridad norteamericanas andan dando palos de ciego. Si hay algo que prueban todos estos documentos, es que no hay proporción alguna entre el inmenso presupuesto de seguridad de Estados Unidos y la supina ignorancia de sus diplomáticos acerca de los sitios donde están destinados. Como se sabe, para ser diplomático norteamericano en ocasiones no hace falta ni siquiera saber dónde está el país al que se va, y es factible sospechar que -como política de Estado- tampoco se debe estar muy interiorizado con las costumbres y valores de los pueblos nativos, no vaya a ser cosa que descubran novedades y hasta se identifiquen con ellas. Esto último es, por supuesto, pura especulación, basada en observaciones superficiales. En todo caso, lo importante no es que conozcan el país a donde van, sino que estén convencidos de la superioridad de su país y sepan decirles a los nativos lo que les conviene: apoyar a Estados Unidos.

Y fíjese en el detalle de que todo esto le cae precisamente a Obama, el negro que pintaba progresista. No es que haya hecho algo progresista desde el día en que asumió, pero a la derecha eso no le basta; ellos creen que si pudiera, Obama cumpliría con sus promesas: saldría de Irak y Guantánamo, pondría a la banca bajo control, impediría la persecución a los inmigrantes, organizaría un sistema equitativo de educación, salud y previsión, pondría freno a la voracidad de las transnacionales, privilegiaría la industria en lugar de la especulación financiera, restringiría el control monopólico de los medios de comunicación, reduciría la invención y producción de armas, promovería la democracia y no los golpes de Estado.

En parte gracias a Wikileaks, y en parte gracias Hillary Clinton, esos peligros no existen. La promesa de hoy es aumentar los controles para que nunca más se sepa nada de nada. En mi teoría de la conspiración -que reconozco es bastante arriesgada- Wikileaks se parece a aquellos falsos golpes de Estado africanos de los años 60, en que los dictadores contrataban a un grupo de mercenarios para ocupar la capital y tomarles fotos a los que salían a aplaudir.
En poco tiempo Julian Assange pagará su multa por tirar sin condón, y volverá a la profunda clandestinidad en la que estaba antes de su arresto (voluntario), para seguir informando ¿A quién favorecen sus revelaciones?

* Periodista independiente chileno-venezolano, colaborador de TeleSUR. Escrito para “El Ciudadano”, de Chile