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Las revueltas en países del Pérsico pueden bloquear el flujo de crudo

Mar 9 2011

Carlos Enrique Bayo *

Hasta el centinela de Ormuz se tambalea, y con él peligra la seguridad del estrecho por el que cruza el 40% de todo el crudo transportado en el mundo por superpetroleros. Omán, hasta hace muy poco considerado un tranquilo rincón del mundo árabe inmune a la oleada de protestas, está siendo sacudido por convulsiones socio-económicas a pesar de su elevada renta per cápita, unas siete veces más alta que la de Egipto.

Pero ni siquiera el coloso saudí es ya inmune a la epidemia revolucionaria, que le ha llegado desde su diminuto ahijado Bahrein, donde la sublevación de la mayoría chií ha contagiado a sus correligionarios en la región de Qatif, que posee los grandes yacimientos petrolíferos de Arabia Saudí y en la que también es mayoritario el chiismo, reprimido por la monarquía saudí que impone con puño de hierro un régimen integrista. Este viernes, lo que parecía imposible ocurrió: cientos de personas se manifestaron en los puertos saudíes de Sihat y Awamiya, y en la capital interior de Hofuf, en demanda de la liberación del clérigo chií Tawfiq al Amir, arrestado por haber reclamado una monarquía constitucional y medidas contra la corrupción que corroe al reino de los mil príncipes Al Saud.

Hace un mes, las autoridades saudíes liberaron a tres detenidos, tras una protesta chií en Awamiya. En cambio, el sábado (5 de marzo) el Gobierno de Riad advirtió contra toda nueva protesta (las manifestaciones siempre han estado prohibidas en el país) y el Ministerio de Interior anunció que las fuerzas de seguridad actuarán duramente contra cualquier “amenaza al orden público”. Cientos de furgonetas policiales bloquean las carreteras hacia la capital portuaria de la zona, Dammam.

Hasta los Saud tiemblan, porque la oposición interna ha convocado una jornada de la ira para el 11 de marzo y cuenta con reunir a 20.000 manifestantes en la llamada “Revolución Hunayn”, nombre del valle junto a La Meca en el que Mahoma libró su gran batalla contra la confederación de beduinos, en el año 630.

“Los chiíes saudíes van a mantener sus demandas de una mayor igualdad social, económica y religiosa”, sostiene Ayham Kamel, analista del Eurasia Group, “y eso presentará un desafío a largo plazo para la familia real Al Saud justo cuando tienen que afrontar un relevo generacional”. El rey Abdalá, de 87 años, ha regresado urgentemente de su convalecencia en Marruecos –tras ser operado en EEUU–, para hacer frente a la crisis con una inyección de 26.500 millones de euros en subidas salariales a los funcionarios, viviendas de protección oficial y becas para los estudiantes sin empleo. Pero el problema es que “los manifestantes árabes reclaman dignidad, no sólo pan”, subraya Shibley Telhami, especialista en Oriente Próximo de la Brookings Institution. Hace sólo dos semanas, Riad encarceló a siete activistas por el delito de querer formar un partido político (también prohibidos).

Pocas esperanzas reformistas despiertan los posibles sucesores de Abdalá: el fundamentalista príncipe Sultan, de 86 años, y el príncipe Nayef, de 77, que lleva ejerciendo de ministro de Interior desde 1965. La estabilidad de Arabia Saudí es crucial para mantener el suministro mundial de petróleo –aunque fue superado por Rusia en 2009 como mayor exportador de crudo–, ya que es el único que dispone de gran capacidad excedente: entre 3 y 3,5 millones de barriles diarios, con los que puede compensar ampliamente la interrupción del suministro libio. Sin embargo, eso acercará el día en que la creciente demanda mundial supere las reservas disponibles. Según The Economist, si Argelia dejase también de exportar, su compensación se tragaría toda la disponibilidad saudí y “propulsaría el precio del petróleo hasta unos terroríficos 220 dólares por barril”.

Omán sólo exporta 860.000 barriles de petróleo al día (una décima parte que el gigante saudí), pero siempre fue el guardián imprescindible para garantizar el paso de petróleo por el estrecho de Ormuz, que comparte con Irán. El régimen chií de los ayatolás amenaza desde 2008 con cortar esa vía vital para el suministro energético de Occidente, en caso de conflicto con EEUU o Israel, que intentan frenar a toda costa el programa nuclear iraní. Además, Omán ha logrado mantener buenas relaciones con Teherán, y hasta ha hecho de mediador en anteriores crisis. Pero ahora sufre de la misma enfermedad que los demás países árabes: las manifestaciones en el estratégico puerto de Sohar (segunda ciudad del país) reclamando empleo, mejores salarios y medidas contra la corrupción se han cobrado varias víctimas mortales. Las protestas se extendieron a la capital, Mascate, y ayer mismo el sultán Qabús bin Said destituyó a dos de sus ministros. Antes, prometió 50.000 nuevos empleos públicos, concedió un aumento de la prestación de desempleo y accedió a dar más poderes a la Majlis al Shura, la cámara electa que sólo es consultiva.

En realidad, el sultán Qabús aún goza del apoyo de la mayoría de sus súbditos, y hasta los sublevados en Sohar afirman no tener nada contra él, pues ha modernizado el país y ha instaurado un régimen tolerante y benevolente. Pero Omán también tiene el problema de la gran población inmigrante, 900.000 obreros extranjeros (en una población de tres millones) que a menudo “trabajan en condiciones infrahumanas, insalubres y peligrosas, por un salario de miseria, sin que el Gobierno los proteja”, explica el periodista Saleh al Shaibany.

Para garantizar el suministro de crudo desde el Pérsico, en Sohar se está construyendo un megapuerto industrial (en colaboración con el de Rotterdam) que “será uno de los diez más grandes del mundo, con capacidad para superpetroleros de 360 metros de eslora y 23 de calado”, asegura el ingeniero jefe, Tariq al Kiyumi. La idea es que gasoductos y oleoductos sorteen Ormuz, para cargar el combustible en el superpuerto de Sohar, en el que ya se han invertido 14.000 millones de dólares y que debería estar operativo en mayo. Eso evitará las elevadas primas de los seguros por cruzar Ormuz.

Pero el abastecimiento de crudo a Occidente corre muchos otros peligros.07 mar 2011.

*Redactor-jefe de sección internacional de “Público” de Madrid. Ha sido corresponsal en Moscú (1987-1992) y en Washington (1992-1996). Enviado especial en los conflictos de Afganistán, Camboya, Oriente Próximo y Armenia-Azerbaiyán.