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UNA EXPERENCIA PERSONAL CON LA JUSTICIA AMERICANA

Ago 31 2012

Roberto Savio*

Mucho se ha escrito, y se seguirá escribiendo, sobre las diferencias entre Estados Unidos y Europa. Es un hecho claro que uno de los puntos de ataque de Romney a Obama es el de querer hacer Estados Unidos “parecida” a Europa. Que este argumento tenga acogida en gran parte del electorado estadounidense, demuestra como Europa es percibida no sólo como distinta, sino como algo negativo.

De todas maneras, quiero contar una experiencia personal, que puede ser útil conocer, en el espero improbable caso que alguien se encuentre en una situación parecida.

Antes de nada, es bueno recordar que básicamente existen dos sistemas de derecho:

El implantado por los romanos y reactualizado por Napoleón, que se basa en códigos, en el marco de los cuales se mueve el juez, que no puede salirse de las normas establecidas. El otro sistema es el llamado Common Law, que nació en Inglaterra en la Edad Media y que delega en el juez la responsabilidad de emitir un fallo, pero en base a todas las sentencias que se han registrado anteriormente sobre casos similares.

En Estados Unidos se usa el Common Law, con ciertas adaptaciones locales, como por ejemplo que el procurador es un cargo elegido y no resultado de una carrera judicial, tal como los jefes de la policía, que también son sometidos al voto.

Lo que es cierto es que la proliferación de abogados y sus altísimos niveles de ingreso no tiene relación con ningún otro país del mundo.

Por ejemplo, un abogado puede representar a un cliente no solo cobrando un honorario, sino recibiendo también una participación en los eventuales beneficios del proceso. La madre de un amigo murió porque le hicieron una transfusión errada. El abogado colocó el juicio con una participación de 50% de la suma que el juzgado dictaminara.

Así, la profesión del abogado, según las estadísticas del Internal Revenue Service (el fisco estadounidense), es una de las más lucrativas del país. En las siguientes líneas, cuento mi experiencia.

Mi primeraesposa, Colette, que falleció en diciembre de 2008, había comprado seis años antes unos fondos de inversión reservado exclusivamente a extranjeros no residentes en Estados Unidos. Teníamos una cuenta corriente común en el Chase Manhattan Bank, donde se depositaban mis ingresos por mis trabajos en Naciones Unidas. Con la caída de la bolsa, habíamos resuelto, para liquidar el fondo de inversión, esperar a que el mercado volviera a su nivel anterior, pero Colette murió antes que esto ocurriera.

En el otoño del 2009, escribí al Banco –que entretanto se había transformado en Citibank–, para pedir que liquidaran la inversión y transfirieran su valor, que de U$ 50.000 inicial había bajado a 34.000, a la cuenta corriente del Hospital of Tanguiéta, un centro misionero de nutrición y atención a la infancia en el norte de Benín, donde yo había donado un departamento pediátrico a nombre de Colette. Cada año, envío 11 toneladas de alimentos para los más de mil niños muy desnutridos, que así son salvados de la muerte.

Un cortés funcionario del ahora Citibank, llamado Robert De Marco, me respondió instándome a probar que yo era el heredero de Colette para poder cumplir con mi pedido. Le envié un acta notarial, firmada ante dos testigos, conteniendo las últimas voluntades de Colette, entre las cuales me declaraba su único heredero. El documento tenía que someterse a traducción jurada y certificada por un tribunal con la “Postilla de la Haya”, o sea, un documento del tribunal que declara que el notario en cuestión existe, la firma es la suya, etc.

A partir de ahí se inició un dialogo que le hubiera sido un deleite para a Kafka. Cada vez que De Marco me contestaba, pedía otros documentos legalizados, traducidos, apostillados, con un considerable costo y tiempo: Certificado de defunción, de residencia, mi currículum vitae, declaración de mis antiguos superiores directos en Naciones Unidas que confirmase que yo había efectivamente trabajado con ellos, declaraciones de que ni yo ni Colette éramos residentes en Estados Unidos, que no teníamos otras propiedades en ese país. Todo esto durante más de un año de intercambio inútil.

Finalmente De Marco, que actuaba siempre siguiendo instrucciones del departamento legal del banco, me comunicó que ahora se requería un fallo de un tribunal italiano, que me nombraba como único heredero de Colette.

Obviamente, el tribunal de Roma rechazó el pedido. La justicia italiana podía intervenir solo si alguien impugnaba en contra mía el testamento de Colette. En tal caso podían emitir un juicio. Pero la existencia de un documento notarial, en el cual se recogía su última voluntad, con la firma de dos testigos, era lo que la ley italiana preveía en este caso.

Con mi abogado pensamos abrir un caso, de una impugnación de alguien en contra mía, para de esa manera tener la sentencia que el Banco reclamaba. No obstante, la decisión fue finalmente considerar que el sistema está ya tan saturado, que no logra emitir fallos en tiempo real. ¿Vamos a cargarlo más con imbecilidades solo para complacer a un banco americano? Y además, hay que estimar al menos tres años, con 5.000 euros de costos como mínimo.

Finalmente, resolví viajar a Nueva York para encontrarme con el señor De Marco y lograr entender que es lo que tenía que hacer. Él me explicó que se sentía muy incomodo, pero que no podía hacer sino lo que el departamento legal le indicaba. Pedí entonces hablar con esa sección del banco.

De Marco intentó coordinar una cita, pero la respuesta fue que ellos solo hablaban con juristas y por lo tanto, que les enviara mi abogado. De Marco me sugirió ir a la Corte de Nueva York y ver qué podía hacer para que en plazos breves, me extendieran el documento que el departamento legal del banco exigía. Añadió que por pedido de Marco Napoli –mi gran amigo, ex director de IPS Naciones Unidas, que había intervenido para ayudarme–, me había buscado un abogado para ocuparse de mi caso. Pero este se esperaba una compensación de U$ 10.000, lo que a De Marco le parecía una suma absurda tan solo para conseguir recuperar un capital de U$ 34.000.

Fui al imponente edificio de la Corte, llevando conmigo el cortés director de la oficina de IPS en Naciones Unidas, Thalif Deen, para descubrir que hacer. Solo podíamos hablar con una oficina de relaciones con el público. El encargado muy amablemente me informó que:

a) Los jueces solo hablan con abogados y no podía hacer ninguna consulta sin un jurista;

b) que estaba seguro que esto era una cuestión compleja y que me recomendaba que antes de dejar el país, designe un abogado para seguir mi caso.

Él no podía recomendar uno, sino solo darme el teléfono de la Asociación de Abogados de Nueva York. Le explique que me iba la mañana siguiente y que por lo menos me dijera como podía informarme de cuales abogados habían tenido casos similares en la corte.

Me explicó que esto tampoco era posible, pero que había en el mismo edificio, otra oficina que daba información a abogados. Si yo hubiese tenido un abogado, este hubiera podido ir a esta oficina y conseguir las informaciones que yo pedía. Le pareció muy lógica mi objeción que no podía nombrar un abogado para que buscara otro abogado, pero me dijo que él no podía hacer nada más. Le pedí como último favor que me dijera en qué términos legales precisos se colocaba mi caso.

Me lo escribió en un papel y de allí me fui directamente a la oficina en cuestión, donde había una afroamericana muy gorda, con la cual hice amistad. Le dije que yo era un periodista que estaba haciendo un estudio sobre casos de herencias, quería entrevistar a los abogados especializados. Le enseñé el papel de la otra oficina, con la descripción del caso que era objeto del estudio. La mujer abrió su computadora y me escribió cinco nombres de abogados, con sus direcciones y teléfonos.

Salimos de la oficina ya a la hora de almuerzo. Quedaba muy poco tiempo. Llamé a los cinco teléfonos y el estudio que me pareció más adecuado fue Pavia & Harcourt, en Madison Avenue.

Fui allí, donde un muy gentil Pavia, acampanado por otro igual de amable Amoroso, me escucharon y me explicaron la diferencia entre una liquidación de herencia en Italia y en Estados Unidos, donde básicamente la figura del escribano público no existe, siendo una corte la que tiene que fallar sobre la documentación que se presente.

Me presentaron la junior partner, una esplendida Cindy Belviso, que por tratarse de una cuestión sencilla iba a ocuparse de mi caso, para no subir demasiado los costos, ya que la herencia se destinaba por entero a beneficencia. Dejé un cheque de U$ 2.500 y me fui con una impresión muy positiva.

A partir de entonces, se abrió otro dialogo que habría sido la felicidad de Kafka. Había que enviar una inmensa cantidad de documentación, toda traducida y apostillada, entre las cuales la declaración de alguien que declaraba que me conocía desde un sinnúmero de años. Todo esto en varias copias y en base a una lógica jurídica esotérica. Por ejemplo, ya que en mi certificado de matrimonio resultaba casado en segundas nupcias, he tenido que declarar que el nombre y apellido de mi nueva compañera no eran un seudónimo de la difunta Colette, pese a haber enviado cinco copias de su certificado de defunción expedido por la municipalidad. Solo puedo decir que entre traducciones juradas, postillas de la Haya, documentos del notario, etc. he gastado más de 2.000 euros, sin hablar de la enorme cantidad de tiempo destinada a los tramites.

En un momento dado, los honorarios, acumulados llegaron a los diez mil dólares y el caso no estaba concluido. Le escribí al estudio, diciendo que esto estaba resultando mucho más caro de lo que había entendido en nuestra conversación. Pavia me responde diciendo que los costos de un proceso eran los mismos si se trataba de una cantidad menor, como en mi caso, o mayor.

Finalmente hace unas semanas, la corte falló positiva mente. Tampoco había oposición. El Banco le ha entregado al abogado Pavia, mi apoderado, un cheque por U$ 46.000 que era el valor de aquel día del Fondo de Inversión que mi amada Colette abrió diez años antes. De esa suma, el estudio Pavia descontó U$ 15.000 de honorarios.

Ante esto, escribí pidiendo si podían hacer alguna contribución para el hospital de Tanguiéta, sacada de la suma que habían retenido de la herencia de Colette. La respuesta fue que el estudio cada año hace contribuciones a una lista de beneficiarios y que su cuota de beneficencia ya estaba copada.

De todo este caso, se levanta la cuestión de que si Colette no era ciudadana estadounidense y no residía en Estados Unidos, sino en Italia, como le estaba claro al banco al emitir los fondos de inversión que solo podían ser para extranjeros y además no estaban físicamente colocados en Estados Unidos, sino en el Caribe, ¿por qué se aplicaba le ley de EEUU y no la del país de residencia del extranjero, donde además, el banco enviaba los informes trimestrales a Roma?

Es que las reglas norteamericanas se aplican a todo lo que diga relación con Estados Unidos, aunque tenga que ver con ciudadanos no estadounidenses que residen en otro país.

Otro caso, todavía más claro: el libro sobre IPS, que acaba de salir con Amazon.

Amazon ofrece una repartición de los ingresos acorde a la suma que el autor pague para entrar en el sistema. Mientras más alta sea la suma, el autor recibe un porcentaje mayor. Esto se debe a que un estudio ha concluido que la gran mayoría de los libros publicados por sus propios autores venden menos de 150 copias. En mi caso, pagué la suma máxima, obteniendo 60 % de la cuota de las ganancias, mientras el 40% quedaba para Amazon.

Este libro ha sido realizado enteramente fuera de Estados Unidos y se está vendiendo básicamente fuera de Estados Unidos, no obstante lo cual, ahora se descubre que tengo que pagar 32% impuestos al IRS sobre mis ganancias, mientras Amazon no paga nada. Pregunto: ¿Por qué un producto que se ha fabricado fuera de EEUU y se vende fuera de ese país, tiene que pagar impuestos al fisco estadounidense?

Moraleja: si tiene que hacer algo que de alguna manera, inclusive tangencialmente, pase por Estados Unidos, olvídese de la legislación nacional o del fisco de su propio país, porque se pasa a ser un ciudadano norteamericano, sin tener ninguna de las ventajas que esto puede significar. Pero sí con todos los inconvenientes.

(*) Fundador y presidente emérito de la agencia de noticias Inter Press Service (IPS). Publisher de Other News.

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