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De malas intenciones está pavimentado el camino al infierno

Nov 23 2012

RIVERA WESTERBERG*

“Sobre esta piedra construiré mi Iglesia…” Las mareas del tiempo cambian el perfil de las piedras; firmes rocas se convierten en canto rodado, vienen los vientos. Los hijos descubren que la madre hierática goza orgasmos, tiene secretos. Y sobre los altares predican reformadores. Uno de ellos, contemporáneo, el sacerdote Roy Bourgeois de la Orden Misionera Maryknoll, fue expulsado de la Iglesia romana.

El lunes 19 de noviembre de este 2012 se le comunicó al sacerdote Roy Bourgeois la sentencia de excomulgación de la Iglesia Católica por decisión de la Congregación Vaticana para la Doctrina de la Fe; la razón esgrimida es su decisión de no retractarse por su apoyo a la ordenación de mujeres como sacerdotes.

No es fácil —nada es fácil en la enmarañada moral codificada y legislación eclesiástica católica romana— explicar de buenas a primeras la excomunión; pero es posible decir que constituye una sanción de tipo, diríamos, salutífera para la vida de la Iglesia; consiste en la prohibición de ejercer determinados derechos y deberes, confirmando la exclusión (casi) total de los bienes espirituales de la Iglesia; se establece para castigar ejemplarizadoramente delitos muy graves.

(Delitos graves, tómese nota; no se conocen casos de curas paidófilos excomulgados por serlo; tampoco de dictadores y otros asesinos; ni de los que robaron bebés en la Argentina ni de los que los mataron en el vientre de sus madres en Chile; ¿acaso los mercenarios [al servicio de] en África, Iraq, Siria, Afganistán —y antes en Líbano o Yugoslavia— son los nuevos cruzados?).

Los espejos del tiempo

Lejos en el pasado caminaron, bebieron, cantaron y se atrevieron a desenmascarar el amor bajo los hábitos los goliardos; era la Europa de los siglos XII y XIII que se hacía al otro lado de los fosos castelares, en las aldeas, y camino a Jerusalén con la cruz entre las manos y la muerte en las alforjas; casi un anticipo popular al barroco que comenzaba su lento cocinarse de cuatro siglos en algunas ciudades de la península italiana.

El medievo fue oscuro, sí, en el peñón asiático que se abre hacia la mar del Oeste entre la fría Escandinavia y los olivares de España; no todo era oscuridad, sin embargo, la historia abre pasos; que se nos perdone la dudosa metáfora, pero como sucede con los espermatozides al fondo de la vagina se entablaba la lucha por atravesar la pared que conduciría al parto de nuevos mundos.

Los cantos del tríptico al que pertenece Cármina Burana en la estructura de Carl Orff ilustran esa desesperadamente gozosa transición que aguarda, y son tal vez —dentro de los límites de Europa— la primera manifestación de lo que hoy llamamos globalización, como que se cantaban en latín vulgar —lingua franca de la época— tanto como en lo que posteriormente serían alemán, y francés.

Los desnudos coros femeninos y masculinos de Catulli Cármina no dejan en materia de sexualidad nada al azar; reflejan que no se puede esconder en las espaciosas bibliotecas y refectorios conventuales el ejercicio pleno de la vida; dicen que lo obsceno es una categoría temporal condenada a deshacer se como las grandes composiciones rocosas expuestas a los elementos de la naturaleza.

Orff suma a las dos recopilaciones El triunfo de Afrodita, estrenada en 1951 y escrita mientras cañones, ametralladoras, hornos y aviones masacraban por igual a combatientes y durmientes. Conviene entonces considerar que si el amor se expresa en el quejido de los amantes entregados, esa entrega no sería posible si detrás no operaran las misteriosas pulsiones de nuestra creativa/destructiva especie. Quizá pueda pensarse en el amor como una guerra de poder, batallas que fatalmente culminan en la desnudez y los “ojos volados”.

Los delitos de Burgeois

Empero, así como el amor sexual es el triunfo de la carne que se entrega para ser victoriosamente derrotada, hay otro amor que lo contiene cuyo nombre es igualdad; se ama la diferencia que iguala, no se puede amar lo segregado, lo que es distinto.

“Como católicos, profesamos que Dios creó a los hombres y mujeres de igual valor y dignidad. Como sacerdotes, profesamos que la llamada al sacerdocio proviene de Dios, sólo de Dios. ¿Cómo podemos nosotros, como hombres, decir que la llamada de Dios que recibimos nosotros es auténtica, pero la llamada de Dios a la mujer no lo es?”

El sacerdote Roy Bourgeois, candidato al Premio Nobel de la Paz el 2009, es el fundador del movimiento por el cierre de la Escuela de las Américas, organización que él fundó como consecuencia del asesinato de los padres jesuitas de la UCA y dos mujeres hecho sucedido en El Salvador el 16 de noviembre de 1989.

Roy Bourgeois ha dedicado su vida a la causa de la justicia y la paz de los pueblos de América Latina y por lo tanto es un ejemplo a imitar por muchos otros cristianos, hombres y mujeres de las iglesias, que caminan al lado de su pueblo, y no de los poderosos, por un mundo con justicia social; no siempre el camino de la jerarquía eclesial.

Piensa el excomulgado:
“La exclusión de las mujeres del sacerdocio es una grave injusticia contra las mujeres y contra nuestra Iglesia ya que nuestro Dios es un Dios de amor que llama a hombres y mujeres a ser sacerdotes”.

Y suma:
“Frente a una injusticia, el silencio es la voz de la complicidad. Mi conciencia me obligó a romper mi silencio y enfrentar el pecado del sexismo en mi Iglesia. Lo único que lamento es que me tomó tanto tiempo para tomar una posición de cuestionar el poder y la dominación masculina en la Iglesia Católica”.

*Artículo difundido por SurySur, 23.Nov.2012

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