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Israel deshoja la margarita de la guerra

Nov 20 2012

Análisis de Pierre Klochendler
JERUSALÉN, 19 nov (IPS) – El ataque de Israel a Hamás parece una «remake» de la guerra de 2008-2009 contra la franja de Gaza. La diferencia radica en si intentará conseguir lo que no pudo la ofensiva anterior: derrocar de una vez por todas al Movimiento de Resistencia Islámica.

Para ampliar la operación, el ejército israelí convocó a 75.000 reservistas. Hace cuatro años se movilizaron menos de 10.000.

El secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Ban Ki Moon, viajó este lunes 19 a El Cairo, sumándose a los esfuerzos mediadores de Egipto para conseguir un cese del fuego entre Israel y Hamás.

El actual conflicto ya causó un centenar de muertos palestinos y tres israelíes.

Cuando lanzó la operación «Pilar de Defensa», el miércoles 14, con el asesinato del comandante del ala militar de Hamás, Ahmad Jabari, y la destrucción de la mayor parte de su arsenal de misiles Fajr de largo alcance, el objetivo declarado de Israel era, de algún modo, modesto: empujar al movimiento islámico a un cese del fuego a largo plazo que incluyera a todas las facciones islamistas, garantizando así la tranquilidad en su frontera sudoccidental.

Pero los medios empleados distan de ser modestos.

La fuerza aérea y la marina de guerra de Israel utilizaron lanzamisiles, búnkeres y centros de comando en cientos de ataques, 200 solo en la noche del viernes 16. Al día siguiente fue bombardeada la sede de Hamás, y este lunes 19 el edificio donde funcionaba el canal de televisión Al Aqsa.

A su vez, cientos de misiles cayeron en ciudades y poblados israelíes ubicados en un radio de 40 kilómetros de Gaza, matando a tres civiles. Por primera vez desde la primera Guerra del Golfo (1991), misiles de largo alcance llegaron al área metropolitana de Tel Aviv, sin causar daños.

«Todas las señales sugieren que Israel se ha fijado un objetivo relativamente modesto: una tregua a largo plazo», escribió el analista de defensa israelí Ron Ben-Yishai en el periódico centrista Yedioth Ahronoth. Pero no hay señales plausibles de que Hamás esté listo para semejante tregua.

Hace cuatro años, al inicio de la operación «Plomo Fundido», Israel todavía gozaba de una relativa libertad de acción y del apoyo de Occidente.

Un factor que podría limitar a sus Fuerzas Armadas ahora es el riesgo de que la ofensiva conduzca a un uso aún más desproporcionado de la fuerza y a una indiscriminada matanza de civiles palestinos.

En la guerra que se desarrolló entre el 27 de diciembre de 2008 y el 18 de enero de 2009 murieron 1.400 palestinos, 300 de ellos menores de 18 años. En un informe divulgado en septiembre de 2009 por una comisión investigadora liderada por el juez Richard Goldstone, Israel fue acusado de crímenes de guerra.

Entonces, el gobierno israelí argumentó que había restablecido su capacidad de disuasión. En efecto, períodos de calma se alternaron con otros de tensión. Este año, con 750 misiles lanzados contra Israel por las guerrillas palestinas antes de la actual escalada, los paréntesis de tranquilidad duraron cada vez menos.

Además, hay una consideración importante en los planes de contingencia israelíes para un eventual ataque por tierra: la Primavera Árabe ha cambiado la región, cercando a Israel en sus fronteras del norte y del sur y atizando la sensación de inseguridad prevalente en el país.

En el plazo de una semana, bombardeos errantes lanzados por el ejército de Siria contra posiciones de grupos rebeldes de ese país aterrizaron en los altos del Golán, ocupados por el Estado judío, sumándose al ataque con misil que Hamás se atribuyó contra un jeep israelí, el «fósforo» que, dice Israel, encendió el conflicto actual.

Israel tomó represalias dos veces, bombardeando posiciones sirias. También enfrenta ataques guerrilleros desde el Sinaí, una región egipcia adyacente a la franja de Gaza.

De ahí que la actual ofensiva también busque poner a prueba la reacción de Egipto, cuya cooperación es necesaria para mantener en vigor el tratado de paz de 1979, así como la estabilidad en el Sinaí y en Gaza.

Al retirar al embajador egipcio de Israel y solicitar la intervención de Estados Unidos y de la Liga Árabe, el presidente Mohammad Morsi pareció mostrar su preferencia por la diplomacia. El viernes 16 envió al primer ministro Hesham Qandil en una breve visita de solidaridad a Gaza.

El motivo ulterior de Israel puede ser simplemente ese: no solo enviar un mensaje de disuasión a Hamás a través de Egipto, sino mostrar al mundo árabe –incluida la organización chiita libanesa Hezbolá– y más allá, incluso, a Irán, que el Estado judío todavía es fuerte y ataca cuando se siente amenazado.

En términos generales, la operación es funcional a los intereses de ambos adversarios. Sirve a Israel en parte porque, mientras continúe, deja de ser un problema acuciante la intención del presidente de la Autoridad Nacional Palestina, Mahmoud Abbas, de que la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) apruebe a Palestina como estado no miembro.

Luego de haber evitado que facciones palestinas más extremistas bombardearan Israel durante cuatro años de incómoda «cooperación» de seguridad con el Estado judío, Hamás finalmente puede recolocarse como vanguardia de la resistencia contra la ocupación.

Además, el desconocimiento de Hamás con una tregua impuesta por Israel constituye una táctica deliberada para arrastrar a los militares israelíes hacia Gaza, en una «remake» de la guerra de 2008-2009, con la esperanza de que la invasión despierte el oprobio internacional.

En la noche del viernes 16, se lanzaron misiles Fajr contra Jerusalén y cayeron en la Cisjordania ocupada.

Al menos en teoría, la arriesgada política de Hamás podría conducir a lo que no consiguió la anterior guerra de Gaza: que ese movimiento sea derrocado tras cinco años de mandato, y reemplazado por la ANP de Abbas.

Pero Hamás e Israel saben bien que es improbable que la ANP asuma el control de la franja en esas condiciones. Y también es muy difícil que, habiéndose retirado de Gaza voluntariamente en 2005, Israel quiera volver a ocuparla.

Además, con los antecedentes negociadores del primer ministro Benjamín Netanyahu, el período de gracia que disfruta Israel tendrá corta vida si el mandatario ordena una invasión total de Gaza.

Por último, la perspectiva de que en dos meses Netanyahu sea reelecto puede tener un efecto moderador sobre la ofensiva, si bien es funcional a los cálculos del primer ministro que la seguridad –y no a la paz ni los asuntos sociales– ocupe en un lugar prioritario en la agenda de la campaña electoral.

Después de todo, que Israel siga enredado en Gaza por tiempo prolongado y muy cerca de la fecha de las elecciones puede poner en riesgo las chances electorales de Netanyahu.

Sin embargo, mientras Hamás se niegue a acordar una tregua con Israel, la ofensiva continuará, con todos sus peligros de una confrontación más profunda y agresiva. (FIN/2012)

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