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¿Nos volveremos a enamorar de la política?

Jun 18 2013

Por Esteban Valenti (*)

El otro amor no está en discusión, es la principal sal, azúcar y elixir de la vida, en la pregunta me refiero a una frase muy utilizada últimamente, el enamoramiento de la política, del proyecto, del relato histórico.

Es una interrogante de las más difíciles, me cuesta mucho formularla porque me involucra, me embiste directamente, al plexo, al corazón, al alma y naturalmente hay que tratar de resolverla con la mente.

¿Estábamos enamorados? No tengo la menor duda, y puedo decirlo en plural: estábamos enamorados, muy enamorados, hasta el límite de arriesgarlo todo, de jugarnos todo a ese relato, a esa política, a esa aventura. No era ni un enamoramiento solamente uruguayo, ni era sólo de mi generación. Era una forma de relación y de pasión con la política de una época.

Otra cosa que me cuesta reconocer es que no era un amor unidireccional, la extrema polarización, la guerra fría y caliente que se peleaba en diversas latitudes producía un choque violento de enamoramientos. Y esa es una primera condición esencial: en política y en muchas cosas de la vida, hace falta tensión, mucha tensión y contradicción. No hay enamoramientos planos, al menos en política.

Esas tensiones han cambiado, tienen otros signos, se expresan en guerras calientes con pocas connotaciones ideológicas y muchas religiosas y económicas, en oriente medio, en los países árabes y del norte de Africa, en Africa. Y el conflicto de 60 años en Colombia, que ya no conmueve ni enamora, al contrario.

Las tensiones en América Latina entre los diversos gobiernos progresistas o de izquierda, con notorias diferencias entre si, tampoco son motivo de desbordante amor, al menos en estas latitudes. Ni siquiera Cuba cumple hoy ese papel, solo lo hace para un reducido sector, más por nostalgia que por otra cosa.

De todas maneras habría que definir que es enamoramiento, y los diferentes grados de su crisis. No todo es igual.

Es una definición totalmente personal, y supongo que en cada caso tendrá una dosificación diferente. Era esa visión racional, romántica y emocional de que valía la pena el esfuerzo, el sacrificio, el estudio, la entrega, la pegatina, la apasionada oratoria en las reuniones, (en las que además se participaba), en las asambleas y la constante batalla política ideológica, con amigos, vecinos, conocidos, con todo lo que se cruzara por delante. Era una actitud cotidiana y asumida con entusiasmo y sentido de culpa si no se cumplía. Valía la pena la clandestinidad, la cárcel, la tortura, el exilio, la lucha, todo era lucha.

Era una estrecha relación entre la pasión por la lucha política y todo lo demás, la vida familiar, el amor, la amistad, la cultura, el arte, la actividad profesional. Era la política ocupando un espacio vital en nuestra existencia. Para algunos esa pasión llegó hasta empuñar las armas, matar y hacerse matar.

El motor era el objetivo, el proyecto revolucionario y liberador, las ideas, pero también era el propio camino, la aventura, era un círculo que se alimentaba a si mismo. Eran factores inseparables. La pasión por las ideas impulsaba la militancia y la militancia le daba más valor y sentido a las ideas y los objetivos.

Eran además objetivos finales, era una meta a la que se llegaba y se cambiaba todo, radicalmente y sobre todo, definitivamente y todos los grandes problemas que había aquejado a la humanidad a lo largo de toda la historia, se terminaban. Por lo tanto se terminaba la historia, la explotación del hombre por el hombre y nacía un hombre nuevo, con otros valores, principios y sensibilidades. El balance cada uno lo ha hecho o lo sigue haciendo en su fuero íntimo o en sus opiniones e ideas.

Ese proyecto total y definitivo ya casi no existe. Por la razón del artillero, porque las principales municiones se agotaron bajo los escombros de un muro, o porque recuperamos el sentido crítico que nunca debimos haber perdido y analizamos los procesos de cambios e incluso las revoluciones y el socialismo como metas siempre inalcanzables. No por aquello de la utopía, que suena muy bien poéticamente, sino por tener los pies en la tierra y en la historia.

Nunca fue tan útil aquella frase de Antonio Gramsci de utilizar el pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad. El problema es que hay grandes dosis de razón y pocas raciones de voluntad. Hablamos de una época, de esta época en la que la política para millones de seres humanos en todos los rincones de la Tierra, es algo totalmente ajeno a sus vidas, del que se sienten o indiferentes o desilusionados. Hay una crisis constante entre la sociedad, la sociedad civil y la política, y los actores políticos, que a veces se salva con la aparición de algunos líderes.

Soy pesimista, creo que no habrá al menos por mucho tiempo una recuperación del enamoramiento, que no hay voluntad posible para construir un reverdecimiento de aquellos impulsos, que a lo sumo podemos manejar adecuadamente ciertos compromisos sociales, culturales e ideológicos. Y que los intentos a veces muy voluntariosos y voluntaristas de imponer el amor hacía la política, tienen el efecto contrario.

En Uruguay los resultados que hemos obtenido en la mayoría de los frentes de nuestra batalla por los cambios, han sido altamente positivos. En la economía, en los indicadores sociales, en la mejora de las oportunidades, en los derechos y libertades, en la derrota de la cultura de la decadencia impuesta por décadas de gobiernos tradicionales decadentes y eso se refleja en el alto nivel de apoyo que tiene la izquierda, el Frente Amplio en la opinión pública. Pero eso está lejos de ser amor.

Ni siquiera en los históricos , las decenas de miles, posiblemente algunos cientos de miles de izquierdistas que desde hace varias décadas apoyamos y trabajaromos con entusiasmo y pasión por nuestro Frente Amplio. Hoy la miramos, la observamos, la catamos desde lejos. Cada uno a distancias diferentes y con insatisfacciones diversas.

Asumimos los éxitos, los defendemos en muchos ámbitos, pero no nos conforman ni estamos conformes con nosotros mismos. Y lo que es peor no tenemos espacios donde expresarnos, a no ser en una encuesta, en alguna red, en una conversación en el trabajo, la facultad, el centro de estudio, la familia, los amigos. Y en general es un concurso de quien acumuló más críticas. Eso no quiere decir que apoyemos a los otros , estamos lejos y ni siquiera las criticamos, es como si la derecha jugara en otra división, casi otro partido.

Procesos complejos explicados simplemente son siempre un fracaso asegurado. También las explicaciones interesadas y mucho más la demagogia. Este tipo de situaciones, que tienen un largo proceso de gestación universal y nacional necesitan análisis profundos, serios y muy críticos.

La sociedad no se enamorará de la política por si sola, la política tiene un papel fundamental en la capacidad de invertir esta tendencia, un poco, algo o mucho. No a la inversa. Tampoco es tarea de la academia, hay que apelar a ella para conocer e investigar, pero es la política la que tiene la responsabilidad. Los intelectuales tienen en todos los procesos que relacionan la sociedad en su conjunto con la política y con el poder un papel fundamental. Los intelectuales son hoy uno de los sectores más desenamorados de la política y sobre todo de los políticos.

Podríamos comenzar un cómodo proceso a los intelectuales, se ha hecho en otras épocas con cadalsos incluidos, pero es la política la que tiene que buscar dentro de si misma las ideas, la fuerza, los proyectos, los dirigentes, los métodos para darle impulso a nuevas formas de pasión por las causas comunes, por los relatos compartidos, para las tareas públicas y sociales. Lo que no creo es que volvamos al pasado, ni con la mayor de las nostalgias.

(*) Periodista, escritor, coordinador de Bitácora y de uypress.net. Uruguay. Ex coordinador general de IPS.

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