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Redescubrir los valores europeos

Ago 21 2013

Marian Popescu – Adevarul Bucarest

El proyecto europeo no llega a salvar el abismo que existe aún entre los países de Europa Occidental y los de Europa Central y Oriental. Tal y como opina un escritor rumano, para ello es necesario que la Unión y los Veintiocho realicen un gran esfuerzo de comunicación sobre lo que les une.

El reciente informe del eurodiputado Rui Tavares sobre la situación de los derechos humanos en Hungría, al igual que sobre cómo lo ha recibido el Gobierno húngaro, vuelve a plantear la cuestión de la viabilidad del proyecto europeo tras la caída del Telón de Acero. Hungría y los recientes acontecimientos que han tenido lugar en el país no responden a las expectativas de Bruselas.

Se puede afirmar lo mismo de Rumanía o de Bulgaria, de Eslovaquia por su tratamiento de la cuestión de los gitanos, de Francia sobre la misma problemática, o de Gran Bretaña por su modo de abordar el derecho al trabajo de los rumanos y los búlgaros… Y podríamos seguir.

No se trata de contabilizar las irregularidades y las imperfecciones, sino de observar que lo que parecía la encarnación del sueño de un buen número de dirigentes políticos europeos periódicamente se transforma en neurosis gubernamentales dentro de los países miembros. Y sucede lo mismo en Bruselas.

Los textos de los tratados fundacionales [de la UE] se enfrentan cada vez más a realidades incompatibles con la filosofía de una Europa unida. Porque el proceso de elaboración de las leyes a escala comunitaria es demasiado lento o demasiado generalista, al contrario que la realidad que genera rápidamente nuevos contextos de supervivencia. Velar por el respeto de estos amplios paquetes legislativos comunitarios es estresante y además éstos resultan estar desfasados con respecto al entramado político interno de los Estados miembros.

Esta inadecuación destaca también la incapacidad de Bruselas para transmitir los valores del grandioso proyecto europeo: los frecuentes sondeos realizados en distintos países miembros revelan una percepción (demasiado) débil de los valores apoyados por la UE. Las estrategias de comunicación del Parlamento y del Consejo Europeo no son tan eficaces como podríamos esperar. Los Estados que se unieron a la UE entre 2004 y 2007 hablan un idioma distinto del que emplean los demás cuando evocan la democracia, el mercado, los derechos humanos o la transparencia; son muchas las nociones aún marcadas por la imagen de las «barricadas» detrás de las cuales lo que aún queda de la barbarie comunista se protege de las embestidas de un mundo occidental imperfecto.

Alfabeto extranjero

Lo que parecía ser y ha sido para muchos la perfección compacta de las sociedades cerradas del Este, de repente se sustituyó por un nuevo mundo inexplicable, por un alfabeto extranjero que tuvo y aún tiene que aprenderse de memoria. El esfuerzo era enorme, comparable al que fue necesario realizar tras la caída del Muro para que la RDA [Alemania del Este] se situara «al nivel» de la RFA [Alemania del Oeste]. Tras un decenio y unos gastos colosales, los resultados apenas eran esperanzadores. Hoy se siente lo mismo con respecto a las «nuevas democracias» de Europa del Este.

Por otro lado, Bruselas no parece comprender muy bien que la razón de Estado funciona de un modo distinto en estas democracias; hoy se les exige no sólo que se pongan en pie y hagan funcionar un Estado que pueda reflejarse en el espejo de Bruselas, sino que además se reconozcan ellas mismas en ese reflejo. El modelo de la razón de Estado que estudió Michel Foucault para los siglos XVII y XVIII, se basaba en la limitación del «exceso de Gobierno», cuyo instrumento operativo será la economía política hacia finales del siglo XVIII. Esta política iba a volver a centrar las filosofías de los Estados en torno a la idea de la prosperidad, del Estado del bienestar: un término desconocido en la Europa del Este después de 1945.

Esta gran laguna, puesta en escena con una habilidad diabólica, generó bajo el socialismo-comunismo un tipo de gobierno que atrofió en gran medida los instintos de los miembros de esas sociedades en materia de afirmación individual, de espíritu de competición y de responsabilidad de sus propios actos.

Antiguos y nuevos Estados miembros

La políticas comunitarias también deben enfrentarse no sólo a los famosos desfases entre antiguos y nuevos Estados miembros, sino también a las consecuencias de la búsqueda exclusiva del beneficio a corto plazo. Hoy estas consecuencias son abrumadoras: el valor del trabajo, de la inversión en la formación, la regulación del mercado laboral según las nuevas polarizaciones económicas que surgen en el mundo requieren una capacidad de reacción mucho más rápida.

Y cuando por fin se produce esa reacción, como por ejemplo en el caso de la agricultura, de la pesca o las industrias creativas, los esfuerzos para traducirla en un paquete legislativo comunitario engendran desfases y reacciones sociales en toda la UE.

Europa sigue siendo en gran medida una Europa de Gobiernos y no una Europa de los pueblos. Es necesario volver a descubrir los valores europeos. La comunicación de esos valores debería ser el mayor objetivo de la UE. Si se deja en manos de los Gobiernos y de instituciones especializadas, la comunicación seguirá careciendo de creatividad y Europa lo único que hará será alejarse cada vez más de nosotros.

Sólo una visión creativa de los Gobiernos podría volver a encarrilar el proceso de una Europa unida bajo el signo del desarrollo personal de cada ciudadano de los países miembros. Lograr cosas sencillas (un trabajo, un hogar, un nivel de vida aceptable) es la única vía hacia la consecución de cosas más complejas. Únicamente cuando el gobierno de un Estado logre convencer a todos de que su hogar es el de todos los demás, el desafío habrá sido correctamente asimilado por todo el mundo.21 agosto 2013

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