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El significado para Europa del tercer mandato de Merkel

Oct 7 2013

Por Yanis Varoufakis (*)

Unos días antes de las elecciones federales alemanas, el comentarista norteamericano Bob Kuttner llamó a la Canciller alemana Angela Merkel a usar la victoria electoral para cambiar de rumbo en relación a la Periferia.

Centrándose en Grecia, Kuttner se sumaba al coro de analistas que han instado a un Plan Marshall acompañado de un generoso grado de condonación de la deuda como segunda fase del programa de austeridad presupuestaria y reformas impuesto a Grecia en estos tres últimos años.

Kuttner llegó incluso a sugerir el nombre de Plan Merkel, a fin de que la Canciller dejara para la posteridad un legado de genuina firmeza, en vez de ser permanentemente recordada, al menos en el Mediterráneo, por su implacable dureza de corazón para con los ciudadanos de los países arruinados cuando la arquitectura europea se reveló deficiente.

El problema de la noble sugerencia de Kuttner es que Alemania no puede permitirse tal magnanimidad. Pues resulta imposible imaginar que Grecia reciba un tratamiento terapéutico combinado de condonación de la deuda e inversiones a gran escala sin que se proceda a tratamientos similares cuando menos de Portugal e Irlanda, los otros dos Estados miembros caídos que hay que decirlo se han hundido menos en el abismo de la deuda que Grecia y han desplegado desde entonces un entusiasmo moral harto superior en punto a adoptar medidas de austeridad.

¿Cómo podría Merkel mirar siquiera a los ojos a los irlandeses y explicarles por qué Grecia recibe, primordialmente de parte alemana, un fresco paquete multimilmillonario mientras ellos siguen bajo la nube de la austeridad? ¿Cómo podría decirles que, mientras al gobierno griego se le perdona la devolución de préstamos aprobados por el Parlamento de Atenas con pleno conocimiento de la dimensión y la naturaleza de los mismos, mientras que al pueblo irlandés, al que jamás se le consultó sobre los odiosos pagarés emitidos por su gobierno a favor de corruptos bancos privados debe seguir devolviendo la totalidad de aquellos préstamos ilícitos?

Análogamente con los portugueses: ¿es libre Merkel de exhibir ante el pueblo portugués un cambio tan cordialmente generoso en relación con los griegos tras tres años de compromisos transpartidistas merkelianos con el progreso-a-través-de-la-austeridad? No, a menos que pueda ofrecer a Portugal una condonación de deuda parecida y similares inyecciones inversoras.

Merkel lo sabe. Sabe, también, que si pusiera en marcha un Plan Merkel para Grecia, Irlanda y Portugal, las repercusiones que ese Plan tendría para España e Italia serían poderosas y de largo alcance. Italia, un país que se las ha arreglado para mantenerse muy cerca del límite de déficit fijado en Maastricht (3% del PIB) y que es un gran exportador de valor añadido está ya sufriendo por las restricciones fijadas por Bruselas, que la empujan a la recesión. Podría seguir aguantándolas, si, al propio tiempo, se lanzara un Plan Merkel à la Marshall en Grecia, Portugal e Irlanda? ¿Y qué pasaría con España? Aceptarían el gobierno de Madrid o su electorado la idea de que mientras el desempleo español rebasa la marca del 30%, los vecinos portugueses experimentan un auge inducido por el Plan Merkel?

La bienintencionada propuesta de Kuttner no encontrará, pues, abogados en Berlín, por tentador que a la propia Merkel le pudiera resultar dejar para la posteridad el generoso legado de un Plan Merkel. Dicho llanamente: un Plan Merkel debería ofrecerse al conjunto de la Eurozona, puesto que el grueso de los Estados miembros podrían presentarle a Berlín exigencias razonables de asistencia. Pero Alemania no podría permitírselo. Para financiarlo, Merkel tendría que encontrar al menos 300 mil millones de euros anuales durante una década o así. Aun si los otros países excedentarios, más la tambaleante Francia, llegaran a convencerse de la necesidad de aportar la mitad de esa suma, eso significaría que Alemania tendría que bombear cerca del 4,5% de su PIB al resto de la Eurozona en el contexto del Plan Merkel. Si se recuerda que el Plan Marshall costó anualmente a los EEUU el 2,5% de su PIB, queda clarísimo que el Plan Merkel es un puente tendido a orillas demasiado lejanas.

No es sólo el coste del Plan Merkel lo prohibitivo. La economía alemana se enfrenta a una oleada de problemas, cuyo impacto ha de dejarse sentir muy, muy pronto. Y cuando ello ocurra, no habrá Canciller alemán, por muy preocupado que esté por su legado a la posteridad, que se atreva a decirle al Bundestag que Alemania debe financiar un Plan Marshall bautizado con el propio nombre.

El primero de esos problemas que vienen en avalancha es la anticipada disminución de la demanda china de bienes de capital alemanes. A medida que la inversión china se vaya apagando su actual nivel es insostenible dado el nivel de demanda efectiva para los productos chinos , la capacidad de Alemania para substituir la caída de demanda de la Eurozona (sobre todo de Italia y de España) con demanda adicional china se desvanecerá substancialmente.

Hay también una crisis en gestación debida al crecientemente elevado coste de la energía; el combustible de que se nutre la industria pesada alemana orientada la exportación. En Tejas, donde yo vivo y trabajo ahora, las grandes transnacionales alemanas (BASF, por ejemplo) están construyendo gigantescas plantas nuevas de producción a expensas de la inversión en Alemania. A medida que el diferencial de precios entre Alemania y los EEUU, pero también entre Alemania y el resto de Europa, crezca, la economía alemana notará cada vez más el pellizco.

El tercer mandato de Merkel se verá también plagado de inquietud política suficientemente grande como para que sea siquiera pensable plantearse un Plan Merkel para la Eurozona. La demografía del país genera tensiones en los sistemas de hospitales, jubilaciones y seguridad social. Entretanto, las masas crecientes de alemanes que viven en la pobreza y trabajan en micro-jobs sin salida y corrosivos del espíritu difícilmente aceptarán de buen grado un Plan Merkel para países a los que la prensa alemana y buena parte de los políticos alemanes incluidos varios aliados de Merkel vienen pintando desde hace tres años como socios europeos manirrotos, prontos a endeudarse e indignos de confianza.

El dilema del tercer mandato de Merkel

Aceptado que Alemania no puede permitirse pagar por la eurocrisis, ¿qué puede hacer Merkel en su tercer mandato para prevenir la desintegración de la Eurozona y el efectivo desmantelamiento de la Unión Europa que sin duda traería esa desintegración consigo?

Aunque es claro que Merkel no quería hacer mucho más (es decir, que le gustaría seguir con su política de extender y pretender [1] e ir tirando), sabe perfectamente que, tarde o temprano, los efectos de su política presentarán factura y que la integridad de la Eurozona se tambalea presionada por las placas tectónicas en deriva bajo la superficie.

Una opción considerada por Merkel y sus colegas es la de amputar e imprimir , esto es: volver a la idea de una mini unión monetaria, expulsar a países como Grecia y Portugal e imprimir suficientes cantidades de euros como para inundar de liquidez los mercados monetarios de la Eurozona. Ese es un juego peligroso, como bien sabe Merkel, que provocaría con toda probabilidad la muerte del eje franco-alemán, pues el proceso de amputación secuencial de Estados miembros de la Eurozona no puede sino terminar con una Francia obligada también a salir. Y puesto que el eje franco-alemán es el eje en torno al que ha venido girando la Unión Europea desde que nació como cártel del carbón y el acero, Europa tal y como la conocemos ahora empezaría a girar fuera de control.

Pero hay una segunda opción, propuesta por Stuart Holland, J.K. Galbraith y yo mismo. La llamamos Una modesta proposición para resolver la crisis de la eurozona , y creemos que ofrece a Merkel soluciones inmediatas, factibles en el marco jurídico europeo presente y, sobre todo, no precisadas en la financiación de la condonación de deuda y de las inversiones necesarias en la Periferia de la ayuda del contribuyente alemán. La idea es desplegar las instituciones existentes evitando todos los movimientos a los que muchos europeos se oponen garantías nacionales, transferencias fiscales y penosos cambios en los Tratados vigentes y que podrían ser rechazados por los electorados. Tomadas de consuno, esas cuatro políticas no constituyen un Plan Merkel, sino un New Deal europeo. Como su antecedente norteamericano arrojaría resultados positivos decisivos en cuestión de meses, aun tratándose de medidas que cabrían totalmente en el marco constitucional con el que se ha comprometido el gobierno alemán.

1) Un Programa Bancario caso por caso podría sortear el impasse al que se ha llegado en el asunto de la Unión Bancaria: se trataría de una europeización secuencial de los bancos en dificultades que ahora se hallan bajo la jurisdicción de Estados miembros fiscalmente acorralados. Uno a uno, los bancos periféricos en dificultades irían yendo a parar al regazo del Mecanismo Europeo de estabilidad, el cual, en colaboración con el Banco Central Europeo, supervisaría su recapitalización, su liquidación o su fusión, antes de revenderlos al sector privado. De ese modo, la gravosa deuda soberana podría desacoplarse de las recapitalizaciones bancarias rápida pero secuencialmente, permitiendo la realización de una unión bancaria propiamente dicha sólo cuando estuviera genuinamente preparada para un mecanismo común de resolución que incluyera a todos los bancos. Y una vez culminado ese proceso, y los bancos convenientemente saneados, el MEE vendería sus participaciones en los bancos saneados recuperando (muy probablemente con intereses) el capital que los contribuyentes europeos habrían puesto en el proceso de saneamiento de su (ahora unificado) sector bancario.

2) Un Programa Limitado de Conversión de Deuda, con el BCE en el papel de administrador de un simple Programa de Conversión de Deuda para cada Estado miembro que optara a participar. El núcleo del asunto sería que el Banco Central pagara (en vez de reducirse a hacer compras ) una porción de cada bono público próximo al vencimiento proporcional a la deuda pública del Estado miembro en cuestión dentro de los límites permitidos por el Tratado fundacional de la Eurozona (a partir de ahora, MCD, por las siglas de su nombre oficial en inglés: Maastricht-Compliant Debt). Para financiar esos pagos (o esas condonaciones), el BCE emitiría sus propios bonos en su propio nombre, únicamente garantizados por el BCE pero pagaderos, en su totalidad, por los Estados miembros por encargo de los cuales los habría emitido el BCE. Lo que se haría de esta guisa: tras la emisión de los bonos del BCE, el BCE abriría simultáneamente una cuenta de débito para cada Estado miembro que participara, cuenta a la que el Estado miembro en cuestión estaría obligado a hacer depósitos para cubrir los cupones de los bonos del BCE y el principal. ¿Y quién respaldaría los bonos del BCE en caso de quiebra de un Estado miembro? Por lo pronto, las cuentas de débito de cada Estado miembro deberían disfrutar de lo que se conoce como un status de super-antigüedad frente a todas sus demás deudas (es decir, que serían las primeras pagadas por los Estados miembros, si no pueden pagar todas sus deudas a todos sus acreedores). En segundo lugar, el MEE haría un seguro contra la quiebra total, garantizando las devoluciones de cada Estado miembro participante en su cuenta de débito en el BCE. En suma: los Estados miembros gozarían reducciones a gran escala de los tipos de interés (habiendo refinanciado su MCD a tipos bajos asegurados por el BCE) sin mayor coste ni para el BCE ni para Alemania. En vez de monetizar la deuda o hacer que los contribuyentes alemanes tengan que pagar las deudas de otras naciones, el BCE jugaría un papel de intermediario entre los Estados miembros y los mercados monetarios con garantía del MEE. Adicionalmente, las emisiones de bonos por parte del BCE ayudarían a crear un gran mercado líquido para los títulos europeos que promovería el status del euro como moneda de reserva.

3) Un Programa de Inversiones de Recuperación y Convergencia para ayudar a mover los ahorros europeos ociosos canalizándolos hacia las inversiones productivas y, más genéricamente, reciclando de los excedentes globales en emprendimientos robustecedores de la productividad en aquellas partes de Europa que más lo necesiten. Para hacer eso a un nivel comparable al New Deal de FDR en 1933-27, todo lo que Europa necesita es otorgar los oportunos poderes al Banco Europeo de Inversiones (BEI) para administrar ese programa de inversiones sirviéndose de su gran capacidad para emitir sus propios bonos BEI (movilizando así su ahorro ocioso con propósitos de inversión) hasta cubrir el 50% de un masivo programa paneuropeo de inversiones, mientras que el BCE, por encargo de la Eurozona, respaldaría el otro 50% de las inversiones del BEI. Esa es la forma de inyectar inversión en la renqueante Eurozona, sin necesidad de pedir a los contribuyentes alemanes que paguen la factura.

4) Un Programa de Solidaridad Social de Emergencia para subvenir a las necesidades humanas básicas causadas por la crisis y financiado por fondos ahora acumulados en las arcas del sistema bancario central europeo y generados por las mismas asimetrías que contribuyeron a causar la crisis. [2]

Cuatro políticas para enfrentarse a las cuatro crisis interrelacionadas que sufre Europa, cuatro políticas que implican la acción de instituciones ya existentes y que no precisan de cambios en los Tratados, ni de garantías alemanas sobre la deuda de otras naciones, ni de estímulos financiados con impuestos, ni de monetización de la deuda por parte del Banco Central, ni siquiera de mayores compromisos de una familia europea sobre todo Alemania poco inclinada a contraerlos.

Si Merkel está seriamente interesada en su legado a la posteridad, debería adoptar la propuesta que se acaba de mencionar. Eso haría de su tercer mandato un sinónimo de la renovación que Europa necesita sin hipotecar el futuro PIB de Alemania ni comprometerse con opresivo matrimonio fiscal, que no desean ni franceses ni alemanes. Todo lo que se precisaría es una reorientación de las instituciones europeas ya existentes. Lo único que falta es la voluntad de hacerlo. ¿Por qué ?, me preguntarán ustedes.

La triste respuesta ha de buscarse en el ámbito de la política. La tragedia de Europa es que quienes tienen el poder para rediseñarla, y haciéndolo, salvar el eurosistema (como la Señora Merkel en su tercer mandato), corren el riesgo de perder mucho poder negociador dentro de la Eurozona si lo hacen. Dicho sucintamente: si la Señora Merkel usa su poder para estabilizar la Eurozona conforme a líneas del tipo que se acaba de mencionar, estará al propio tiempo perdiendo el exorbitante poder de la Cancillería alemana (dentro del Consejo Europeo) para dictar la política al resto de Europa. Así que no es probable que lo use en su tercer mandato, con el resultado de que una Eurozona perfectamente salvable seguirá desmoronándose. Con inmensos costos humanos y a mayor gloria y beneficio de matones por el estilo de los griegos de Alba Dorada.

Epílogo

En julio pasado publiqué un artículo en el Handelsblatt llamando a una Alemania hegemónica y no autoritaria. Viniendo de un autor griego vehementemente opuesto a las políticas de Alemania, ese artículo provocó una reacción considerable. Pero mi argumento era muy sencillo. Si Europa quiere prevenir su propia desintegración, Alemania tiene que llegar a jugar un papel similar al que jugaron los EEUU luego de la II Guerra Mundial. Merkel tiene la opción de hacerlo adoptando políticas como las sugeridas en nuestra Modesta Proposición, sin coste alguno para el contribuyente alemán y con enormes beneficios para Europa, también para la propia Alemania. Pero mucho me temo que no hará tal cosa. Creo que persistirá en la actual política de prolongar (la crisis) y pretender (que ha sido superada) . Y si es así, su tercer mandato pasará a la historia como una oportunidad trágicamente perdida.

NOTAS: [1] Extender y pretender es la consigna favorita de los banqueros cuando buscan esconder el hecho de que algunos grandes préstamos concedidos a alguna gran empresa o a algún Estado es convertido en no-operativo . En vez de admitir que han perdido sus fondos, conceden un segundo y aun un tercer o un cuarto préstamo a la parte efectivamente quebrada. Así, extienden los préstamos y pretenden que el servicio de los mismos está funcionando y al día. [2] Mientras hablamos, cada vez que un portugués compra un Volkswagen o un griego traslada sus ahorros a un banco alemán (temiendo la quiebra de su banco griego), el Sistema Europeo de Bancos Centrales registra (en un sistema contable llamado TARGET2) un activo neto a favor del Banco Central alemán (la Bundesbank). Al terminar el año, los Bancos Centrales de Grecia y Portugal pagan a la Bundesbank intereses por esos pasivos (que son, huelga decirlo, activos de la Bundesbank). Ese interés acumulado es un reflejo de los desequilibrios dentro de la Eurozona y empeoran cada vez más a medida que avanza la Eurocrisis. En este respecto, nuestra Modesta Proposición es que esos pagos de intereses, que no son sino reflejo de la Crisis, se canalicen hacia la financiación de las necesidades alimentarias y energéticas básicas de las víctimas de la Crisis. Repárese en que ni un solo céntimo de ese dinero saldría de los bolsillos del contribuyente alemán. Todo lo que proponemos es que el Tesoro alemán (que es ahora el receptor final de esos pagos de intereses) deje de beneficiarse del sufrimiento de los pueblos de la Periferia.

(*) Economista greco-australiano de reputación científica internacional. Es profesor de política económica en la Universidad de Atenas y consejero del programa económico del partido griego de la izquierda, Syriza. Actualmente enseña en los EEUU, en la Universidad de Texas. Su último libro, El Minotauro Global, para muchos críticos la mejor explicación teórico-económica de la evolución del capitalismo en las últimas 6 décadas, acaba de ser publicado en castellano por la editorial española Capitán Swing, a partir de la 2ª edición inglesa revisada. Una extensa y profunda reseña del Minotauro, en SinPermiso Nº 11, Verano-Otoño 2012.

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