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La era de la guerra sin fin

Jul 21 2014

Por Claudio Martyniuk (*)

Flabián Nievas. El sociólogo sostiene que, en contraste con otros momentos históricos, la guerra actual ya no enfrenta estados sino a fuerzas irregulares.

La sospecha permanente

Las guerras cambian sus rasgos pero no encuentran fin, como tampoco la destrucción que provocan. No se ha cumplido la expectativa de Kant, enunciada en 1795 de que los estados, mediante un uso racional de la fuerza dejarán de recurrir a la guerra de agresión y darán inicio a una época de madurez de la humanidad caracterizada por él como de paz perpetua . Tampoco fue efectiva la iLniciativa del presidente estadounidense Woodrow Wilson, quien al finalizar la Primera Guerra Mundial propuso considerar a la guerra como un crimen contra la paz. Y, en un sentido sustantivo, poco aleccionadora ha sido la aniquilación sin precedentes que se registró durante la Segunda Guerra. Como lo consigna Flabián Nievas, un sociólogo especializado en esta forma de conflictividad extrema, la guerra aunque muta nunca ha dejado de estar presente en la historia.

En esta entrevista, en la que se piensa sobre la guerra, nos brinda un retrato realista sobre el uso de la fuerza y de los dispositivos de vigilancia.

¿Qué clase de primavera se vive en los países árabes?

-Geopolíticamente Siria, y los países árabes en general, son del sur, pese a estar en el norte. La primavera de unos es el otoño de otros. La primavera árabe, nacida de una revuelta genuina en Túnez, muestra su verdadera cara en Siria, como lo mostró en Libia: un movimiento alimentado desde el norte y algunos vecinos aliados para desestabilizar regímenes tiránicos relativamente autónomos, con el afán de imponer regímenes tiránicos relativamente heterónomos. El horror y los muertos los ponen los locales; los extranjeros observan, proveen de muerte, y aguardan sus ganancias futuras. El estancamiento del conflicto, producto del incierto rumbo de las fuerzas opositoras, lo ha eliminado de las primeras planas, algo habitual cuando a los occidentales norteños la realidad les resulta esquiva a sus intereses.

¿Y en Ucrania intervienen factores similares?

Sí, hay intereses de ese mismo tipo que están tensionados actualmente en Ucrania. Allí se actualiza un viejo problema: el establecimiento de límites en las zonas de influencia . Crimea fue el escenario de una de las más cruentas guerras decimonónicas, aquella vez entre Rusia y la coalición turca-británica-francesa. El problema era el mismo: el acceso de la flota rusa a los mares interiores eurasiáticos y, a través de ellos, a los océanos Atlántico e Indico. La tensión actual es tributaria de un anacronismo; cuando Gueorgui Malenkov (primer ministro de la Unión Soviética entre 1953 y 1955) cedió Crimea a Ucrania fue en el marco de la URSS; la pretensión del alineamiento ucraniano con Europa contra Rusia es una veleidad formalista, y lo que cruje es la realidad geopolítica. Todo indica que esto se resolverá como se hizo con Kosovo, de facto, o formalmente en su momento, con las particiones de Vietnam y Corea.

¿Significa volver a la Guerra Fría?

En absoluto. Hoy no hay bipolaridad, ni siquiera unipolaridad. La tendencia actual es a la emergencia de flujos de poder, más que a su asentamiento territorial. Y los flujos se mueven de modo intempestivo, caótico. La física ha logrado formalizar estos comportamientos en las partículas, que son más simples que los humanos, pero dan una idea de trayectorias impredecibles. Esto nos permite entender no sólo la imprevisión de algunas conductas como las del soldado Bradley Manning o el consultor Edward Snowden, sino los efectos de las mismas, corrosivos para determinadas políticas imperiales. Y nos instala en otro nivel de observación. Ya no se trata, como en la Guerra Fría, de demostraciones de fuerza militar y de espionaje estatal mutuo; hoy la complejidad de las redes instaladas para una vigilancia permanente las torna muy vulnerables; cuanto más complejas y desarrolladas, más inestables y endebles, lo que nos sitúa frente a un escenario de alta imprevisibilidad. Estamos entonces frente a una gran paradoja de la historia, una de tantas: el mundo más seguro que haya conocido la humanidad es el que se siente más inseguro, y el poder inigualable que se ha concentrado, es más frágil que nunca. Esto no presagia nada agradable.

¿Deberíamos, entonces, considerar que la conflictividad podría atemperarse y que acaso la guerra sea el fenómeno social por excelencia?

La guerra es un fenómeno de síntesis social. En ella se vuelcan los esfuerzos económicos, científicos, tecnológicos, ideológicos y morales. No sólo es el mayor dinamizador del desarrollo científico-tecnológico, sino que también desarrolla órdenes e instituciones sociales. Ya Heráclito de Efesio decía que la guerra es el padre de todas las cosas, y Marx reafirmaba que antes de la paz está la guerra.

¿Ya no es posible justificar juicios morales sobre las guerras? ¿O habría guerras justas ?

La guerra y la moral van por caminos separados. Los juicios morales no son aplicables en una situación en la que la destrucción de la vida o de sus condiciones de posibilidad es la finalidad de la acción emprendida. Los códigos éticos, plasmados en el derecho humanitario internacional, son letra muerta toda vez que las situaciones para las que fueron previstas ya no ocurren.

¿Qué rasgos presenta la matriz clásica de guerra? ¿Están en extinción las guerras de formato tradicional?

Las que nos representamos son las guerras entre estados, un tipo de fenómeno que se expande con las guerras napoleónicas pero que está implícito tras el ordenamiento estatal que surge de los tratados de Wesfalia (1648) con los que se concluyó la guerra de los Treinta Años. Desde entonces, los Estados son los únicos agentes beligerantes legítimos. Eso ha hecho que el vocablo guerra nos evoque imágenes de ejércitos desplegados, tanques, aviones, eventualmente barcos y submarinos, cañones, y todo lo que se supone que es la organización especializada para la guerra, que son las Fuerzas Armadas. Pero este tipo de guerras son cada vez menos habituales. Quizá Malvinas haya sido la última. Las guerras de los Balcanes no enfrentaban a dos Estados, sino a uno con un conglomerado de fuerzas estatales y privadas militares y población civil.

¿Cuáles serían y qué rasgos presentan las guerras irregulares?

Lo primero que debe decirse es que se trata de una regularidad, y por lo tanto no es adecuado hablar de guerras irregulares cuando constituyen casi la totalidad de los eventos bélicos en lo que va del siglo. Pero sí se pueden definir características que las diferencian de las guerras tradicionales : a) Los contendientes no son exclusivamente fuerzas estatales; b) se libran desterritorializadamente, es decir, no se circunscriben a un teatro de operaciones ; c) están destemporalizadas, es muy difícil establecer con precisión el inicio o el fin de las hostilidades, se trata más bien de un estado de tensión variable con momentos de violencia extrema y momentos de mayor sosiego; d) no hay polaridad de resultados: las fuerzas estatales pierden si no ganan, y las fuerzas no estatales ganan si no pierden; e) se vulneran todas las regulaciones; f) lo decisivo no es el alto poder de fuego ni la tecnología de vanguardia, sino la producción de inteligencia, que más que espionaje, tiene como función instalar códigos de interpretación de la realidad; g) hay una propensión a que las fuerzas estatales tiendan a sucumbir ante la acción de un enemigo al que no pueden ver ni entender.

¿Cuáles han sido las primeras guerras del siglo XXI, y cuáles han sido sus características más notables?

Dado el carácter difuso de las guerras actuales sólo es posible identificar aquellas cuyos rasgos son inequívocos, aunque no exentos de peculiaridades. Indudablemente Afganistán e Irak están en esta lista, pero no deben perderse de vista la guerra israelí-palestina, la que se desarrolla en México, o la de Chechenia, aunque todas tienen características diferentes. La más estudiada de todas, la de Irak, paradójicamente comenzó a partir de que fue oficialmente concluida, el 1° de mayo de 2003. Entonces fue cuando empezó a actuar la resistencia, con los resultados conocidos. La intolerancia de las potencias centrales a tener bajas llevó, en los comienzos del siglo, a la profusa utilización de compañías militares privadas, pero en la segunda década, a partir de lo sucedido en Túnez, encontraron más útil alentar, organizar, abastecer y asistir insurgencias internas en países cuyos regímenes o se allanan a las políticas occidentales (Egipto, Libia y ahora Siria). El montaje propagandístico lo presenta como una ola democrática , concepto tan familiar a nosotros como extraño a esos pueblos.

¿Se tiende a demonizar al enemigo? ¿Volvió la tortura como instrumento en la guerra, después del 11-S? ¿O acaso nunca se ha dejado de emplear?

El enemigo ya no es visto como un igual, sino esencialmente como un monstruo: un ser de apariencia humana pero esencia no humana. Carece, por lo tanto, de derechos. Todos los fundamentos del derecho penal moderno se invierten: se funda en la sospecha y no en los hechos, no puede haber proporcionalidad de la pena sobre un hecho que no se cometió, y por lo tanto son indefinidas, no existen normas procesales, y la aplicación de tormentos se ha regulado estatalmente en al menos dos países. La figura del desaparecido ya no es clandestina: se los puede fotografiar en la cárcel de Guantánamo.

¿El estado perdió el monopolio de la guerra?

Si bien tal monopolio nunca fue absoluto, hoy ni siquiera existe como pretensión. No sólo rivalizan con fuerzas insurgentes, sino que la operación militar estatal está supeditada cada vez más a la contratación de empresas militares privadas. También en los asuntos de seguridad interna es creciente el fenómeno de la privatización. El ejercicio legítimo de la violencia se desplaza de lo estatal a lo corporativo.

¿La fuerza es posible que se imponga como instrumento para pacificar?

La paz armada es un contrasentido que sólo se sostiene con altos niveles de intoxicación propagandística. Las misiones de paz o incursiones humanitarias son la fachada poco creíble de formas de intervenir en asuntos internos de otros países con el único propósito de sacar provechos políticos y/o económicos de ello.

¿Qué importancia tienen la propaganda y la información en la guerra?

No hay información sobre la guerra, sino que la información es parte de la guerra, es un arma más, y una de las más importantes, porque se libra en el plano de las representaciones. Es vital ganar adhesiones y apaciguar las resistencias a la guerra, dado que éstas carecen de legitimidad toda vez que los motivos que las provocan difícilmente sean acompañados por los pueblos. En una era donde la información es accesible a casi todo el mundo, la saturación de informaciones con sentido unívoco es el arma empleada para legitimar el conflicto. De esta manera se construyen certezas basadas en sensaciones y no en evaluaciones. Hoy todos tememos las acciones terroristas, y permitimos el avasallamiento de derechos en función de prevenirlos, sin advertir que el terrorismo que provoca más víctimas es el del Estado, que se ejerce para librarnos del terrorismo insurgente que, por otra parte, es menos letal, por ejemplo, que los accidentes de tránsito. Son más horrorosas y perniciosas las medidas de protección que las acciones de las que nos protegen, pero toleramos la pérdida de libertad en la medida que vivimos aterrorizados, y esto se lo debemos a la propaganda de guerra. (En “Bitácora” de Montevideo, 21.07.14)

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