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Brasil opta por mantener ruta trazada por Lula

Oct 27 2014

Opiniones de Emir Sader y Eric Nepomuceno – Página 12, Argentina

Por el camino iniciado por Lula – Por Emir Sader

Por cuarta vez consecutiva el PT gana las elecciones presidenciales en Brasil que, por cuarta vez, se han vuelto un plebiscito entre candidatos del PT y del PSDB (el partido de Cardoso). Esta vez la campaña tuvo idas y vueltas, especialmente desde mitad de agosto hasta la segunda vuelta, a fines de octubre, y terminó con la decisión de los brasileños de seguir el camino iniciado en 2003 con el primer gobierno de Lula.

En el enfrentamiento entre el modelo neoliberal de la oposición y la vía de salida del neoliberalismo del gobierno, por cuarta vez los brasileños han reafirmado el camino que Lula ha empezado. Serán por lo menos 16 años seguidos de gobiernos del PT, el período más largo de continuidad de un partido en el gobierno, en período democrático en Brasil.

Lula decía que era mejor ganar en segunda vuelta, porque en la contraposición de dos proyectos, las alternativas y sus diferencias quedan más claras. Y así fue: se han contrapuesto políticas de centralidad del mercado, de libre comercio, de reducción del peso del Estado, de rebaja salarial, de aumento del desempleo, de contracción de los bancos públicos, de alianzas internacionales privilegiando a Estados Unidos, entre otras, por el candidato de la oposición.

Frente a la orientación de continuidad de las políticas sociales como eje central del gobierno, con una acción dinámica del Estado, fortaleciendo las alianzas regionales y con el Sur del mundo, de garantía del nivel de empleo y de aumentos de los salarios por encima de la inflación.

La duda era si el Brasil de Lula seguiría adelante o si la importante experiencia de los gobiernos del PT se terminaría en 2014. Hubo oscilaciones en la campaña electoral, pero la disputa más grande fue alrededor de las agendas: cuáles son los temas que más importan a los brasileños.

La oposición jugó fuerte en dos planos, valiéndose del monopolio de los medios de comunicación: por una parte, una supuesta crisis económica, que tendría reflejos en el descontrol inflacionario, en el desempleo, en el estancamiento económico. Una encuesta de Folha de S. Paulo ha revelado que una de las razones del crecimiento de Dilma ha sido el fracaso de ese terrorismo económico. La gran mayoría de los brasileños –incluidos los que votan por la oposición– son optimistas respecto de la situación económica de Brasil, acreditan que la situacion mejorará el próximo año, que los precios están bajo control y que los salarios van a aumentar.

El otro tema central son las denuncias de corrupción, que en el último período de la campaña se han concentrado sobre Petrobras. El cansancio respecto de la campaña de denuncias –tantas de ellas sin pruebas– ha hecho que ese tema perdiera efecto.

La campaña de Dilma, valiéndose de los programas televisados y de la intensificación de la movilización política conducida por ella y por Lula en todo el país, asociados a una gran participación de la militancia del PT y de toda la izquierda, logró convencer a la gran mayoría de que las conquistas fundamentales de los gobiernos del PT estarían en riesgo en caso de que ganara la oposición. Al igual que la contraposición de las trayectorias personales y políticas de los dos candidatos sirvió para enaltecer las cualidades de Dilma, en contraste con la fragilidad de las de Aécio.

En su conjunto, se fue diseñando, desde el domingo anterior a la segunda vuelta, una situación en que el nivel de rechazo de Aécio superaba el de Dilma, prenunciando un viraje que se consolidó a lo largo de la última semana, hasta llegar a la victoria de ayer. La militancia de izquierda ganó las calles de todo el país, la segunda vuelta fue de una clara contraposición entre izquierda y derecha, configurando el viraje y el triunfo de Dilma.

Dilma otra vez – Por Eric Nepomuceno

Hay muchas –y grandes– preguntas sobre el nuevo mandato de Dilma Rousseff como presidenta de Brasil.

Un ejemplo: ¿cuál será su equipo de confianza, quién ocupará cada uno de los puestos considerados clave en su gobierno?

Otro: ¿cuál será la influencia, el peso, del ex presidente Lula da Silva, indiscutiblemente su mentor y principal fiador, y la más sólida figura política de Brasil actualmente?

Y otro más: ¿cómo logrará Dilma, reelecta por estrecho margen, reconquistar la confianza del sector privado? Y otra duda más: ¿cómo logrará Dilma enfrentar una oposición parlamentaria especialmente dura, activa y agresiva?

Al fin y al cabo, ella perdió, y de lejos, en las regiones más ricas del país. En São Paulo, por ejemplo, más desarrollada y poblada provincia del país, Dilma perdió por siete millones de votos. Una tremenda derrota: Eche logró 64 por ciento de los votos de la provincia más industrializada, más rica del país, frente al 36 por ciento de Dilma. Ya en los estados pobres del nordeste su ventaja ha sido aplastante. Un dato importante: en Minas Gerais, provincia natal de los dos adversarios, Dilma ganó con relativa tranquilidad. E igualmente ganó en Río, provincia clave. Todo eso tendrá peso específico de aquí en adelante.

Son muchas las dudas que acechan sobre corazones y almas brasileñas luego de la victoria de Dilma Rousseff. Para empezar, ¿cuál será su grado de independencia frente a la figura omnipresente de Lula da Silva? Otra: luego de un equipo económico bastante desprestigiado, ¿cómo logrará armar otro, capaz de reconquistar la pérdida de confianza del mercado financiero? Y otra más: ¿cómo establecer una política de incentivo a la recuperación industrial que sea capaz de convencer a los industriales de que es la correcta y eficaz?

Entre Dilma y el PT hay más distancia de lo que permiten suponer las apariencias. En primer lugar, el PT es un partido con muchas corrientes internas, pero a la vez muy adepto del asambleísmo. Es decir: en asambleas se vota y se decide, y luego –más o menos– se cumple lo decidido.

Dilma es pez que no integra ese acuario. Es centralizadora, autoritaria, tiene voz propia y se cerca de un grupo muy restricto de su confianza absoluta. Tiene, por supuesto, un inmenso respeto por Lula da Silva, pero ese sentimiento no se extiende automáticamente al resto del partido. El diálogo no siempre fluye de manera natural.

Parte sustancial de los problemas que enfrentó en su primera presidencia se deben, acorde con los allegados más íntimos de Dilma, a la influencia de las corrientes del partido que impusieron, o forzaron, la presencia de determinados nombres en puestos clave de la administración.

Reelecta, Dilma tratará de armar su propio equipo. Lula seguirá siendo, claro está, una sombra permanente y determinante. Pero ella tratará de escapar de las mañas y artimañas internas del PT.

Tiene nombres de confianza, y con tránsito libre entre las diferentes corrientes internas del PT. Miguel Rosseto es uno, Jacques Wagner, que gobernó Bahía por dos mandatos seguidos y logró, de manera sorpresiva, elegir al sucesor, es otro. Pero hay nombres tradicionales del PT, como Aloisio Mercadante, que conquistaron las gracias de Dilma con la misma velocidad con que conquistaban el rechazo de Lula y su poderoso grupo.

Nadie tiene ninguna ilusión en Brasil: los próximos cuatro años serán especialmente difíciles, principalmente a raíz de la cuestión económica.

Pero la mayoría –pequeña, es verdad– del electorado optó por la continuidad, por el mantenimiento de los programas verdaderamente revolucionarios del PT, que integraron al mapa social brasileño unos 50 millones de personas. Gente que nunca tuvo futuro alguno, y que ahora por lo menos tiene una garantía, muy concreta, de futuro.

Serán años duros y difíciles. Como duros y difíciles, más imposibles que duros y difíciles, han sido los años antes de que el PT llegase al poder.

Ayer, Brasil hizo su opción. Y optó por el desafío de continuar, en lugar de la propuesta agresivamente neoliberal de retroceder.

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