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La perspectiva mundial de Putin

Oct 20 2014

Por Glev Pavlovsky (*)

La siguiente entrevista, realizada en enero de 2012 por el entonces corresponsal de The Guardian en Moscú, Tom Parfitt, nunca ha sido publicada anteriormente. Es un documento extraordinario puede decirse incluso que es la explicación más reveladora de la visión del gobierno de Putin, cuyos orígenes vienen de muy lejos.

Desde finales de 1999 hasta 2011, Glev Pavlovsky fue un asesor clave de Putin en la gestión de la opinión pública rusa uno de los dos »políticos tecnólogos» destacados del régimen junto a Vladislav Surkov.

Los perfiles de la pareja eran bastante distintos. Mientras el medio checheno Surkov, nacido en 1964, es un puro producto del poscomunismo, que se elevó a través de la banca y los negocios a los consejos del Kremlin como un ideólogo posmoderno y novelista a tiempo parcial, Pavlovsky nacido en Odessa alrededor de una década antes, en 1951 fue un disidente estudiantil a finales de los años 60, acusado de »anarquismo y extremismo de izquierda».

Fue arrestado a principios de los 80 por su participación en un periódico clandestino. Después de colaborar con las autoridades, se le condonó la pena de prisión por el exilio al norte del país. Bajo Gorbachov, regresó a Moscú, llegando a convertirse en un publicista activo en la agitación democrática de su tiempo, antes de unirse junto a su grupo a Yeltsin y ayudar a organizar las elecciones amañadas que le mantuvieron en el Kremlin en 1996. Por lo tanto, fue un arquitecto de la »democracia dirigida» bajo Putin, a quien podría observar muy de cerca durante casi una década de servicio, hasta que en la primavera de 2011 se opuso al retorno de su mecenas a la tercera presidencia, y fue despedido. Intelectualmente más agudo y de mentalidad más histórica que Surkov (menos drásticamente marginado), Pavlovsky dibujó un sorprendente retrato del fondo de Putin, de su temperamento y de su actitud sobre todo de su actitud hacia el capital.

Como la persona con información privilegiada que fue, ofreció una visión realista acerca de la degeneración del consenso político del que Putin había disfrutado. Este consenso empezó a disiparse a partir del desplazamiento a una segunda fila de Medvedev y el regreso de Putin al Kremlin necesitando éste, según la visión de Pavlovsky, una ahora completa financiarización del sistema político que se ha convertido en un »híbrido de una compañía de seguros y un casino». Pavlovsky, famoso a ojos de los críticos por su cinismo fanfarrón y su vocación por el »épatage», se describió a sí mismo como un »especialista en la construcción y en la protección del gobierno».

Desde esta entrevista, ha sido francamente crítico con la gestión de la crisis en Ucrania por parte del régimen, ya que se desencadenaron en las calles emociones ciegas de aquéllas que la tecnología política que ayudó a construir, estaba destinada a suprimir. En un reciente artículo, señaló el papel de la televisión rusa para el ataque, temiendo que ha llegado a convertirse en un poder cuasi-independiente y potencialmente desestabilizador dentro del régimen, como una fuerza patógena que ha suscitado una histeria popular que puede volver a obsesionarla.

– ¿Cuáles son las raíces de la visión ideológica del mundo de Putin?
– A comienzos de los años 90, Putin había desarrollado casi todas las ideas que apoya hoy. Solamente había empezado a trabajar en San Petersburgo pero si repasamos la hemeroteca, veremos que ya tenía una serie completa de posturas relativas a, por ejemplo, la idea de que el sistema de administración de Rusia debería ser unitario, el de un estado centralizado e incluso su justificación de que los thechinocniki [burócratas] aceptasen sobornos. Aquello sorprendió a mucha gente pero es innegable que tenía una visión positiva de este hecho. Incluso compartió y repitió la escandalosa tesis del entonces alcalde de Moscú, Gavril Popov, de que los burócratas tenían el derecho a cobrar una comisión por contratos.
Estaba también, por supuesto, su sutil desprecio hacia los demócratas de aquellos años, quienes habían recibido la libertad sin una sola lucha como si se la hubiesen encontrado por la calle. De ese modo, la mayoría de ideas estaba ya presente en este período, incluyendo los signos del oportunismo de Putin su sentido de que no hay necesidad de ir contra la corriente, sino que, de hecho, necesitas ir a favor de ella. ¿Por qué pelear contra una tendencia y gastar tus recursos? Debes tomar los recursos de la tendencia y alcanzar lo que quieras con ellos. Ese instinto se encontraba en Putin desde el principio. Había tomado también de Vladimir Zhirinovsky, el líder del ultranacionalista Partido democrático liberal de Rusia, la idea de que Rusia debía ser dividida en general-gubernatorstva con un gobernador general a cargo de cada región. Yeltsin soñó también con este acuerdo pero no fue capaz de alcanzarlo. Es una idea tremendamente popular en Rusia.

– ¿En qué sentido fueron estas ideas moldeadas por el colapso de la Unión Soviética?
– Putin pertenece a un muy amplio pero políticamente opaco, no representado e invisible estrato de personas, que después del final de los años 80 estaba en busca de revancha en el contexto de la caída de la Unión Soviética. Yo fui también uno de ellos. Mis amigos y yo éramos gente que no podía aceptar lo que había ocurrido: aquellos que decían que no podemos permitir que esto continúe ocurriendo. Había cientos, miles de personas como éstas en la élite, que no eran comunistas yo mismo, por ejemplo, nunca fui miembro del Partido Comunista. Eran personas a las que simplemente no les gustaba cómo se habían hecho las cosas en 1991. Este grupo estaba formado por gente muy variopinta, con ideas muy diferentes sobre la libertad. Putin era uno de aquellos que estaba esperando al momento de la revancha hasta el final de los años 90. Con revancha quiero decir la resurrección de un gran Estado en el cual habíamos vivido y al cual habíamos llegado a estar acostumbrados. Nosotros no queríamos otro totalitarismo de Estado, por supuesto, pero sí queríamos un Estado que pudiera ser respetado. Era imposible que el Estado de los años 90 se ganase ese respeto. Tú podías pensar bien de Yeltsin, sentir lástima por él. Pero, para mí, fue importante ver a Yeltsin desde una perspectiva diferente: por una parte, fue necesario protegerle del castigo; por otra, Yeltsin fue importante como la última esperanza para el Estado, porque era claro que si los gobernadores llegaban al poder, harían otro Acuerdo Belovezhsky, después del cual Rusia no seguiría existiendo.

Putin es un soviético, que no extrajo las lecciones del colapso de Rusia. Me refiero a que sacó algunas lecciones pero unas muy pragmáticas. Entendió la llegada del capitalismo al modo soviético. Todos nosotros estábamos educados en que el capitalismo es el reino de los demagogos, detrás de los cuales está el dinero, y detrás del cual hay una maquinaria militar que aspira al control del mundo entero. Esto es muy claro, una imagen simple que, pienso, Putin tenía en la cabeza no como una ideología oficial, sino como una forma de sentido común. Su idea era que en la Unión Soviética fuimos idiotas; habíamos intentado construir una sociedad justa cuando deberíamos haber hecho dinero. Si hubiéramos hecho más dinero que los capitalistas occidentales, les podríamos haber comprado todo o podríamos haber creado un arma que ellos no tenían. Esto es todo lo que hay. Era un juego y perdimos porque no hicimos varias cosas muy sencillas: no creamos nuestra propia clase de capitalistas, y no les dimos a los depredadores capitalistas de nuestro lado una oportunidad de desarrollarse y devorar a los capitalistas depredadores del otro.

– ¿Hasta qué punto son estas ideas aún la base fundamental de la sensibilidad política de Putin y de la Rusia que ha construido?
– No creo que el pensamiento de Putin haya cambiado significativamente desde entonces. Ve estas ideas como algo de sentido común. Por esta razón, se siente cómodo y seguro en su posición; no teme defender su posición. Piensa: mirar a esos pueblos de Occidente, una cosa es lo que dicen, y otra lo que hacen en realidad. Hay un sistema maravilloso con dos partidos, uno le entrega el poder a otro, y, tras ellos, hay una y la misma cosa: el capital. Ahora es una fracción del capital, ahora otra. Y, con este dinero, han comprado a toda la intelectualidad, que organiza cualquier cosa que los políticos necesiten. ¡Dejadnos hacer lo mismo! Putin es un soviético que se ha marcado a sí mismo la tarea de la revancha, no en un sentido militar estúpido, sino en un sentido histórico. Se formó en un lenguaje soviético, en el lenguaje de la geopolítica, el propio de un pragmatismo severo que estaba cerca del cinismo pero no fue básicamente un cínico. Putin no es un cínico. Piensa que el hombre es un ser pecador, que es un sinsentido intentar mejorarlo. Cree que los bolcheviques, que intentaron crear un pueblo justo y juicioso, eran simplemente idiotas y nosotros no deberíamos hacerlo. Perdimos mucho dinero y energía en ello, y, al mismo tiempo, intentamos liberar a otras naciones. ¿Por qué hacer esto? Nosotros no lo necesitamos.

El modelo de Putin es completamente diferente del modelo de Zyuganov, el líder del remanente Partido Comunista de la Federación Rusa. La idea de Putin es que deberíamos ser más grandes y mejores capitalistas que los capitalistas, y estar más consolidados como Estado: debería haber una identidad máxima entre el Estado y el negocio. ¿Un sistema bipartidista como en los Estados Unidos? Maravilloso, tengámoslo también. Putin trabajó durante muchos años para lograr que esto ocurriera. Aunque admite que no ha tenido mucho éxito. Pienso que todavía quiere hacerlo pero se ha dado cuenta de que es una tarea mucho más grande de lo que nunca imaginó. Pero la política debería estar en los partidos. La actual configuración no es un sistema de partido único, no hay analogía posible con el Partido Comunista de la Unión Soviética. El partido gobernante, Rusia Unida, no es el Estado. Éste es sólo un saco lleno de gente dependientes del Kremlin un sistema telefónico, transmitiendo señales desde el Kremlin hacia abajo a través de los aparatos regionales. No tienen absolutamente independencia y no pueden actuar por sí mismos, en contraste con el viejo Partido Comunista. No puede satisfacer sus directivas políticas. Necesita instrucciones completas desde el paso uno hasta el quinto. Si el tercer paso y el cuarto están perdidos, entonces se detiene y espera a que se le diga qué hacer. Rusia Unida no tiene nada en común con el PCUS. Ha sido muy útil como un componente del sistema. Ésta fue una de las conclusiones que Putin extrajo que uno necesita votos, uno necesita la legitimidad de la gente y no del hecho de que en 1917 te apoderases del Palacio de Invierno.

– ¿Realmente quiere un sistema bipartidista con una competición política genuina por el poder?
– Putin no cree que haya una competición real entre los partidos políticos en Occidente. Piensa en ello como un juego, como una ronda de golf en un club privado: un jugador es ligeramente más fuerte, otro ligeramente más débil, pero de hecho no hay una competición real. Lo imagina como si estuviéramos en la República Federal de Alemania después de la guerra, bajo el liderazgo de Konrad Adenauer. Hay dos partidos: uno de los cuales tiene el poder, mientras el otro espera; quizás, durante un largo tiempo. Los socialdemócratas esperaban, pienso, desde 1945 hasta 1970.

Es una especie de sistema de un partido y medio. Putin siempre decía que en algún momento futuro la oposición obtendría el poder, y nosotros debíamos estar preparados para ese momento. Por estar listos entendía que todos debíamos estar aquí y allí, esto es, controlar ambos partidos. El segundo partido no ha funcionado realmente aun en Rusia; sin embargo, Putin no estaba en contra de que los comunistas se convirtieran en socialdemócratas. Los partidos debían estar todos controlados por el Presidente, por supuesto. La idea de un poder presidencial, que se mantiene más alto que los otros tres poderes, se encuentra en nuestra constitución. El Presidente tiene un tipo especial de poder, el cual no está vinculado al poder ejecutivo: el ejecutivo termina con el Primer Ministro. El Presidente está sobre ellos, como un zar. Para Putin esto es un dogma. Piensa que en las viejas sociedades y los viejos Estados hay un sentido del orden la gente no aspira a destruir a su oponente cuando ellos son los ganadores de las elecciones y nosotros no tenemos ese sentido del orden. Piensa, además, que todas las formas de poder en Rusia han sido imperfectas: quiere construir una forma fuerte y duradera de gobierno.

– ¿Entonces Putin estaba intentando conscientemente propagar la idea del Presidente como un Zar?
– A Putin nunca le ha gustado la idea de un Presidente del Partido (Secretario General). Pero nunca ha habido un completo consenso en su equipo sobre esta cuestión. Aquellos que imaginaban un presidente del partido no lo comprendían en el sentido occidental del término, sino más como una rotación periódica de un grupo de la élite, que pasa algún tiempo en el poder y recoge sus privilegios financieros, profesionales y ventajas de reputación -, y entonces se va. El segundo grupo coge el poder, pero no aspira a destruir al otro. Putin siempre decía que nosotros nos conocemos a nosotros mismos, no hemos alcanzado esa etapa aún; nosotros sabemos que tan pronto como nos quitáramos de en medio, vosotros nos destruiríais. Decía explícitamente: vosotros nos pondréis contra un muro y nos ejecutaréis. Ésta era una creencia muy profunda, basada en las confrontaciones de 1993, cuando Yeltsin abrió fuego contra el Soviet Supremo y asesinó a muchas más de personas como Putin sabe de las que fueron oficialmente anunciadas. Además, estuvo la confrontación de 1999, cuando el grupo dirigido por Yevgeny Primakov y Yuri Luzhkov le dijeron a Yeltsin directamente que, si él no les daba el poder voluntariamente, debería esperar el destino de Nicolas Ceausescu.

– ¿Entonces, una »democracia dirigida»?
– Sí, nosotros estamos hablando de una democracia dirigida pero quizás vosotros, en Occidente, habéis olvidado que este concepto fue originado en la década de los años 50 del siglo XX en los países europeos donde había habido fascismo. Por ejemplo, en Alemania, se encontraba la misma idea: los alemanes tienen tendencia al totalitarismo así que a ellos no debía tenérseles permitido hacer política. Ellos deberían tener la posibilidad de votar libremente, pero la gente que controlase la política real debe ser la misma, no debe ceder el sitio. Debe crearse un estricto sistema de control. Todo en Rusia la alta barrera de voto para entrar en la Duma Estatal, el sistema de un partido y medio está tomado de la experiencia alemana. Sólo que en Rusia no ha sido completamente exitoso, con la separación de las finanzas y la política. ¿Es cínico desde el punto de vista de la teoría de la democracia? Probablemente, sí, pero aquí no parece cinismo. Quizás este modelo fue implementado más exitosamente en Europa, pero vuestro sistema es más viejo, vosotros habéis aprendido cómo hacerlo mejor.

Es importante darse cuenta de que se desarrolló un cierto »consenso Putin», dentro del cual coexistían diferentes posiciones: un consenso que envolvía tanto al pueblo como a la élite. Éste fue un pacto entre una élite dirigente y los principales grupos de la sociedad, a los que se les garantizo un grado de distribución social. No fue suficiente ya que el Estado es pobre o, al menos, lo era al comienzo de la Presidencia de Putin. En el corazón de este pacto están los empleados de la burocracia estatal, quienes en los años 90 estaban en una posición muy débil con la excepción de los ministros, por supuesto, pero no todo el mundo puede ser ministro. El consenso incluía a la burocracia regional y las estructuras militares, que fueron humilladas en los años 90, pero también al sector de perfil bajo de la intelectualidad, doctores y profesores; y, finalmente, incluía a las mujeres, de las que todo y todos dependían porque los hombres no supieron cómo adaptarse al nuevo sistema. Hubo una terriblemente alta tasa de mortalidad, y las mujeres llegaron a convertirse en cabezas de familia. Estos estratos de la población, que habían perdido en el pasado, se agarraron al hecho de que eran lo más importante en el país.

Por otro lado, este consenso tenía que incluir también a una élite que quería sentirse libre y demandaba una libertad máxima de moverse a través de las fronteras. Para Yeltsin la relajación de las restricciones de visado no fue una prioridad. Para Putin ésta fue importante desde el principio. Si quieres abandonar el juego, entonces, por favor, vete. No habrá presión ideológica no es necesaria en absoluto. Será un Estado sin ideas, basado en el sentido común y en el hombre corriente, el ciudadano. No obstante, a las masas no se les debe dar acceso al poder la gente es totalitaria y no se puede confiar en ella para gobernar. Éste fue el »consenso Putin», que comenzó en el año 2000, cuando hubo un deseo genuino de despolitización y de un retorno a algo más cercano al modelo soviético, y el cual sólo empezó a desmoronarse hace un año. Empezó a minarse cuando Putin decidió que él era el único garante, que sólo él era capaz de controlar la situación entera. Éste fue su gran error. Su decisión de retornar a la Presidencia en 2012 fue un delirio de grandeza. El consenso le había convertido en una figura carismática, y se lo acabó creyendo.

– ¿Está sugiriendo que el »consenso Putin» ha colapsado desde finales de 2011?
– Cuando se alejó del poder en 2007, Putin había decidido experimentar con una expansión del consenso. Ésta fue su principal idea el país necesita cambiar, no puede ser dirigido por generales. El sucesor necesitaba ser alguien diferente, o se produciría una paralización. Por eso, esto era una modernización del consenso. Entonces, llegó a ser claro al menos, a mi juicio, que Putin estaba comenzando a poner los frenos al proceso. Hubo algunos grandes cambios internos. En la primavera de 2010, Putin cayó en una especie de depresión, la cual fue muy sonada. Empezó incluso a hablar mal leía directamente de hojas de papel. Había dudas, falta de confianza, cuando aparecía ante la gente. No se le veía en la cámara, no parecía él. Aparecieron dudas en su cabeza sobre sus propias decisiones e incluso sobre la gente que estaba trabajando con él. Empezó a cambiar. Decidió que todos ellos no lo estaban haciendo suficientemente bien, todos estaban tomando decisiones erróneas, incluido Dmitry Medvedev. Y él no tenía influencia sobre ello. Entonces un cierto miedo se intensificó en él. Es un mito completo la idea de que Putin y Medvedev acordaron hace años que Putin volvería, aunque pueden haber discutido la idea en un centenar de ocasiones. Esto es política. Siempre fue una cuestión abierta. Medvedev y Putin tienen modos diferentes de hablar. Ellos son viejos amigos, bromean el uno con el otro. Mucho depende de insinuaciones.

En 2008, después de la transferencia de poder, ha habido nerviosismo en el Kremlin por cómo la gente respondería ante Medvedev, o quizás porque no fuese capaz de encargarse de alguna cosa. Fue un momento de mucho nerviosismo. Por eso, probablemente tuvieron una discusión sobre qué tendría que pasar, si las cosas no iban correctamente. Después de todo, las valoraciones de Putin se habían comportado como si hubieran tomado viagra crecían todo el tiempo y subían fluidamente. De este modo, la valoración más alta vino después de que él no fuera a ser durante más tiempo Presidente, en 2008. Pero Putin vio probablemente la cuestión de su posible retorno como algo que había sido decidido, mientras Medvedev lo entendió como una opción, que él tenía el poder de evitar. Putin probablemente diría: si tu valoración supera a la mía, entonces perfecto.

Pero no habría sido un acuerdo formal. En 2010 las sensaciones empezaron a cambiar y la paradoja es que el escenario, que les preocupaba si Medvedev se ganaría o no el favor de la élite dirigente empezó a presenciarse justo cuando esta élite empezó a creer que Putin probablemente no retornaría y empezó a migrar al lado de Medvedev. Esto fue lo que realmente puso a Putin en guardia. Hicimos una investigación para el Kremlin al final del verano de 2010, que mostraba que las élites, incluyendo a la élite en el poder, estaban inclinadas a apoyar a Medvedev. Los pensionistas, que eran considerados la principal base de apoyo de Putin, preferían ahora a Medvedev. Éstos eran mayoritariamente hombres; las mujeres se mantenían principalmente con Putin. Medvedev empezó a sentirse más seguro y Putin se asustó. Hubo un momento en 2010 en el que los índices de popularidad estaban al mismo nivel y aquello alarmó aún más a Putin. Desde agosto de 2010, después de que Medvedev insistiera en que Luzhkov debía irse y alcanzara su objetivo a Putin no le gustó aquel gesto porque era un gesto de poder Putin empezó a mostrar, al principio sutilmente, que todo no estaba aún decidido.

– ¿Por qué no podía Putin quedarse en la posición de »líder nacional» y dejar a Medvedev ser el Presidente?
– ¿Qué quieres decir con »líder nacional»? Si tus puntos de vista se basan, como en el caso de Putin, en la idea de que el pueblo ruso está preparado en cualquier momento para lanzarse sobre las autoridades y despedazarlas sanguinariamente, entonces no puedes confiar en una construcción fantasmagórica como la de un »líder nacional». La cuestión es: ¿dónde está el poder real? ¿Dónde están los botones y las palancas? Putin sintió que Medvedev estaba desgastando su popularidad y que ya era hora de que regresará al escenario. Los sociólogos estaban diciéndole que tan pronto como él diera a entender que volvía, sus índices de popularidad estarían por las nubes. Pero no podía decir eso porque rompería las reglas del tándem. Al mismo tiempo, Medvedev insinuaba a menudo que estaba listo para quedarse. Así, a fines de 2010, hubo una gran acumulación de tensión en la relación, exacerbada por el hecho de que no hablaban sobre ello como ocurre en las familias: el problema es que el problema no es ni siquiera discutido. Hablaban sobre todo salvo de aquello. Putin pensaba: »él no está hablándome porque tiene alguna suerte de plan». Y Medvedev estaba pensando exactamente lo mismo que Putin. Además, él era el Presidente, ¿por qué debería tener que discutir esas cosas con el Primer Ministro? Una especie de vehemencia inundó el comportamiento de Medvedev por ejemplo, cuando criticó bruscamente a Putin por el caso de Libia. Esto subrayó la difícil relación que ha llegado a haber. Había un miedo constante a que Medvedev echara de forma repentina al gobierno, y que ello crearía una situación completamente diferente. Este miedo alcanzó su punto álgido en la primavera de 2011.

Fue entonces cuando me fui en abril de 2011. Fue una orden directa de la Casa Blanca moscovita, esto es, una orden personal de Putin. Había expresado la opinión de que había un problema real que encarar: nuestra promesa a la elite dirigente. La modernización transformaría el carácter del poder; había una necesidad de eliminar el miedo del sistema, esto es, que los miembros de la élite no estuvieran atemorizados porque con un cambio de gobierno, podrían terminar en la cárcel. Se necesitaba un pacto. Pero el problema era que Medvedev no quería discutir ninguna cosa con Putin, mientras que éste pensaba que él era el único capaz de ser el garante del pacto social, incluso pensaba que ni él mismo podía garantizar cualquier cosa durante más tiempo. La gente en su círculo continuaba diciendo: mira lo que está ocurriendo, todos nosotros terminaremos en la cárcel de Lefórtovo.

– ¿Por qué existía ese miedo?
– En el establishment del Kremlin, desde el ataque de Yeltsin contra el Parlamente en 1993, ha habido una convicción absoluta de que tan pronto como el centro del poder se desplace, o si hay una presión masiva, o aparece un líder popular, entonces todo el mundo será aniquilado. Se trata de un sentimiento de gran vulnerabilidad. Tan pronto como se le dé a alguien la ocasión no necesariamente al pueblo, quizás a los gobernadores, quizás a alguna otra facción , destruirá físicamente al establishment, o, mejor, deberemos luchar para destruirles a ellos. De hecho, el riesgo de que el país colapsase fue evitado; hasta ese punto, la revancha de Putin tuvo éxito. A pesar de toda la corrupción, no existió ya la amenaza de separatismo en el Cáucaso Norte, y hubo un consenso en torno a un Estado unificado que no había existido en la década de los 90. Nadie en las regiones quería separarse y crear un estado separado ese deseo desapareció. Putin creó una presidencia legítima. Hubo un proceso de estabilización. La gente no quería ya reconstruir la Unión Soviética, aunque, por supuesto, Putin quería aún crear un gran Estado.

– ¿Cuáles fueron las razonas que hicieron que te opusieras a la recuperación de la Presidencia por parte de Putin?
– El regreso de Putin fue un error táctico. Dije en ese momento que ello no sería aceptado ni por el pueblo ni por la élite. Una semana después del anuncio de la rokirovka el »enroque», el intercambio Medvedev/Putin en septiembre de 2011 la valoración de Putin cayó bruscamente y la de Medvedev lo hizo aún de forma más brusca, lo cual muestra la reacción: no fue aceptado incluso por aquellos que previamente habían apoyado a Putin. Así, el consenso Putin empezaba a desmoronarse. Mientras se había mantenido, la gente no tenía particulares demandas sobre las elecciones. O no votaban, o lo hacían directamente por el partido del poder. Pero después de la rokirovka, llegaron rápidamente a estar insatisfechos las elecciones legislativas de diciembre de 2011 provocaron una reacción negativa. El partido Rusia Unida nunca ha jugado un gran papel en la economía de las regiones. Éste es un club de élites locales. Pero en ese momento llegó a ser el chico en declive. Llegó a estar paralizado y empezó a colapsar. Putin había agravado el problema cuando creó el Frente Popular de Rusia en la primavera de 2011, debilitando las estructuras de Rusia Unida. Mostró que no necesitaba nada para hacer funcionar el país; podría hacerlo por sí mismo fomentando la idea de un sistema hecho a su medida. Esto fue un error, porque el sistema no había sido personalizado durante un largo tiempo. Y no estaba preparado para amar a Putin. El tándem era al menos un tipo de pluralismo. La gente no quería el retorno al estereotipo de un único líder; y Putin pensó que sí querían. Estaba sorprendido. Normalmente era prudente y tenía buenos instintos, pero aquí tomó un gran riesgo.

Al comienzo de 2011, seguí diciéndole a Vladislav Surkov y a otros en la Administración que sería mejor que Medvedev se quedase. Surkov lo vio como la opción preferible. Nunca tuve la sensación de que Surkov quería el experimento del regreso de Putin. Él se dio cuenta de los límites del sistema. Era la última persona en el Kremlin que comprendía lo que el Kremlin podía aguantar y lo que no. Y ahora no hay nadie que no se haya ido que lo sepa.

Putin no puede ser durante más tiempo el garante. Diez años antes podía decir: »Yo te garantizo la propiedad en ciertas condiciones». O podía decirles a los oligarcas: »Tú puedes hacer esto, pero no esto o aquello». La razón por la que no puede hacerlo ahora es porque necesita comprar y pagar por cada instrucción así alguien te escucha, así tu orden es llevada a cabo. La verticalidad del poder es un sistema de acreditación: tú literalmente tienes que pagar para conseguir que las cosas se hagan. En diez años, la disposición de la gente a amar a Putin y a estar de acuerdo con él en todo ha cambiado fundamentalmente. Esto ya no está ahí. Antes, nadie podía arriesgarse a la confrontación un gobernador, por ejemplo porque definitivamente perdía. Pero ahora se ha abierto un espacio para los disidentes. Todo el mundo tiene recursos. Putin puede seguir proporcionando dinero así que es amado, pero cada admirador individual necesitará que se cumpla con los pagos. Cuando digo pago, quiero decir ventajas financieras de algún tipo. Nosotros tenemos completamente financiarizada la política. Las autoridades existen sólo dentro de los límites de su habilidad para proporcionar créditos. Y, en este sentido, nuestro sistema es absolutamente ideal, el que se requiere en el mundo de la globalización. El poder de Putin no está en emitir órdenes él no puede ordenar cualquier cosa. Aquél está en el hecho de que él es el único que puede ir al mercado mundial en el nombre de los enormes recursos naturales de Rusia. Es un monopolio. Económicamente el consenso Putin continúa funcionando de manera excelente.

– ¿Bajo qué limitaciones piensas que está operando Putin ahora?
– En otro sentido, el consenso se acabó. Todo el mundo quiere un garante de su propiedad, pero las garantías estaban sólo en vigor mientras la »mayoría de Putin» existía la elite liberal, los oligarcas, empresarios, burócratas, mujeres mayores todos ellos apoyaban cada una de las palabras de Putin. En esa situación, se sentían protegidos, asegurados, siempre y cuando, no rompieran el consenso. En la práctica, el poder vertical trabaja desde la cima. Si una persona quiere hacer algo, empieza a negociar y a hacer eso, apela a la más alta autoridad, al Kremlin, o a sus representantes entonces puede actuar y esto está bien. Pero ahora hay una situación en la que nadie puede garantizar su propiedad. El consenso está roto y, al mismo tiempo, en la sombra un entero sistema de propiedad ha emergido, el cual públicamente no sostiene ninguna relación con la realidad. Y esto no puede protegerse a sí mismo. ¿Cómo lo protegerá Putin? ¿Le dirá a la gente que no acepte sobornos? Ni una sola persona en el país le escuchará. Para Putin, el hecho de que Medvedev no pudiera ocuparse de ello era parte de la razón por la cual él decidió que Medvedev no estaría capacitado para lidiar con Rusia.

– ¿Cómo se ha ocupado de las protestas que surgieron a finales de 2011 contra el Kremlin?
– Hasta ahora está claro que Putin no tiene estrategia; está siendo muy reactivo. Pero por el momento, por intuición, está esperando a que las protestas se agoten por sí mismas, como hicieron hasta cierto punto durante el parón de Navidad. Fue Santa Claus, quien asestó el gran golpe a nuestro movimiento democrático hasta ahora, no Putin. El elemento más importante es que el consenso Putin se ha venido abajo, pero un conjunto de grupos sociales ha permanecido sin ver alternativa y quiere garantías. De hecho, ya no creen que Putin pueda seguir dándoselas. Pero si no es él, entonces ¿quién? Nuestro Estado es un hibrido único de una compañía de seguros y un casino. Todo el mundo tiene garantizado que no caerá por debajo de cierto nivel mientras que, al mismo tiempo, se está realizando una inmensa apuesta con su dinero en el mercado mundial. Pero la gente no incendiará su compañía de seguros, porque su seguro se incendiaría en las llamas con ella. La gente ve a Dmitry Bykov un poeta popular que apareció en escena en las protestas y piensa: »una persona maravillosa, gorda y alegre, un poeta, pero ¿qué pasa con mi dinero?» Y no son solo siloviki quienes tienen tales ideas.

– ¿Cuál piensas que será el resultado?
– Putin llegará a ser presidente en las elecciones de marzo de 2012, probablemente en la primera vuelta, pero no tiene un sistema efectivo que utilizar. Se necesita crear un nuevo partido. Putin estará obligado a gobernar por algún tipo de coalición, a pesar de que lo odie. Ésta es la razón por la que ha habido un relativamente ligero acercamiento a los manifestantes, y por la que Putin no ha rechazado las reformas de Medvedev sobre los partidos, aunque no le gusten. Pero nosotros deberemos esperar y ver si las circunstancias demandan que Putin cree una coalición. ¿Será capaz de renunciar por sí mismo a eso? (¿puede llegar a ser Presidente en coalición?). Si no puede, habrá una gran crisis, y pronto. ¿Será capaz de crear un gobierno? Porque está clarísimo que Medvedev como Primer Ministro no será capaz de hacerlo por sí mismo. ¿Quién formará el gobierno? Putin necesitará llegar a ser el líder de la comisión que destruya el sistema que él mismo creó, y concebir otro. ¿Tendrá éxito en imponer este »comité de liquidación» conjuntamente? No lo sé.

(*) Glev Pavlovsky, politólogo, antiguo disidente editor de la revista Poiski, fue asesor del Presidente Putin hasta abril del 2011. Es presidente de la Foundation for Effective Politics (FEP). Artículo divulgado por “Bitácora” de Uruguay.

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