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Valor añadido industrial

Oct 22 2014

Editorial – El País

El crecimiento del peso específico de la industria en el valor añadido de las economías avanzadas se ha visto limitado desde hace años por la irrupción de algunas economías emergentes. Los países asiáticos fundamentalmente, pero no sólo ellos, llevan años asumiendo producción industrial que en el pasado llevaban a cabo las economías consideradas industrializadas. Los procesos de externalización y de deslocalización geográfica de fases de producción han provocado una integración de cadenas de valor en localizaciones nuevas, no sólo más competitivas en costes, sino con crecimientos de la demanda más intensos.

Las ventajas competitivas originales han ido desplazándose a la periferia como consecuencia de la extensión de la dinámica de globalización. El resultado es la desindustrialización de algunas economías, y la intensificación de planes de reindustrialización de otras.

Algunas economías emergentes hace tiempo que dejaron de ser las productoras de las fases de menor valor añadido. La intensificación de la inversión en capital tecnológico, en I+D+i, y en capital humano en algunas economías consideradas menos avanzadas crecen a mayor ritmo del que se realiza en algunas desarrolladas. Esa diferencia es muy explícita en relación con las economías de la eurozona, especialmente con las periféricas. Son éstas las que en mayor medida han visto sacrificados los recursos públicos a esas dotaciones de capital esenciales para desplazarse hacia actividades industriales menos susceptibles de ser eclipsadas por las ventajas en costes más reducidos que tienen las economías emergentes.

El problema de Europa no es únicamente el sacrificio de la inversión en conocimiento que ha exigido la austeridad fiscal indiscriminada, sino también el agotamiento de la inversión privada, consecuencia del continuado estancamiento de las economías y de las dificultades financieras en la zona euro. Las empresas con capacidad han ampliado su internacionalización, han desplazado actividades básicas a otros países, con el consecuente impacto en el empleo y en otras sinergias generadas por esas actividades más intensivas en tecnologías avanzadas.

El problema al que se enfrentan economías como la española no es únicamente la desindustrialización tradicional, sino la ausencia de iniciativas que sustituyan esa erosión de un sector esencial en cualquier economía. La dimensión media de las empresas españolas, insuficiente en muchos casos para llevar a cabo compromisos de inversión de cuantía suficiente para avanzar en esa inmersión tecnológica que la nueva competencia global exige, tampoco ayuda. Ni tampoco dispone de perfiles profesionales con la capacitación técnica requerida.

Haría bien Europa en asumir que las amenazas de la desindustrialización son graves. Hay que decidirse por intensificar la inversión pública en investigación e innovación tecnológica, que es el factor que está alterando las ventajas competitivas tradicionales. Las tecnologías de la información y de la comunicación es el más evidente. En paralelo, el fomento de la capacidad para emprender en sectores avanzados y la generación de incentivos a mayores dimensiones empresariales deberían formar parte de una necesaria política industrial moderna. Aceptar, en definitiva, como lo demuestran algunos países avanzados, que también hoy las políticas públicas en ámbitos como la necesaria reindustrialización, son necesarias.

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