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¿Un Podemos en el Cono Sur?

Feb 19 2015

David Altman*

La democracia directa es un instrumento que permite la sincronización entre la ciudadanía y quienes deben tomar decisiones diariamente

En el Seminario Ciclo Electoral 2014-2015 de América Latina, organizado por el Woodrow Wilson Center, diario El País, NTN24, e Idea Internacional, surgió la discusión acerca de la posibilidad de que en el Cono Sur emergiera un movimiento como Podemos. En cierto sentido se estaba preguntando en qué medida las instituciones democráticas en el sur podrían resistir y absorber el embate de una creciente frustración ciudadana. La respuesta no puede darse sin tomar en consideración el variopinto diseño institucional de los países de la región.

En algunos casos, como el de Chile, las instituciones no fueron diseñadas para absorber la frustración social sino que para el empate entre la oposición y el Gobierno. En este escenario efectivamente es posible pensar en un Podemos como en España ya que en caso de una fuerte frustración cívica las instituciones quedan absolutamente desbordadas y solo la calle puede forzar algún tipo de respuesta por parte de los actores políticos relevantes (un somero seguimiento de las manifestaciones estudiantiles de los últimos años atestigua este fenómeno).

En otros casos, como en Uruguay, la calle constituye un recurso poco usado simplemente porque no es necesario llegar a ella. En caso que las autoridades no escuchen una demanda cívica clara y fuerte, o incluso en caso de que se apruebe una ley que a muchos les resulte repugnante, los ciudadanos tienen la posibilidad de forzar un voto popular legalmente vinculante (independientemente de lo que las autoridades de turno digan). Así, la mayoría decide y todos acatan.

La discusión sobre un potencial Podemos en el Cono Sur nos retrae a los acontecimientos de los últimos años en varias democracias contemporáneas. Durante este tiempo, académicos, periodistas, y hasta agentes gubernamentales, han estado buscando las razones detrás de las revueltas y movilizaciones de las que hemos sido testigos. Bajo el aura de Mayo del 68, se ha argumentado que se trata de una combinación de factores tales como el aumento de la segregación que crean las sociedades capitalistas y voraces, no importa si es en el desempleo juvenil y la vivienda en general (España), los precios de las viviendas para alquilar o comprar (Israel), un estado de bienestar raquítico (Grecia), o el estancamiento de la movilidad social (Inglaterra).

Nuestra búsqueda tenaz y obstinada por una razón, por una única causa detrás de estas manifestaciones, nos está engañando. Tal vez no exista un denominador común, tal vez estemos omitiendo una ausencia compartida. Esta ausencia transversal en todos los casos puede asociarse a la falta de canales institucionales en manos de la ciudadanía para alterar las políticas públicas de forma directa.

En momentos en que las políticas deben cambiar a un ritmo mayor de forma tal de enfrentar contingencias internas y externas, en los países señalados las posibilidades de cambio se congelan hasta las próximas elecciones: una vez que se estas se celebran, los ciudadanos no tienen otra opción que esperar hasta el próximo ciclo electoral para castigar o premiar a sus políticos. Es como si en estos países las políticas que los ciudadanos desean, sus preferencias y reclamos, se sometieran a un estado forzoso de hibernación. Y esto es muy frustrante, pues la lógica electoral de la política partidista no es necesariamente la misma que la lógica cotidiana de las políticas públicas que las y los ciudadanos exigen.

Obviamente las razones y motivaciones de asociadas a estas manifestaciones populares no son necesariamente las mismas en un lugar u otro, ni lo son los objetivos, estrategias y prioridades que las sustentan. Pero no es por casualidad que no veamos estas grandes manifestaciones en—por ejemplo—Uruguay, Suiza, Eslovaquia o Eslovenia, a pesar de que comparten muchos de los problemas de los países mencionados anteriormente. En estas democracias, las y los ciudadanos se reservan para sí una ventana de oportunidad institucional para recordarle a los políticos en caso de necesidad quiénes son los dueños del devenir de la política y las políticas públicas: la propia ciudadanía. En Chile, España, Grecia, Israel, Inglaterra, e incluso en Francia, los ciudadanos no tienen la oportunidad de forzar un cambio político cuando lo consideran necesario. Simplemente se hace una vez cada cuatro años y de forma difusa en el mejor de los casos.

La democracia directa en manos del soberano (iniciativa popular para forzar un cambio o un referéndum para evitarlo) tiene muchos recovecos, problemas e indiscutiblemente no es perfecta. Sin embargo, es un instrumento poderoso que permite la sincronización entre la ciudadanía y quienes deben tomar decisiones diariamente. Es ciertamente una potente medicina contra la esclerosis institucional, es una válvula de escape que permite que salga el “vapor de la caldera”. De hecho, previene la violencia, canaliza las demandas sociales y, en definitiva, promueve la libertad y la cultura cívica. En los casos donde existe, si algo realmente no gusta, se juntan firmas y si son válidas, todos deciden.

Por supuesto, Madrid no es Jerusalén, Londres no es París, y Santiago no es Atenas. Las diferencias entre estos casos podrían extenderse casi hasta el infinito. Sin embargo, si las y los chilenos, británicos, israelíes, griegos o españoles, hubiesen tenido acceso a los mecanismos de democracia directa, es probable que no hubiéramos sido testigos de lo que hemos visto durante los últimos tiempos en Santiago… pero no en Montevideo.

*David Altman es Profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile. En El País de Madrid, 18.02.15

Anexo:
Soberanía

Por Luis Casado – Politika, Chile

Servidor no es tevito, y si miro la cajita idiota lo hago mayormente para ver noticias y reportajes. Eso te permite descubrir perlas como la que te cuento ahora, atento el personal.

En Televisión Española Internacional estaba ayer la periodista María Casado (nada que ver conmigo, que yo sepa) conduciendo su emisión matinal “Desayunos en TVE”. Los invitados, otros periodistas, comentaban la muy desigual batalla que se libra ante nuestros ojos, entre Grecia y la troika compuesta por la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo.

Estos plumíferos con acceso a los grandes medios vienen en comisión de servicios: no a informar, analizar o comentar, sino a condenar a Grecia en nombre de… ¿En nombre de qué, en realidad? En nombre de los intereses de los mercados financieros, que son los que les pagan. De modo que unos y otros abundaban en falaces argumentos destinados a desprestigiar la valiente actitud del gobierno griego, que rehúsa seguir pagando eternamente una deuda impagable, contraída por gobiernos irresponsables, en beneficio de… los mercados financieros.

Un proverbio africano dice: “Uno es amo de las palabras que desea pronunciar, pero se transforma en su esclavo cuando ya salieron de su boca”. Otra forma de decir “Por la boca muere el pez”, o si prefieres “Antes de decir nada hay que darle siete vueltas a la lengua en la boca”.

El periodista que te cuento, falto de argumentos, afirmó que “La noción de Soberanía ha cambiado, ahora el que manda es el que paga…” En otras palabras, los países que tienen deuda soberana no son Soberanos y no pueden pretender adoptar sus propias políticas. Quién debe dirigirlos son los acreedores, o sea los mercados financieros. ¿Qué te parece?

Desde luego este cretino se refería sólo a Grecia. Al muy tunante no se le ocurrió precisar que entre los países más endeudados del planeta están Japón, los EEUU, Italia, Irlanda, Portugal, Francia…

Su línea argumental, de una simplicidad rayana en la subnormalidad, iba de: “Países que no tienen plata han pagado o están pagando… como Irlanda, Portugal, e incluso nosotros, los españoles…”.

Justamente. Irlanda, ese paraíso fiscal que prácticamente redujo los impuestos a las empresas a cero, se hundió apenas vino la crisis de los subprimes (2007). Su sistema bancario quebró, y los irlandeses pagarán las habas que se comió el burro durante más de 30 años. Digo los irlandeses… No las empresas ni los bancos irlandeses.

En España pasó más o menos lo mismo. Un ejemplo: Rodrigo Rato, ex Director-gerente del fondo Monetario Internacional, fue investido presidente de Bankia (ex CajaMadrid). Allí se las arregló para amamantar a una recua de ladrones (el proceso está en curso) y para perder más de 40 mil millones de euros. ¿Quién está pagando? El pueblo español, para lo cual Zapatero y Rajoy le impusieron recortes presupuestarios a la educación, a la salud, a las asignaciones familiares, a la investigación científica, a los programas sociales, etc. Ese es el brillante ejemplo del tarado que María Casado invitó a TVE.

Los ejemplos son miles, confundidos en una marea negra de corrupción, robo, pillaje, concusión, incuria y fraude fiscal, en los que han metido las manos desde el rey Juan Carlos I y su infantita, hasta los líderes de los partidos “de gobierno” PP (derecha) y PSOE (‘izquierda’), sin olvidar a las centrales sindicales que encontraron el modo de participar del festín.

A tal punto que el PP y el PSOE buscan rostros jóvenes, o como dirían en Shhhile, “nueos líerahgoh”, de preferencia tíos que presenten bien, guapos, elegantes, y ajenos a la basura en la que nadan desde los tiempos felices de la orgía Felipista, ese rufián que ahora es el porta maletas de Carlos Slim.

El PSOE se saca de la manga a un apuesto Pedro Sánchez, con la arriesgada misión de salvar un partido en franca perdición, mientras el PP encontró en el fondo de una chistera no un conejo, sino a un Pablo Casado (nada que ver conmigo, que yo sepa) mozalbete, rozagante y hablantín, con la no menos aventurada tarea de salvar a la derecha cavernaria.

Hasta ahora ninguno de los dos aparece involucrado en ningún chanchullo, ninguna estafa, ni ventas forward, ni operaciones inmobiliarias, y ese parece ser su principal y tal vez único mérito. Paciencia… ya se verá.

Ninguno de ellos, ocupados como están en la campaña del terror contra PODEMOS, se ha referido a esta nueva concepción de la Soberanía, una que depende del billete de cada cual.

Visto así, es fácil entender que según los politicastros shhhilenoh la Soberanía de la nación resida en el Parlamento y no en el pueblo de Chile. Ya puestos… visto que 90% de los hogares están muy, muy endeudados, la Soberanía debiese residir en el Banco Chile y el Santander.

O para ponerla más fácil, en la familia Luksic y la familia Botín (los bien nombrados). ¡No te jode!

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